Se connecterLa noche de nuestra boda, mi esposo me obligó a beber una droga para dejarme sin voz y me encerró en la celda de su amiga de la infancia, condenada a muerte. Blanca Rivas había arrollado y matado al único hijo del príncipe de Valcera mientras cabalgaba borracha. La decapitarían al día siguiente, al mediodía. Pero Jaime Salazar le dio mi vestido de novia y la sacó por la puerta trasera del Tribunal Supremo para llevarla a la residencia del supervisor de ejecuciones. Al ver las cadenas que me sujetaban las muñecas, mi suegra, Teresa Vidal, por fin sintió algo de compasión. —Ahora que has encerrado a Adriana, ¿no temes que la casa del príncipe de Valcera adelante la ejecución? Jaime terminó de acomodarle mi corona nupcial a Blanca sin siquiera levantar la vista. —Soy el vicepresidente del Tribunal Supremo. ¿Quién se atrevería a ejecutar a Adriana sin una orden mía? Solo necesito que ocupe el lugar de Blanca durante tres días. Cuando pase el revuelo, volveré a intercambiarlas. Teresa bajó la voz. —Hace siete años, cuando acusaron injustamente a nuestra familia, Adriana vendió su casa familiar y recibió treinta golpes de vara por ti para hacer llegar las pruebas al emperador. Los dedos de Jaime se detuvieron un instante. —No lo he olvidado. Por eso jamás he pensado en repudiar a Adriana, aunque ella no soporte a Blanca. Antes del amanecer, la princesa de Valcera irrumpió en la prisión con un decreto imperial. Convencida de que Jaime favorecería a Blanca, había solicitado al emperador que adelantara la ejecución a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. Me abrí la frente a golpes y por fin conseguí soltarme de los carceleros que me sujetaban. Cuando llegué corriendo a la residencia del supervisor de ejecuciones, Jaime estaba celebrando su boda con Blanca. Al verme cubierta de sangre, le cambió la expresión. Se quitó de inmediato la túnica de boda y me envolvió con ella. —¿Cómo te lastimaste así? ¿No te dije que me esperaras en la celda? Miré fijamente la corona que Blanca llevaba en la cabeza. Mi madre me la había dejado como parte de mi dote. Jaime siguió mi mirada y se colocó frente a ella por instinto. —Se llevó un susto. Le presté tu vestido de novia para alejar la mala suerte.
Voir plusUn mes después llegó el decreto imperial. Blanca sería decapitada conforme a su sentencia original. Antes de la ejecución, pidió entre lágrimas ver a Jaime, pero no llegó a verlo.Dicen que no dejó de gritar que era inocente. Esta vez, nadie iba a morir en su lugar.Jaime fue condenado a sesenta golpes de vara, al destierro a mil quinientos kilómetros de distancia y a no volver a ejercer un cargo público jamás.El día que salió de la ciudad lloviznaba. Inés volvió de comprar verduras y me contó que los prisioneros pasarían escoltados por la calle del Este. Se quedó un rato mirándome desde la puerta de la cocina.—Señorita, ¿de verdad no quiere ir a verlo, aunque sea una vez?Yo estaba sentada junto a la ventana, reparando el cofre de tocador que me había dejado mi madre. La cerradura de cobre se había oxidado y siempre se atascaba al abrirla o cerrarla. Limpié con un paño el polvo del ojo de la cerradura.—No. Está lloviendo y la comida se va a enfriar.Inés bajó la cabeza y se limpió
Después de salir del Ministerio de Justicia, volví una vez a la casa de los Salazar. Aún no habían retirado todas las telas rojas de la entrada. El viento agitaba los restos de un emblema nupcial pegado al marco, de un rojo que hería la vista.A Inés le pareció de mal agüero y lo arrancó.—Casi mataron a mi señorita para celebrar esa boda. ¿No les da miedo tener pesadillas?Los oficiales revisaron cada objeto de mi dote siguiendo el inventario. Encontraron la perla que faltaba en el cofre de tocador de Blanca. Como el brocado ya había sido cortado para hacerle ropa nueva, solo podía recibir una compensación por su valor.Los oficiales le entregaron a Inés la perla que habían recuperado.Teresa estaba en el corredor. Varias veces pareció querer decir algo, pero al final solo dijo:—Jaime ya sabe que se equivocó.Me detuve. Con los ojos enrojecidos, continuó:—En la celda no come ni duerme. Ve a verlo.Inés soltó una risa de rabia.—Cuando mi señorita estaba en la celda de los condenados
Dos semanas después, el Ministerio de Justicia volvió a juzgar el caso. La garganta todavía me dolía, y mucho más si hablaba deprisa.Inés me ayudó a sentarme ante el tribunal y dejó agua tibia a mi alcance.Blanca estaba arrodillada al otro lado. Ya no llevaba mi vestido de novia, sino una túnica de prisionera de un blanco grisáceo.Primero trajeron al dueño de la botica.—El administrador de la casa de los Salazar compró la droga para dejarla sin voz. El preparado era fuerte; incluso le advertí que podía dañarle la garganta.Después, el administrador admitió que Jaime le había ordenado cambiar los registros y ponerme la placa de prisionera de Blanca.El joven que había llevado el aviso también contó lo ocurrido antes de las cinco.Blanca seguía llorando.—Yo solo le dije que no entrara en el salón de bodas. No le pedí a Jaime que matara a nadie.—Entonces, ¿por qué celebraste la boda con el vestido y la dote de la señora Montes? —preguntó el magistrado que presidía el juicio.—Jaime
Jaime dio un paso hacia mí. Retrocedí de inmediato, tan deprisa que derribé el tazón de medicina que la curandera había dejado junto a mi cama. Los pedazos de porcelana se esparcieron por el suelo.Él se detuvo.—No tengas miedo. No voy a tocarte.Oír esas palabras de su boca era ridículo. Bajé la cabeza y miré las marcas de un rojo oscuro que me rodeaban las muñecas. Él también las vio.—Creí que podría detenerlos. No quería que murieras.Abrí la boca. De la garganta solo me salió una voz quebrada.—Los tambores.Se quedó inmóvil. Señalé el cadalso y lo repetí.—Los tambores.Él también los había oído cuando estampó el sello.Los hombros de Jaime se hundieron poco a poco.—Los oí. Pero creí que, en cuanto yo llegara, no se atreverían a tocarte.Lo miré. Sabía que yo podía morir; simplemente creía que llegaría a tiempo. Igual que durante los últimos siete años, cuando siempre había dado por hecho que yo seguiría esperando.El enviado imperial no lo dejó continuar.—Llévenselo.Los guar












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