INICIAR SESIÓN—¡ No puedo creer que contestaras eso? —casi gritó Gabriel, y de la risa perdió el equilibrio y casi cae de la silla, samuel lo sostuvo mientras también se reía.
—Ella me estaba insultando —se justificó el hombre y Gabriel río más fuerte.
—Te dijo hijo de papi y tu le dijiste rubiecilla tetona —el muchacho tuvo que sostenerse el estómago de la risa y Samuel se encogió de hombros.
—Tenía un mal día —la comida ya estaba en el estomago y los platos perfectamente ordenados en el locero, Samuel había destapado una botella de vino que no tenía alcohol y llevaban rato hablado cómodamente. Después de que Gabriel se calmara, se formó un silencio cómodo que Gabriel ocupó acariciando los vellos del brazo del enfermero —¿cómo estás? —le preguntó —¿con lo que pasó hoy? —Gabriel se encogió de hombros.
—Creo que bien, no vi el cadáver así que estoy bien, aunque nervioso, ¿crees que termine todo pronto? —el enfermero asintió.
—Si franco ya descubrió al primero, los demás huirán, y todo va a volver a la normalidad.
—Normalidad —dijo Gabriel con desdén —Que franco controle nuestras vidas en cada especto no me parece una buena normalidad —en enfermero asintió, y luego negó.
—No hables así, no podemos hacer nada y no quiero que te destruyas la cabeza pensando —Gabriel asintió, pero la espina se le quedó clavada. En el pueblo, una tormenta arreciaba con tal violencia que Gabriel pensó que arrancaría a todo Florencia de la montaña, por suerte, los dos pisos que estaban sobre ellos amortiguaban un poco el ruido del agua, pero no el de los truenos.
Gabriel dio un respigo cuando un relámpago golpeó cerca de allí y el enfermero se burló de él. Samuel, después de bañarse, se había puesto un pantalón corto y una camisa sin mangas, luciendo tremendamente provocativo para Gabriel. Ambos se quedaron mirando a los ojos, y Gabriel no aguantó más lo que tenía atorado en la garganta.
—Dicen que para el éxito de una relación hay que ser comunicativo y honesto —dijo, y el enfermero se irguió asintiendo —es más que obvio que…que hoy pasará algo —el Samuel se tronó los dedos y Gabriel le golpeó el brazo con cariño —Pienso que es algo rápido, pero no creo que aguantemos.
—Nop —Samuel se acercó y trató de robarle un beso, pero Gabriel se apartó.
—Antes tenía que comentarte algo —le dio un largo trago al vino y deseó que tuviera alcohol —es que yo soy casi virgen — Samuel soltó una carcajada tan grande que incomodó a Gabriel, haciéndolo encoger de hombros.
—Lo siento —le dijo cuando se calmó y le sonrió con tanta ternura que Gabriel sintió una sensación cálida en el pecho —pero es que suena raro.
—Mira —comenzó Gabriel —yo he estado con varios hombres, pero…siempre en una discoteca, en un baño oscuro y de pie, jamás los besaba y nunca les preguntaba su nombre, de la mayoría ni siquiera recuerdo su cara —se abrazó a si mismo —siempre me protegí, obvio, pero un día sentí asco y ya no volví —señaló la cama de Samuel y luego a él —jamás lo he hecho en una cama, con alguien que pueda besar y tocar, y tengo miedo porque no sé cómo se hace —samuel acercó la silla, lo tomó de los gemelos e hizo que envolviera sus pies en las caderas del hombre, lo atrajo y le dio un beso suabe y profundo y Gabriel de dejó llevar.
—Yo hace casi un año que no estoy con nadie —le dijo después de un rato, cuando ya tenían los labios cansados —y también estoy nervioso —lo miró a los ojos con tal profundidad que Gabriel se sintió mareado —entonces hagámoslo juntos, despacio —lo tomó de las caderas y lo subió a horcadas sobre sí mismo, y Gabriel obedeció sin chistar, se acomodó sobre el enfermero y sintió como se le aceleraba el pulso cuando sintió el miembro del hombre oprimirse contra sus glúteos. Lo besó, al tiempo que comenzaba un vaivén de caderas que le arrancó un gemido al mayor. Gabriel lo besó, lo mordió despacio y disfrutó de la sensación áspera de la barba en su lengua, raspándole el cuello y la punta de los dejos. Le quitó la camisa y no logró la tentación de pasar la lengua, despacio, por el pecho desnudo del Samuel, el contacto con los vellos lo estremeció, y el fuerte ruido del corazón palpitándole en el pecho le apretó el estomago en un cálido calambre. Samuel metió las manos bajo la camisa de Gabriel, y estaban tan cálidas que el muchacho sintió una ráfaga que bajó hasta su pene. El enfermero le quitó la camisa de un tirón y le miró el torso con deseo.
