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Capítulo 3

Autor: Mariposa Peralta
Llamé de inmediato al director del hospital para pedir una explicación. Me respondió con frialdad:

—La tenía en muy buen concepto. Nunca imaginé que hasta sus artículos académicos fueran un fraude. Si Antonio no nos hubiera presentado las pruebas de sus irregularidades, nos habría engañado a todos.

La furia me subió a la cabeza. Sin hacer caso a mis papás, que intentaron detenerme, fui de inmediato al hospital donde estaba internada Simona. Abrí de golpe la puerta de su habitación. Antonio le estaba cantando para ayudarla a dormir. La bebé se echó a llorar en la cuna.

—¿Con qué derecho presentaste esa denuncia falsa contra mí? ¡Mi sueño es ejercer la medicina y salvar vidas! ¡Sabes cuánto me ha costado llegar hasta aquí!

Él le tapó los oídos a Simona por reflejo y me miró con fastidio.

—Este año solo hay una vacante en el hospital de Costa Clara. Simona también quiere ir. Le vendría bien para mejorar su currículum.

Mis reclamos no parecían afectarlo. Apenas podía respirar de la rabia. Lo agarré de la manga con fuerza.

—Vas a llamar al hospital ahora mismo para aclararlo todo. ¡O te denuncio por difamación!

—Adelante. —Sonrió como si nada—. Te aseguro que ningún abogado de Puerto Esmeralda se atreverá a tomar tu caso. No nos falta dinero. No necesitas trabajar. Quédate en casa y dedícate al bebé.

Lo miré sin poder creerlo. Las lágrimas me caían sin parar.

—Te voy a odiar por esto.

Al verme tan destrozada, Antonio suavizó la expresión y levantó una mano para secarme las lágrimas.

Pero Simona se bajó de la cama y se acercó.

—Déjame hablar con Lorena.

Me tomó del brazo y me clavó las uñas en la piel. Luego me susurró al oído:

—Tus papás, tu mejor amiga, tu esposo y hasta tu trabajo. Todo es mío. ¿Creíste que fue casualidad que un paciente te denunciara y te despidieran del hospital? Antonio lo organizó todo. Tenía miedo de que me vieras en mis controles prenatales. Resígnate. Nunca vas a ganarme.

—¡Cállate! —Con los ojos enrojecidos, levanté la mano para abofetearla, pero alguien me sujetó la muñeca con fuerza.

—¿Te atreves a tocarla? —me advirtió Antonio entre dientes.

La colocó de un tirón detrás de él para protegerla. Cuando volvió a mirarme, lo hizo con frialdad.

—Fuera.

Alcé la barbilla y me limpié las lágrimas.

—Hoy vas a ver de lo que soy capaz.

Volví a casa, saqué la computadora y preparé una presentación de ciento veintiocho diapositivas con las pruebas de la infidelidad de Antonio y Simona, incluidas sus fotos en la cama. Compartí el enlace en los comentarios de una publicación de Simona. Pronto, el contenido se volvió viral. Algunos medios incluso me escribieron en privado para preguntarme si aceptaría una entrevista.

Antes de que pudiera responder, Antonio llegó a buscarme. Con los dientes apretados, me agarró con tanta fuerza que casi me levantó del suelo.

—¿Quieres destruir a Simona? ¡El hospital está lleno de periodistas! ¡Vas a venir conmigo ahora mismo a desmentirlo todo y a pedirle perdón!

—¿Por qué tendría que pedir perdón? —Intenté soltarme, furiosa, pero él apretó más.

Su expresión se volvió sombría.

—Si no vienes, te aseguro que el día que des a luz no habrá un solo médico dispuesto a atenderte.

Lo miré incrédula, con punzadas de dolor en el pecho. Por Simona, él era capaz de amenazar la vida de nuestro bebé y la mía.

Me mordí el labio hasta sentir el sabor de la sangre.

—Está bien. Iré.

En el hospital, los periodistas se amontonaban y los flashes no paraban. Simona se acurrucaba en los brazos de Antonio con expresión asustada.

Solté una risa amarga, tomé el micrófono y pronuncié cada palabra con claridad:

—¿Por qué tendría que pedirle perdón a esa ingrata? Todo lo que se está diciendo es verdad. Simona es la amante. Yo la saqué de su pueblo y le pagué los estudios. Ella me lo agradeció acostándose con mi esposo y teniendo una hija con él fuera del matrimonio.

El público estalló en murmullos. A Simona se le llenaron los ojos de lágrimas al instante.

—Lorena, he soportado que no dejes en paz a mi esposo e incluso que lo drogaras para acostarte con él y quedar embarazada. ¿Qué más quieres de mí?

Sacó un documento que presentó como su acta de matrimonio. En él aparecían claramente su nombre y el de Antonio.

—Yo soy su esposa legal.

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