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Capítulo 29: Reconciliación

last update Date de publication: 2026-10-03 21:30:12

—¡Explícame qué carajo hace esta fotografía en la mesa del consejo directivo! —gritó Gabriel, arrojando un sobre de manila abierto sobre el escritorio de mi despacho.

Las fotos cayeron desplegadas sobre la madera. En ellas se me veía a mí, a altas horas de la noche en el estacionamiento del rascacielos, conversando a escasos centímetros de Alejandro Rivas, el principal accionista de la firma rival y enemigo jurado de la corporación.

—Eso es una trampa, Gabriel —respondí levantánd
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    La televisión de la habitación de la clínica estaba encendida sin volumen en el canal de noticias financieras. El segundero del reloj de pared parecía avanzar a paso de tortuga. Tenía la mano pegada al teléfono celular sobre la sábana, esperando que la pantalla se iluminara.—Se acabó, Elena —dijo él, caminando directo hacia la cama para tomar mi mano—. Se acabó todo.—Dímelo entero, Gabriel —le pedí, apretándole los dedos—. ¿Qué pasó en la asamblea?—Aurelio llegó creyéndose el dueño del edificio —contestó él, dibujando una sonrisa socavada—. Entró a las nueve en punto a la sala de juntas, flanqueado por sus tres abogados corporativos y mostrando el documento de la compra del bloque de acciones de Panamá.—¿Y los inversores suizos?—Estaban sentados al fondo, esperando ver a quién le daban el voto decisivo. Aurelio pidió la palabra de inmediato, tomó el micrófono y dijo que la administración actual había colapsado, que mi gestión era un desastre y que

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    El frío helado de la sala de ecografía me congelaba las piernas. Apreté la sábana de la camilla con los puños mientras el gel frío resbalaba por mi vientre abultado. Gabriel estaba sentado a mi lado, aferrando mi mano con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos.—Doctora, hable claro —dijo Gabriel, rompiendo el silencio del monitor—. ¿Por qué se queda callada?La doctora Vargas suspiró y retiró el transductor de mi piel. Limpió el exceso de gel con una toalla de papel sin mirarnos de frente.—Miren la pantalla, por favor —indicó la doctora, señalando una masa oscura que rodeaba el contorno del útero—. Elena, estás en la semana veinticuatro. El bebé está creciendo rápido, y eso es una buena noticia en circunstancias normales.—¿Pero? —pregunté, sintiendo un nudo opresivo en la garganta.—El tumor también creció —respondió Vargas, cruzándose de brazos—. Y no solo se expandió hacia los lados. Ahora está empujando directamente

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    —No me mires así, Gabriel... por favor, no me mires así.—¿Cómo te estoy mirando, Elena?—Con lástima. Como si supieras algo que yo no sé.—Te miro con amor. Es la única forma en que sé mirarte.—¡No es verdad! Trajeron más máquinas esta mañana. Escuché a la doctora hablar de plaquetas y de una biopsia.—Te dije que los médicos están haciendo chequeos rutinarios para descartar cualquier cosa.—¡Una biopsia no es un chequeo rutinario, Gabriel! ¡No me trates como a una idiota!—Elena, cálmate, te va a subir la presión otra vez.—¡Mira mis manos! ¡Míralas cómo me tiemblan! Ni siquiera puedo sostener este vaso con agua sin tirar la mitad.—Déjame ayudarte. Dame el vaso.—¡No quiero que me des el vaso! ¡Quiero sostenerlo yo sola! ¡Quiero moverme como antes!—Sostén mi mano entonces. Agárrate de mí.—¡No puedo más, Gabriel... me siento débil, me siento vacía, siento que mi propio cuerpo me está traicionando!—No digas eso. Estás can

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