Cuando me sacaron de la celda, apenas comenzaba a clarear. Había una multitud afuera del recinto. Algunos arrojaban verduras podridas contra el carro; otros insultaban a Blanca por creer que, con el respaldo del vicepresidente del Tribunal Supremo, podía matar al hijo del príncipe y escapar con vida.Un huevo podrido me golpeó en la frente. El contenido se mezcló con mi sangre y me escurrió por la mejilla. No me limpié.Tenían razón. Blanca sí quería escapar. Solo que yo había terminado recibiendo los insultos y la condena en su lugar.En la entrada, el enviado imperial revisó el documento sellado por Jaime. Pusieron sobre la mesa, uno por uno, el registro a nombre de Blanca Rivas, el documento con mi huella digital y la placa de prisionera.—Blanca Rivas, ¿tienes alguna objeción? —me preguntó.Abrí la boca, pero solo salió un soplo ronco. Un carcelero me sujetó la cabeza.—Señor, hizo tanto escándalo en la celda que se lastimó la garganta.Negué con desesperación y, con los dedos heri
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