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Su Boda, Mi Sentencia de Muerte

Su Boda, Mi Sentencia de Muerte

Par:  Sebastiana RosasComplété
Langue: Spanish
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La noche de nuestra boda, mi esposo me obligó a beber una droga para dejarme sin voz y me encerró en la celda de su amiga de la infancia, condenada a muerte. Blanca Rivas había arrollado y matado al único hijo del príncipe de Valcera mientras cabalgaba borracha. La decapitarían al día siguiente, al mediodía. Pero Jaime Salazar le dio mi vestido de novia y la sacó por la puerta trasera del Tribunal Supremo para llevarla a la residencia del supervisor de ejecuciones. Al ver las cadenas que me sujetaban las muñecas, mi suegra, Teresa Vidal, por fin sintió algo de compasión. —Ahora que has encerrado a Adriana, ¿no temes que la casa del príncipe de Valcera adelante la ejecución? Jaime terminó de acomodarle mi corona nupcial a Blanca sin siquiera levantar la vista. —Soy el vicepresidente del Tribunal Supremo. ¿Quién se atrevería a ejecutar a Adriana sin una orden mía? Solo necesito que ocupe el lugar de Blanca durante tres días. Cuando pase el revuelo, volveré a intercambiarlas. Teresa bajó la voz. —Hace siete años, cuando acusaron injustamente a nuestra familia, Adriana vendió su casa familiar y recibió treinta golpes de vara por ti para hacer llegar las pruebas al emperador. Los dedos de Jaime se detuvieron un instante. —No lo he olvidado. Por eso jamás he pensado en repudiar a Adriana, aunque ella no soporte a Blanca. Antes del amanecer, la princesa de Valcera irrumpió en la prisión con un decreto imperial. Convencida de que Jaime favorecería a Blanca, había solicitado al emperador que adelantara la ejecución a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. Me abrí la frente a golpes y por fin conseguí soltarme de los carceleros que me sujetaban. Cuando llegué corriendo a la residencia del supervisor de ejecuciones, Jaime estaba celebrando su boda con Blanca. Al verme cubierta de sangre, le cambió la expresión. Se quitó de inmediato la túnica de boda y me envolvió con ella. —¿Cómo te lastimaste así? ¿No te dije que me esperaras en la celda? Miré fijamente la corona que Blanca llevaba en la cabeza. Mi madre me la había dejado como parte de mi dote. Jaime siguió mi mirada y se colocó frente a ella por instinto. —Se llevó un susto. Le presté tu vestido de novia para alejar la mala suerte.

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Chapitre 1

Capítulo 1

—Solo son tres días. ¿Por qué no puedes soportar ni siquiera eso?

Los tambores que anunciaban la ejecución volvieron a sonar.

Aparté su túnica.

—¿No quieres que muera por ella? Pues vámonos. No lleguemos tarde.

Apenas terminé de hablar, los dos carceleros que me perseguían se abalanzaron sobre mí y me sujetaron, uno por cada hombro.

El trozo de cadena que aún colgaba de mi muñeca se arrastró por la alfombra roja y dejó un rastro de sangre entre las monedas esparcidas para celebrar la boda.

Jaime se acercó a toda prisa y me agarró de la muñeca.

—¿Qué tonterías estás diciendo? ¿Cuándo he querido que murieras por ella?

Levanté la mirada hacia él. La droga todavía no había hecho todo su efecto, pero cada palabra me raspaba la garganta como una cuchilla.

—Adelantaron la ejecución. ¿No oyes los tambores?

Al otro lado del muro del patio, los golpes de tambor se sucedían cada vez más rápido.

Jaime frunció el ceño, aunque enseguida volvió a relajarlo.

—La casa del príncipe de Valcera solo quiere obligarme a entregarla. Soy el vicepresidente del Tribunal Supremo. Nadie se atreverá a tocarte sin una orden mía.

Me limpió la sangre de la frente. Hasta me habló con cierta ternura.