—Ay dios mío —dijo, y la voz le salió ronca y grave —Que hermosa es tu piel —Gabriel no pudo replicar, ni mucho menos decirle que qué de linda podría tener si en todo su torso esta lleno de pequeñas cicatrices, por que Samuel fue directo por uno de los pezones y lo succionó. Gabriel dejó escapar un gemido, y su amante no le dio un segundo de descanso, lo empujó hacia atrás, dejando todo su abdomen descubierto, Gabriel se agarró de los brazos del enfermero para no caer, pero le fallaron las fuerzas cuando el hombre tomó con la boca su erección cubierta por el pantalón de franela suave, y el placer fue tanto que ni siquiera pudo abrir la boca.
—Que delicia, Gabriel —le dijo —de verdad no sabes cuanto esperé esto —Gabriel iba a contestar, pero el enfermero se levantó, tomándolo de la cadera y subiéndolo hasta su altura. Se besaron hasta que Gabriel sintió la suabe cama en su espalda, y Samuel atacó de nuevo los pezones haciéndolo voltear la cabeza hacia atrás. Se separó de repente, y Gabriel sintió frio en el cuerpo cuando el hombre le bajó los pantalones y la ropa interior de un solo tirón, los lanzó hacia atrás sin miramientos y se quedó mirando el cuerpo desnudo del joven, el cuerpo fibroso, las piernas torneadas, y el pene rosado y recto que lo invitaba deseosamente, miró los ojos de Gabriel cuando lo tomó con la mano y lo acarició con lentitud, disfrutó de como arqueó la espalda y cerró los ojos, así que aumentó la velocidad, y sin darle previo aviso, se agachó y lo tomó completo en su boca.
—Sam —dijo Gabriel como un reflejo y apretó los hombros del hombre con fuerza. Era una sensación que jamás había sentido, húmeda, cálida y estrecha, y se sintió morir cuando la cabeza del hombre trabajó con más velocidad y succión, apretó las sábanas con fuerza y luego se alejó —Para —su voz casi no se oía, así que tomó la mano del enfermero y lo tendió de espaldas junto a él —yo también quiero —de un tirón y bastante fácil el pequeño pantalón salió volando hacia el suelo, y Gabriel ahogó un quejido.
—¿Pasa algo? —preguntó el enfermero levantando la cabeza, y Gabriel le besó la mejilla.
—No creo que me vaya a caber —dijo y samuel soltó una carcajada que se desvaneció en el momento en que Gabriel tomó su erección y comenzó a masajearla —nunca he hecho esto, así que no me juzgues —el enfermero negó con la cabeza y Gabriel tomó posición entre sus piernas, masajeó un poco más y luego disfrutó de la cálida y húmeda sensación, más suabe de que lo que se imaginaba. Succionó y sintió el cuerpo del enfermero que se estremecía, repitió la acción una y otra vez bajando cada vez más, y las manos de Samuel le acariciaron el cabello todo el tiempo, sin ejercer ni un tipo de presión. Cuando samuel creyó no aguantar más, lo tomó por los hombros y lo llevó hasta la cabecera de la cama donde, lado a lado, se apretó contra su cuerpo caliente, y lo besó un y otra vez, tocando su espada y bajando hasta sus glúteos, y más allá.
—Quiero…—trató de decir Gabriel, pero tubo que detenerse a recuperar el aliento —quiero tenerte dentro de mi —le dijo y Samuel se apretó más contras su cuerpo, presionando con el índice la estrecha entrada del muchacho, pero luego se separó un poco.
—Tengo lubricante, pero no condones, ¿tu? —Gabriel negó como única respuesta y se quedaron mirando un momento.
—Antes de salir de casa me limpie bien, ya sabes —en enfermero asintió —y cuando me capturaron me hicieron todo tipo de exámenes, estoy limpio —Samuel asintió y sonrió.
—También estoy limpio, después de mi último examen no he estado con nadie.
—Bien — le contestó Gabriel —¿qué esperas?
El resto de la noche la pasaron uno sobre el otro, entre gemidos y placer, y Gabriel jamás había disfrutado tanto en su vida, jamás había querido a nadie tanto en su vida, y después de hacer el amor por segunda vez y mientras Samuel dormitaba en su pecho, Gabriel pensó que esa era la vida que siempre había querido, que samuel era el hombre con el que siempre había soñado y no permitiría que nadie le quitara de las manos el cielo, aunque tuviera que condenarse al infierno.
Unos cientos de metros más allá, los fuertes truenos camuflaban los disparos y los gritos de terror que salían del hospital, y Axel, con el palo en un mano y el cuerpo tembloroso de Melissa en la otra, estaba contando los pasos del hombre que se acercaba con el arma dispuesto a matarlos. Miró a Melissa a la cara, estaba pálida y tenía sangre en la cara, el hombre los quería muertos, y estaba dispuesto a lo que fuera.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







