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Su Señorita Prohibida
Su Señorita Prohibida
Author: Pen goddess

Capítulo Uno

Author: Pen goddess
last update publish date: 2026-04-21 23:29:13

El punto de vista de Valentina 

—Valentina. Recibí una carta anoche.

Alcé la vista de mi plato, con el tenedor suspendido en el aire. Mi padre había estado en silencio desde que nos sentamos a desayunar. Había estado jugueteando con algo entre las manos, un viejo trozo de papel arrugado, y yo había estado fingiendo no darme cuenta.

Pero ahora me estaba mirando. Su voz tenía ese tono. Aquel que siempre significaba que algo estaba a punto de cambiar.

—¿De quién, papá? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque una sensación de inquietud se instaló en mi estómago.

—De Diego Fuentes.

Fruncí el ceño. El nombre no me resultaba familiar. La expresión de mi padre era ilegible, pero había algo en sus ojos que me hizo dudar. Él no era el tipo de hombre que mostrara sus emociones fácilmente, así que cuando lo hacía, valía la pena prestar atención.

—¿Quién? —pregunté de nuevo, con la voz apenas por encima de un susurro, como si tuviera miedo de decirlo demasiado alto.

—Diego Fuentes —repitió él, con la mirada fija en la carta que tenía en las manos—. Su padre era mi mejor amigo. Hace muchos años, antes de que nacieras, le hice una promesa. En su lecho de muerte.

Mi tenedor golpeó suavemente el plato mientras lo soltaba despacio. Mis ojos nunca se apartaron del rostro de mi padre. Las palabras se sentían extrañas, como si no pertenecieran a nuestro tranquilo comedor. Esta no era una conversación ordinaria.

Me giré por completo para enfrentarlo. Su expresión era desconocida; una mezcla de pesadez y determinación. Algo dentro de mi pecho se retorció.

—¿Casarme con su hijo? —solté, y las palabras sonaron más como una pregunta para mí misma que para él—. ¿Qué acabas de decir?

Esperé, con el aliento contenido en la garganta, esperando una risa, una broma, cualquier cosa que rompiera esta tensión. Pero no llegó nada. Sus ojos permanecieron fijos. Inmóviles.

—¿Me prometiste a un extraño? —pregunté, las palabras saliendo a borbotones, afiladas y desesperadas—. Papá, ¿cómo pudiste hacer eso?

—Valentina —dijo él, con voz baja pero firme—, esto no se trata solo de matrimonio.

Me incliné hacia adelante, con la mente acelerada. ¿Hablaba en serio?

—Diego Fuentes es un buen hombre —continuó, con un tono que se suavizaba aunque sus ojos nunca vacilaron—. Él te cuidará bien. Hice esa promesa por tu futuro.

Tragué saliva con dificultad. La pesadez de sus palabras me abrumaba. El corazón me martilleaba en el pecho, pero luché por mantener la compostura.

—¿Y mi felicidad? —logré decir, con la voz temblorosa—. ¿Eso no cuenta?

Su expresión se endureció.

—Tienes veintitrés años. Harás lo que yo diga.

Sentí que la habitación se cerraba a mi alrededor. Las paredes parecían moverse. El aire se volvió espeso con la verdad tácita de que yo ya no era la niña pequeña que podía discutir y defenderse. Ahora, al parecer, la palabra de mi padre era definitiva.

Mis manos se aferraron al borde de la mesa. Mi corazón se aceleró. Las palabras daban vueltas en mi cabeza como piedras tintineando dentro de una lata de conserva. ¿Cómo podía estar pasando esto? ¿Prometida en un lecho de muerte? Una ola de pánico surgió en mi interior. ¿Qué se suponía que debía hacer con eso?

Entonces, la mano de mi abuela se extendió por la mesa. Sus dedos suaves y curtidos por los años rozaron los míos. No había pronunciado una palabra desde que comenzó la conversación, pero ahora su agarre era firme, dándome apoyo de una manera que no esperaba.

Me volví hacia ella, con la visión ya nublada.

—¿Tú también lo vas a apoyar? —susurré, con la voz quebrada—. Tengo veintitrés años. Tengo derecho a amar a quien yo quiera. A vivir la vida que yo quiera.

Antes de que ella pudiera responder, mi padre habló de nuevo. Su voz no se elevó; bajó de tono.

—Tu madre quería esto.

Me quedé helada.

—¿Qué? —Me giré para mirarlo. Las lágrimas corrían por mi rostro ahora, una inundación de emociones que no podía controlar.

Él tensó la mandíbula. Sus siguientes palabras salieron con una intensidad silenciosa que hizo que mi corazón diera un vuelco.

—Tu madre quería esto, Valentina —su voz era tranquila ahora, pero el dolor seguía allí, subyacente—. ¿Vas a romper su deseo también? Sé cuánto amas a tu madre. Esperaba que respetaras su última voluntad.

Me eché hacia atrás, hundiendo el cuerpo en la silla mientras lo miraba con incredulidad. Mi madre se había ido desde que yo tenía ocho años. Ni siquiera se me permitió asistir a su funeral. Nunca se me permitió preguntar qué le había pasado. Su nombre rara vez se mencionaba en esta casa.

Y ahora mi padre, que nunca la había mencionado ni una sola vez, la sacaba a colación. Usando su memoria como una razón para mi obediencia.

¿Cómo podía involucrarla a ella en esto?

Sentí que la mano de mi abuela se apretaba sobre la mía. Sus ojos cálidos estaban llenos de algo entre la simpatía y la tristeza. Abrió la boca para hablar, pero la interrumpí.

—¿Cuándo es la boda? —pregunté. Mi voz era baja pero firme, como si escuchar la respuesta hiciera que todo esto fuera, de algún modo, más real.

Mi padre hizo una pausa. Sus ojos se endurecieron de nuevo.

—En un mes —dijo—. Diego llega en dos semanas.

No esperé ni una palabra más. Empujé mi silla hacia atrás y salí de allí. No dejaría que me viera correr.

Llegué a mi habitación. Cerré la puerta y me apoyé contra ella con los ojos cerrados y la respiración agitada. Luego caminé hacia mi cama, me senté y me presioné ambas manos sobre la boca.

Las lágrimas brotaron de todos modos.

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