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Capítulo 4

Author: Mariposa Peralta
Levanté la vista, aturdida. Antonio evitó mirarme a los ojos.

Rosario se puso delante de Simona y me fulminó con la mirada.

—Entiende de una vez, Lorena: ¡tú eres la amante! ¡Tú eres la que está destruyendo una relación!

Mi mamá sacó un informe psiquiátrico y se disculpó ante los periodistas.

—Lo siento mucho. Mi hija tiene una enfermedad mental. No deja de acosar a Antonio y hasta lo drogó para acostarse con él. Le ha causado muchos problemas a Simona. Les pido disculpas en su nombre.

Miré a mi mamá, sin poder creerlo. Las lágrimas me brotaron de inmediato.

—¿Mamá? ¿Te volviste loca? ¡Ella es la que…!

En ese momento, Antonio se acercó con un grupo de médicos. Recibieron el informe de manos de mi mamá y, antes de que pudiera defenderme, me inyectaron un sedante.

Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue a Antonio y Simona abrazados, con los dedos entrelazados. Ni siquiera me miraron.

Me quitaron el celular y me encerraron durante un mes entero en una habitación de menos de diez metros cuadrados. Intenté escapar y estuve a punto de fracturarme una pierna, pero no logré salir. Cuando llegué al octavo mes de embarazo, Antonio apareció por fin.

Traía mis pastelitos favoritos. Me acomodó con ternura un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Sé que lo has pasado mal. Solo teníamos miedo de que salieras y le hicieras daño a Simona. El acta de matrimonio es falsa. Solo la usamos para hacer creer que la niña había nacido dentro del matrimonio. Cuando des a luz, Simona y yo dejaremos de fingir que estamos casados. Si admites que tú eres la amante y te arrodillas a pedirle perdón a Simona, te dejaremos salir.

Me arrodillé ante la cámara y, con dificultad por el tamaño de mi vientre, me incliné tres veces hasta tocar el suelo con la frente.

—Perdón. Yo soy la amante. No volveré a molestarlos. ¿Así está bien?

Antonio puso mala cara. Movió los labios, como si quisiera decir algo, y apretó los puños. Al final, suspiró. A la mañana siguiente, me llevó a casa.

Hice la maleta lo más rápido que pude, dispuesta a irme. Cuando estaba por salir de la habitación, un grupo de personas irrumpió en la casa.

Simona se arrodilló frente a mí, bañada en lágrimas.

—¡Te lo suplico, Lorena! ¡Devuélveme a mi hija! Estaba preparando la fiesta de Emi. ¡Apenas te dejaron salir y mi hija desapareció! ¡Si tienes algo contra mí, desquítate conmigo, pero no le hagas daño a mi hija!

Antonio venía justo detrás. Me agarró del cuello.

—¡Emi apenas tiene un mes! ¿Te volviste loca? ¿Eres capaz de hacerle daño hasta a una bebé?

Me quedé sin aire. Apenas conseguí hablar:

—Yo no fui. Yo también voy a ser mamá. ¿Cómo podría hacerle daño a una niña?

—¡Antonio, si le pasa algo a Emi, me mato! —Simona hizo el intento de golpearse contra la pared, pero mis papás corrieron a detenerla.

—¿Para qué siguen hablando con ella? ¡Háganla confesar! —Rosario entró detrás de ellos, abrió el cajón de la mesa de noche y sacó mi costurero. Tomó una aguja y me puso la punta debajo de una uña.

—¡Yo no hice nada! —Negué con la cabeza, aterrada, y miré a Antonio. Él solo apartó la vista, como si no soportara verlo, y le indicó a Rosario que siguiera.

Sabían lo importantes que eran mis manos para poder operar y cómo lastimarme para que les dijera lo que querían oír. Pero ¿cómo iba a confesar algo que no había hecho?

—¡Tú me obligaste a hacer esto! —dijo Rosario.

La aguja se me hundió en la carne y casi me levantó la uña. El dolor me hizo contraer el rostro. Ni siquiera pude gritar; las lágrimas brotaron por puro reflejo.

Estaban a punto de clavarme una segunda aguja cuando Antonio recibió una llamada de la policía:

—Ya encontramos a la bebé. Necesitamos que venga cuanto antes.

La alegría iluminó el rostro de Antonio. Me soltó de golpe y caí con fuerza al suelo. La sangre empezó a extenderse debajo de mí mientras todos salían empujándose.

—Mi bebé…

Me arrastré hasta la puerta, pero estaba cerrada con llave. Un dolor intenso me retorcía el vientre. Me quedé mirando, aturdida, cómo la mancha de sangre crecía bajo mi cuerpo, mientras las lágrimas me corrían por la cara.

Al final, alcancé un cuchillo y lo presioné contra mi muñeca. En ese instante, alguien abrió la puerta de un golpe.

La silueta de un hombre alto apareció a contraluz. Me tomó en brazos, desesperado, y su voz tembló:

—Lorena, llegué demasiado tarde.

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