FAZER LOGINLas personas alrededor estaban concentradas en la película, pero Gabriel se acercó más al enfermero para que este no tuviera que hablar muy fuerte y él se tomó su tiempo en comenzar.
—Creí haberme enamorado una vez —comenzó —ahora sé que no era nada de eso, solo cosas de adolescentes, supongo —hizo una pausa en la que parecía que veía la película, pero Gabriel sabía que no —Mi papá tiene mucho dinero, es el dueño de una empresa de ropa que tiene sucursales en toda Colombia, incluso en estados unidos. Mi abuelo comenzó con el negocio cuando papá estaba joven así que él creció, como decirlo, en la alta sociedad. Le importaban tanto las apariencias que mis hermanas y yo crecimos en una cárcel de reglas y etiqueta.
—¿Tienes hermanas? —Samuel sintió, y Gabriel vio como se le iluminaron los ojos.
—Son gemelas, son modelos en España.
—Wow —dijo Gabriel, y samuel tomó un largo aliento.
—Papá controlaba cada aspecto de nuestra vida, desde como vestíamos hasta con quien nos relacionábamos. Un día, cuando me di cuenta que el chico con el que estaba era un manipulador y un tóxico lo dejé, y él en venganza publicó unas fotos en las redes…—negó con la cabeza mientras miraba al suelo, y Gabriel permaneció inmóvil —tenía diecisiete, para mi unas fotos besándome con otro hombre eran el fin del mundo, y más si mi papá las veía, y las vio —sacó la mano y despeinó el cabello de Gabriel, que tenía cara de preocupación —Cuando llegue a casa me golpeó con la correa del pantalón, con la hebilla, para ser exacto, me dijo que eso me pasaba por juntarme con maricones, que qué dirán sus amigos ahora y que me enviaría a una academia militar.
—Eso es muy cruel —le dijo Gabriel y el enfermero asintió.
—Dijo que tendría que desmentir todos los rumores, así que yo le grité que no tendría que hacerlo por que era verdad, yo era un maricón. Yo…casi no recuerdo lo que pasó, tenía tanta rabia y miedo y ni siquiera me di cuenta de que se acercó a mí, reaccioné cuando sus manos en mi cuello me impedían respirar —Gabriel notó como sus ojos se llenaron de lágrimas —después de que pasó todo mis hermanas me dijeron que, según él, su intención nunca fue matarme, que solo fue un arrebato de rabia, pero yo ya no quería vivir en la misma casa que él —parpadeó un par de veces y puso su mano en la rodilla de Gabriel —Desde ese día me fui a vivir casa de mi abuela, que se había separado de él hacía como veinte años. Ella era partera, y aunque vivía con poco dinero, me dio unos grandiosos años. Murió hace un par de años, pero gracias a ella me convertí en lo que soy ahora.
—Qué bonito ejemplo —Gabriel no sabía qué más decir, la verdad nunca había sido bueno para consolar ni hablar de temas tan profundos —¿y tu madre? —preguntó queriendo no sonar muy impertinente.
—Murió cuando nacieron las gemelas —Gabriel quiso golpearse con un poste la cabeza, y Samuel, viendo su cara roja, sonrió apaciblemente —tranquilo, yo apenas tenía dos años, no la recuerdo.
—Lo siento, soy malo para hablar de estos temas.
—Descuida —se quedaron un rato viendo la película, la verdad, Gabriel no le había prestado mucha atención y no entendía nada de nada, pero en enfermero parecía concentrado así que no quiso preguntarle. En medio de una escena de una conversación sin mucha importancia, el pelinegro lo miró.
—¿Cómo se llamaba él? —preguntó y el enfermero ladeó la cabeza.
—Walter —dijo —Cuando pasó todo, y ese vacío en mi pecho en las noches me invadía, era su rostro el que veía, no el de mi padre, era el suyo, y lo que había sentido por él me hacía sentir realmente mal.
—Por eso, cuando comenzaste a sentir cosas por mi…
—Si, lo recordaba a él, pero ahora ya no, lo que siento ahora es diferente —tomó a Gabriel del mentón y le dio un beso en la punta de la nariz.
