ログインSofía sostuvo la mirada de Alexander. No la estaba juzgando. Esperaba que ella lo desmintiera, y eso era peor.—Sí, lo copié.Guzmán alzó las cejas, casi complacido. Alexander no se movió.—Cuatro archivos de registros de integración, los de Nexus. Dos gigas. Nada más. —Sofía no apartó los ojos de él—. No espío a nadie. Si lo hiciera, esa unidad no estaría en un cajón de mi oficina, con llave. Estaría fuera del edificio.—Usó una herramienta externa —dijo Guzmán.—La de Nexus. Está en el acuerdo, y usted lo sabe.—Pasó por encima de un bloqueo.—El sistema me dejó entrar. No forcé nada. —Sostuvo la mirada de Guzmán—. No acuso a nadie, pero una puerta cerrada no se abre sola.—Eso habrá que investigarlo.—Hágalo. Pero yo no robé nada de esta empresa.Guzmán abrió la boca y Alexander lo detuvo con un gesto.—La unidad la traes tú, aquí, en persona. Y se queda conmigo. Nadie la abre hasta que yo lo diga.—Señor, lo correcto sería que mi equipo…—Dije nadie.Hubo un instante en que Guzmán
Sofía llamó a la puerta, aunque estaba abierta.—Con permiso.Isabelle dio un paso atrás y apartó la mano del brazo de Alexander, sin prisa. Él tardó un segundo en reaccionar. Se pasó la mano por la corbata floja y la miró como si acabara de despertar.—Señorita Moretti.Sofía lo sintió antes de entender por qué. Siempre la había llamado Sofía, incluso ayer por la mañana, con la voz baja. Ahora el apellido sonaba frío, como una puerta que se cierra.—Le traigo los documentos de Nexus. Giuliana los firmó anoche.Dejó la carpeta sobre el escritorio. Alexander no la tocó.—Gracias. Los revisaré más tarde.—Como prefiera.—Perdona, Alexander —intervino Isabelle, con una sonrisa cuidadosa—. No quiero interrumpir. Soy Isabelle Beaumont, amiga de la familia.—Sofía Moretti. Un placer.—He oído hablar de usted.—Espero que cosas buenas.—Algunas. —Isabelle sostuvo su mirada y no añadió más.Sofía no supo si era cortesía o advertencia. Sonrió igual. Había aprendido muy joven a sonreír mientras
El sello cedió con un chasquido seco.Alexander desdobló el papel. Le temblaban los dedos y tuvo que sujetarlo con las dos manos para poder leer. Pasó por encima de los datos del laboratorio, de los códigos de muestra, de las tablas con letras y números que no entendía. Buscó la última línea, la única que importaba.Probabilidad de parentesco abuelo-nieto entre las muestras A (Ricardo Bianchi) y B (menor): 99,99 %.Lo leyó una vez. Después otra. La tercera vez movió los labios sin emitir sonido.—No —murmuró.—Alexander.—Había apostado por que saliera negativo. —Le salió una risa áspera, sin alegría—. Si el niño no era un Bianchi, era mío. Eso pensé. Así de simple. Qué estúpido.—¿Y por qué lo comparaste con Ricardo y no con Luciano? —preguntó Nicolás.—Porque Ricardo estaba en el hospital. Era mucho más fácil conseguir una muestra de su sangre sin que nadie sospechara. —Alexander soltó el aire—. A Luciano no había manera de acercarse. Va siempre rodeado de escoltas, y si se enteraba
Sofía se puso rígida y colocó el cuerpo delante de la pantalla, tapándola mientras fingía serenidad. Se giró hacia el hombre con una sonrisa cortés.—Soy Sofía Moretti, representante de SWR Tecnología.—¿Y quién le dio permiso para entrar en esta unidad?—Tengo un pase del CEO. El señor Sterling me autorizó personalmente. Si tiene alguna duda, puede comunicarse con él.El hombre sacó el móvil y marcó. La llamada fue contestada casi al instante.—Señor Sterling, perdone la molestia. Tengo aquí a la señorita Moretti, de SWR Tecnología. —Escuchó unos segundos—. Ya veo. Por supuesto, le daré toda la ayuda posible.Colgó y guardó el teléfono. Su expresión había cambiado por completo.—Entonces, ¿en qué puedo servirle, señorita Moretti? Soy Manuel Guzmán, director de seguridad y sistemas.Ella le tendió la mano con cortesía. Sabía que tenía que mantenerlo lejos del monitor. Si descubría lo que estaba copiando, podían acusarla de vulnerar la seguridad de la empresa, y entonces se metería en
Alexander llevaba quince minutos de pie junto a la recepción, mirando la puerta giratoria.—Se te va a gastar el piso —dijo Nicolás, que acababa de llegar con un café en la mano.—No estoy haciendo nada.—Llevas mirando esa puerta desde que entré. Y entré hace diez minutos.—Dijo que llegaría a las ocho.—Son las siete y cuarenta.—Lo sé.Nicolás sonrió y bebió un sorbo.—Tranquilo. Si quieres, te traigo una silla. O un cartel de bienvenida.—Nicolás.—Un cartel pequeño. Discreto. "Bienvenida, señorita Moretti, el jefe lleva toda la mañana esperándola."—Si sigues hablando, vas a ser tú quien necesite una silla. En el pasillo. Con una caja de tus cosas.—Qué carácter. —Nicolás se rio y de pronto bajó la voz—. Hablando en serio, hay algo que no te estás preguntando.—Dime.—¿Qué va a pasar cuando Victoria se entere de que Sofía trabaja aquí?Alexander apretó los labios.—Se va a enterar. Esta empresa tiene tres secretarias, dos recepcionistas y medio edificio que le debe favores a tu m
La puerta del quirófano se abrió después de varias horas de espera. Un cirujano salió con la mascarilla colgando del cuello y el cansancio marcado en el rostro. Luciano se levantó de inmediato, aunque se acercó sin apuro, con esa calma que parecía acompañarlo incluso en las peores situaciones.—¿Cómo está?—Vivo. La herida era profunda, pero logramos detener la hemorragia. Perdió bastante sangre y tendremos que mantenerlo sedado mientras vigilamos su evolución. Las próximas cuarenta y ocho horas serán críticas.Sofía cerró la laptop que había mantenido abierta durante buena parte de la espera. Tenía los ojos cansados, pero lo único que le importaba era saber si Ferraro sobreviviría.—¿Cuándo podrá hablar? —preguntó.—No podemos asegurarlo. Por ahora, ni hoy ni mañana. Necesita descansar y no podemos someterlo a ningún esfuerzo innecesario.—Quiero una habitación privada, con mis guardias en la puerta. Nadie podrá entrar sin mi autorización.—Comprenda que tenemos protocolos que debemo