—Son apenas tres días. Blanca le teme a la oscuridad desde pequeña y no soporta estar en una celda. Quédate unos días en su lugar. Te prometo que vendré por ti.

Siete años atrás, habían condenado a la familia Salazar. Vendí la casa de los Montes y me arrodillé frente a las puertas del palacio para presentar las pruebas que exculpaban a los Salazar.

Después de que me dieran treinta golpes de vara por orden de la corte, él me abrazó, cubierta de sangre, y juró entre lágrimas que jamás me fallaría.

Ahora seguía creyendo que yo podía soportarlo todo. Si había resistido los golpes y podía aguantar la prisión, claro que también podía subir al cadalso por otra persona.

Blanca ya se había levantado el velo. Se acercó con los ojos enrojecidos, sujetándose la corona.

—Adriana, quizá sea mejor que me lleven de vuelta. No deberías pagar por mi error.

Eso decía, pero no soltaba la manga de Jaime.

Jaime se puso de inmediato delante de ella.

—Esto no tiene nada que ver contigo. Está enojada y dice esas cosas para asustarte.

Miré la corona.

—Devuélvemela.

Blanca se cubrió la cabeza por reflejo.

—Acabo de salir de la celda de los condenados. Quitarme la corona ahora traería mala suerte.

Sentí sabor a sangre en la garganta.

—¿Y no te importa la suerte que me espera a mí en esa celda?

Se puso pálida. La voz de Jaime se endureció.

—Es solo una corona. ¿Tienes que hacerle pasar un mal rato precisamente hoy? Cuando todo termine, te daré una mejor.

Antes de morir, a mi madre le temblaban tanto las manos que ni siquiera podía sostener un peine. Aun así, reunió las fuerzas para contar una por una las perlas de aquella corona.

Decía que, el día de mi boda, nadie debía menospreciarme.

Y ahora Jaime aseguraba que podía reemplazarla.

Bajé la cabeza y arranqué el cordón de seda que llevaba a la cintura. Mi mitad del colgante de jade que simbolizaba nuestra unión cayó sobre las baldosas y se partió en varios pedazos. Uno rodó hasta la bota de Jaime.

Por fin le cambió la expresión.

—¡Adriana!

—Solo se rompió —dije, mirándolo—. ¿No eres tan bueno para reemplazar las cosas? Después puedes darme uno mejor.

Se inclinó para recoger los pedazos, pero me adelanté y los guardé entre mi ropa. Después me volví hacia los carceleros y dejé que me encadenaran otra vez.

Lo oí a mi espalda.

—Ya pusieron un brasero y mantas en tu celda. Hazme caso. Cuando termine la ceremonia, iré a verte.

El carro de los presos apenas había salido de la residencia del supervisor de ejecuciones cuando un galope apresurado resonó en la calle.

Los guardias del príncipe de Valcera cerraron el paso. Enseguida, un carruaje del palacio se detuvo frente a la entrada del lugar de la ejecución.

Un funcionario de la corte bajó con el decreto imperial entre las manos. El oficial de guardia del Tribunal Supremo verificó el sello y se arrodilló de inmediato.

—Por orden de Su Majestad, a las cinco y media de la mañana se confirmará la identidad de Blanca Rivas y a las cinco y cuarenta y cinco se procederá a la ejecución. Un enviado imperial supervisará el caso. Nadie podrá aplazar la ejecución.

Con las manos temblorosas, un carcelero abrió el registro de los condenados a muerte. El documento de identificación incorporado al expediente llevaba mi huella digital, pero estaba a nombre de Blanca Rivas. Ese mismo nombre figuraba en la placa de prisionera que llevaba en la muñeca.

Por fin lo entendí. Jaime no me había obligado a beber aquella droga solo para impedir que pidiera ayuda. Quería que, incluso frente al cadalso, no pudiera decir quién era.

El funcionario alzó la vista hacia mí.

—Devuélvanla a la celda. A las cinco y media volveremos a verificar su identidad.

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