—¿Volviste a ver a tu padre? —le preguntó y el enfermero negó.
—Jamás volví a verle la cara, él se quedó en Manizales y yo estudié enfermería en la Dorada, me llama una vez al año por teléfono, parece que está un poco arrepentido o así, incluso ofreció a pagarme la carrera, pero me negué —Gabriel no se podía imaginar como era pasar tantos años sin ver su padre.
—Entonces, ¿cómo pagaste la carrera? —le preguntó y el enfermero dejó escapar un lamento.
—Pedí un préstamo al banco, ya me queda poco terminar, pero la mensualidad me tiene al borde de la miseria —se rio, peor Gabriel no lo siguió —vamos, hay qué reírnos para no llorar.
—Yo —comenzó y se entretuvo en un mechón del cabello del hombre, lo estiró y lo frotó —Tengo mucho dinero, podría…
—¡No! —dijo Samuel y varias personas los voltearon a mirar, así que bajó más la voz —Ni se te ocurra, no lo aceptaría.
—Pues, no te la voy a regalar, puedo pagar tu deuda del banco y tú me pagas a mí, yo te doy muchos meses y sin intereses, así no te estresas —tenía una sonrisa tan brillante que Samuel negó con una sonrisa en la boca.
—Claro que no.
—No seas orgulloso —le dijo Gabriel. Se acercó, tomó la mano del hombre y se envolvió los hombros con ella, acurrucándose a su lado —solo quiero ayudarte, y me pagas en unos diez años —cerró los ojos y recostó la cabeza en su pecho —¿Cómo es que siempre están tan calentito?
—No lo sé —le dijo, acercándose peligrosamente al oído del muchacho —puede ser por que llevo meses sin sexo —a Gabriel se le erizó la piel del cuello, y estaba a punto de contestar algo cuando el sonido de las llantas de un auto al frenar le hizo abrir los ojos. Lo primero que vio fue todas las personas que estaban frente a él se pusieron de píe, así que también lo hizo, en busca del auto que seguramente había atropellado a alguien, pero las personas guardaron un silencio sepulcral y todos los vellos del cuerpo se le erizaron.
—¿Qué está pasando —le preguntó a Samuel y él lo ayudó a poner de pie?
—Es el auto que utilizan los hombres de franco —le dijo. Cuando Gabriel se puso de pie logró ver a un hombre que se trepaba al techo del vehículo, tenía un megáfono en la mano y señaló a Irán. El muchacho corrió y bajó el volumen de la película y todo quedó sumido en silencio total. El hombre que estaba sobre el auto, con el cabello rubio, alzó el micrófono y su voz llegó llena de estática.
—El pueblo parece haber olvidado lo generoso que Franco ha sido con él, con arrogancia, la mayoría osa desafiarlo y protege asquerosamente a quienes quieren verlo muerto, por ello, a partir de mañana, el toque de queda comenzará a las seis de la tarde —Gabriel sintió un escalofrío por todo el cuerpo —las cuotas a todos los negocios serán incrementadas un veinte por ciento, todos deberán ceñirse a este porcentaje, de lo contrario, no podremos garantizar la seguridad de sus establecimientos —Gabriel apretó los puños, ni siquiera sabía que le cobraban cuotas a los negocios —Quien se encuentre en las calles después de las seis, será aprisionado e interrogado y no garantizaremos su seguridad. Todas estas medidas continuarán hasta que los infiltrados y quienes los protegen sean descubiertos. Feliz noche —bajó de la camioneta, se subió y se fue. Gabriel miró a Samuel y se pegó más a su cuerpo.
—¿Crees que esto tenga que ver conmigo? —le susurró y el enfermero lo envolvió en un abrazo.
—Tal vez tu seas la gota que derramó el vaso, pero hay mucho más —las personas comenzaron a disiparse poco a poco, recogiendo los tapetes en que estaban sentados y yendo a casa.
—¿Cómo que más? —le preguntó Gabriel.
—Antes de que llegaras se oyeron los rumores de que otro grupo armado quería quitarle el puesto a Franco, tal vez a eso se refiere. Será mejor que te lleve a casa, las cosas se van a pone feas.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







