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Capítulo 8

Author: Sebastiana Rosas
Dos semanas después, el Ministerio de Justicia volvió a juzgar el caso. La garganta todavía me dolía, y mucho más si hablaba deprisa.

Inés me ayudó a sentarme ante el tribunal y dejó agua tibia a mi alcance.

Blanca estaba arrodillada al otro lado. Ya no llevaba mi vestido de novia, sino una túnica de prisionera de un blanco grisáceo.

Primero trajeron al dueño de la botica.

—El administrador de la casa de los Salazar compró la droga para dejarla sin voz. El preparado era fuerte; incluso le advert
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  • Su Boda, Mi Sentencia de Muerte   Capítulo 10

    Un mes después llegó el decreto imperial. Blanca sería decapitada conforme a su sentencia original. Antes de la ejecución, pidió entre lágrimas ver a Jaime, pero no llegó a verlo.Dicen que no dejó de gritar que era inocente. Esta vez, nadie iba a morir en su lugar.Jaime fue condenado a sesenta golpes de vara, al destierro a mil quinientos kilómetros de distancia y a no volver a ejercer un cargo público jamás.El día que salió de la ciudad lloviznaba. Inés volvió de comprar verduras y me contó que los prisioneros pasarían escoltados por la calle del Este. Se quedó un rato mirándome desde la puerta de la cocina.—Señorita, ¿de verdad no quiere ir a verlo, aunque sea una vez?Yo estaba sentada junto a la ventana, reparando el cofre de tocador que me había dejado mi madre. La cerradura de cobre se había oxidado y siempre se atascaba al abrirla o cerrarla. Limpié con un paño el polvo del ojo de la cerradura.—No. Está lloviendo y la comida se va a enfriar.Inés bajó la cabeza y se limpió

  • Su Boda, Mi Sentencia de Muerte   Capítulo 9

    Después de salir del Ministerio de Justicia, volví una vez a la casa de los Salazar. Aún no habían retirado todas las telas rojas de la entrada. El viento agitaba los restos de un emblema nupcial pegado al marco, de un rojo que hería la vista.A Inés le pareció de mal agüero y lo arrancó.—Casi mataron a mi señorita para celebrar esa boda. ¿No les da miedo tener pesadillas?Los oficiales revisaron cada objeto de mi dote siguiendo el inventario. Encontraron la perla que faltaba en el cofre de tocador de Blanca. Como el brocado ya había sido cortado para hacerle ropa nueva, solo podía recibir una compensación por su valor.Los oficiales le entregaron a Inés la perla que habían recuperado.Teresa estaba en el corredor. Varias veces pareció querer decir algo, pero al final solo dijo:—Jaime ya sabe que se equivocó.Me detuve. Con los ojos enrojecidos, continuó:—En la celda no come ni duerme. Ve a verlo.Inés soltó una risa de rabia.—Cuando mi señorita estaba en la celda de los condenados

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    Dos semanas después, el Ministerio de Justicia volvió a juzgar el caso. La garganta todavía me dolía, y mucho más si hablaba deprisa.Inés me ayudó a sentarme ante el tribunal y dejó agua tibia a mi alcance.Blanca estaba arrodillada al otro lado. Ya no llevaba mi vestido de novia, sino una túnica de prisionera de un blanco grisáceo.Primero trajeron al dueño de la botica.—El administrador de la casa de los Salazar compró la droga para dejarla sin voz. El preparado era fuerte; incluso le advertí que podía dañarle la garganta.Después, el administrador admitió que Jaime le había ordenado cambiar los registros y ponerme la placa de prisionera de Blanca.El joven que había llevado el aviso también contó lo ocurrido antes de las cinco.Blanca seguía llorando.—Yo solo le dije que no entrara en el salón de bodas. No le pedí a Jaime que matara a nadie.—Entonces, ¿por qué celebraste la boda con el vestido y la dote de la señora Montes? —preguntó el magistrado que presidía el juicio.—Jaime

  • Su Boda, Mi Sentencia de Muerte   Capítulo 7

    Jaime dio un paso hacia mí. Retrocedí de inmediato, tan deprisa que derribé el tazón de medicina que la curandera había dejado junto a mi cama. Los pedazos de porcelana se esparcieron por el suelo.Él se detuvo.—No tengas miedo. No voy a tocarte.Oír esas palabras de su boca era ridículo. Bajé la cabeza y miré las marcas de un rojo oscuro que me rodeaban las muñecas. Él también las vio.—Creí que podría detenerlos. No quería que murieras.Abrí la boca. De la garganta solo me salió una voz quebrada.—Los tambores.Se quedó inmóvil. Señalé el cadalso y lo repetí.—Los tambores.Él también los había oído cuando estampó el sello.Los hombros de Jaime se hundieron poco a poco.—Los oí. Pero creí que, en cuanto yo llegara, no se atreverían a tocarte.Lo miré. Sabía que yo podía morir; simplemente creía que llegaría a tiempo. Igual que durante los últimos siete años, cuando siempre había dado por hecho que yo seguiría esperando.El enviado imperial no lo dejó continuar.—Llévenselo.Los guar

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    Cuando desperté, me dolía la nuca como si se me hubiera partido. Ya me habían quitado las cadenas.La curandera me ayudó a incorporarme y me acercó una cucharada de agua tibia a los labios.—Bebe despacio. La espada no llegó a cortarte; se clavó en el bloque de madera. Te desmayaste por el susto y la pérdida de sangre, y has estado inconsciente desde entonces.Me toqué el cuello. Tenía una marca roja, pero ningún corte.Después supe lo que había ocurrido en el cadalso. Mientras sonaban los tambores, el carcelero llevó a la tribuna el trozo de tela en el que yo había escrito con sangre. Al leer mi petición de disolver el matrimonio, el enviado imperial recordó que había intentado escribir "Montes" en el suelo y ordenó detener la ejecución de inmediato.Entre el estruendo de los tambores, el verdugo oyó la orden demasiado tarde. Ya no pudo frenar la espada y tuvo que desviar el golpe a la fuerza. El filo se hundió en el bloque y yo perdí el conocimiento.El enviado no anunció enseguida q

  • Su Boda, Mi Sentencia de Muerte   Capítulo 5

    Jaime miraba fijamente al subordinado, que seguía postrado sin atreverse a levantar la cabeza.—La señora Montes. El enviado imperial me ordenó venir a avisarle. Antes de la ejecución dejó dicho que no la enterraran en el sepulcro de los Salazar.Jaime lo agarró por el cuello de la túnica.—Es imposible. Les ordené que ganaran tiempo hasta que yo llegara. ¿Quién le dijo al verdugo que bajara la espada?El hombre apenas podía respirar.—El decreto imperial prohibía aplazar la ejecución. Nadie se atrevió a desobedecerlo. El documento que confirmaba su identidad llevaba su sello.La mano de Jaime quedó rígida. En el salón se hizo un silencio aterrador.El rubor desapareció poco a poco del rostro de Blanca. Se acercó y le tiró del brazo.—Quizá Adriana solo esté herida. ¿Por qué no mandas a alguien a averiguar bien?Él la apartó de un tirón.—Lárgate.Blanca tropezó y chocó con la esquina de una mesa. Él no se volvió. Salió corriendo del salón, pisando los fragmentos de porcelana.Cuando l

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