LOGINPOV MireyaNadie habló durante un largo rato. Ya no quedaba nada que gritar.Lucía se dejó caer sobre una silla de la cocina con el extintor entre las rodillas. Yo me quedé de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados contra el pecho, intentando que no se notara que me temblaban. Renato respiraba hondo, de espaldas, con las dos manos apoyadas en la mesada. Parecía un hombre sosteniendo una pared que se le venía encima.Fue él quien rompió la quietud, sin darse vuelta.—Hay que quitarle esa firma de encima a Lucía. Hoy.Sacó el teléfono, salió al patio y habló en voz baja con alguien durante diez minutos aproximadamente. Por la ventana lo vi caminar de un lado a otro entre las macetas, con una mano en la nuca, asintiendo a lo que le decían.Cuando volvió, ya no era el hombre que gritaba ni el que temblaba. Era el otro, el de las fotos, el que decide.—Mi abogado dice que no puede ser alguien de mi lado. Si Lucía se retracta delante de gente de la corporación, dirán que la compramo
POV MireyaVolví al refugio a media tarde, con las piernas flojas y la boca amarga, y llamé a la puerta de la oficina como habíamos acordado: tres golpes seguidos, una pausa larga, uno más.El pestillo cedió despacio. Lucía asomó media cara por la rendija, con el pelo recogido en un moño torcido y la mano vendada pegada al pecho.—Tres horas y cuarenta minutos —anunció—. Ya me estaba calzando el guante de boxeo.—Perdón por la tardanza.—Perdón nada. ¿Lo viste?Negué con la cabeza. No me salió la voz. Me senté en la colchoneta con la carta de Leo todavía hecha un bollo en el puño y se lo conté todo de corrido, sin respirar: la ventanilla, la denuncia, el guardia, el banco de piedra, la hoja con el membrete de la Fundación. El bolígrafo pesado. El no.Lucía me escuchó sin interrumpir, con los ojos cada vez más grandes. Cuando llegué a la parte en que Clara preguntaba por ella, se puso del color de la pared.—¿Dijo mi nombre?—Dijo “tu amiga la administradora”. Dijo que sigues desaparec
POV RenatoLe dije que no.Es lo único que recordaba con nitidez de aquellos últimos minutos en la sala del Centro, después de la pregunta de Leo. Me incliné sobre la mesita, con la hoja del dibujo entre los dedos, y le dije que no, que nadie se había ido por su culpa. Que son cosas de los adultos, y que a veces se equivocan. Que Mireya lo quería, y yo también.La asistente dejó de escribir. Leo me miró por primera vez, solo un segundo, con unos ojos demasiado grandes para ese rostro tan chico, y luego volvió a clavarlos en la mesa. No dijo nada más. Cuando sonó la alarma de los treinta minutos, se bajó de la silla, caminó hasta la puerta sin mirar atrás, iba con los cordones de los zapatos todavía mal cerrados.Yo me quedé arrodillado en el suelo, con el dibujo en una mano y el estegosaurio en la otra. Llevaba un día entero sin soltarlos.La hoja estaba ahora sobre mi escritorio, enmarcada con el único portarretratos vacío que encontré en la oficina. Una casa de techo naranja, dos
POV MireyaMe desperté con el cuello molido y la certeza de haber dormido a pedazos, como se duerme en una sala de espera: un ojo cerrado y el otro pendiente de la puerta.Afuera clareaba. Una luz grisácea se colaba por las ventanas selladas y dibujaba rayas pálidas sobre el piso de la oficina. A mi lado, Lucía respiraba hondo, con un ronquido suave, apoyada contra el archivero, la chaqueta ajena hecha un bollo bajo la cabeza y la mano vendada sobre el pecho como si fuera un trofeo.Le toqué la frente, la tenía tibia y sin fiebre. Solté el aire que llevaba horas guardando.—Si me vas a tomar la temperatura —murmuró sin abrir los ojos—, hazlo con ternura. Ayer me trataste como a una alfombra.—Ayer te salvé la mano.—Ayer me la dejaste como un guante de boxeo. —Abrió un ojo hinchado y satisfecho—. ¿Hay café?—Hay agua.—Entonces dame el agua y prométeme que me traes café. Si me voy a esconder en un edificio clausurado, que me paguen con cafeína.Sonreí, y me sorprendió que la sonrisa m
POV RenatoLlegué cuarenta minutos antes de la hora. Yo, que había pasado media vida calculando los minutos justos para no perder ni uno en una sala de espera, estaba ahora sentado en una silla de plástico naranja, con las rodillas pegadas y una bolsa de papel sobre los muslos, mirando fijo la manecilla de un reloj de pared que parecía avanzar hacia atrás.El Centro de Acogida Familiar ocupaba un edificio bajo de ladrillo, con macetas resecas en la entrada y un cartel de bienvenida pintado con témperas. Todo ahí adentro se esforzaba por ser amable. Eso era lo que más me crispaba los nervios.La asistente social me había recibido en la puerta con una carpeta apretada contra el pecho. Inspeccionó mi bolsa con la minucia de un aduanero: un dinosaurio de goma verde con la etiqueta todavía colgando, una caja de lápices de colores, una manzana. Me devolvió la manzana.—Nada de comida, señor Varela. Reglas del centro.—Es una fruta.—Reglas del centro —repitió, sin una pizca de maldad, y ano
POV MireyaMi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Retrocedí a ciegas, rocé con el talón un cilindro frío y lo alcé con las dos manos: era el extintor rojo que la policía fiscal había dejado junto al archivero, absurdamente pesado, e inútil. Aun así lo sostuve en alto, como si pudiera detener algo con él.—No te acerques —dije. La voz me salió ronca, diminuta, de otra persona—. Ya llamé a la policía.Mentira. Lo único que había hecho esa noche era temblar.La figura dio un paso hacia la luz de la luna. La carpeta volvió a chorrear sobre la lona, plic, plic, un compás aterrador.—Mireya —susurró, y la voz se le quebró en una tos—. Soy yo. Baja eso, por favor, que me vas a matar tú antes que ellos.Conocía esa manera de pedir las cosas, mitad ruego, mitad regaño. El teléfono se encendió entre mis dedos casi sin que lo tocara y el haz de luz trepó despacio: unas botas embarradas, una chaqueta de hombre que le llegaba a las rodillas y le ensanchaba los hombros hasta volverla un gigante d







