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Capítulo 3

Author: Mayte
last update publish date: 2026-01-16 05:11:41

Cuando llego a casa de Miriam, toco el timbre una sola vez.

Ella abre en pijama, el cabello recogido de cualquier forma, cara de domingo adelantado.

—Mira nada más quién apareció —dice—. Pasa.

—Hola —murmuro.

—Tienes cara de muerte.

—Me siento parecida.

Me deja entrar. La casa huele a café y a algo frito.

—Estoy haciendo chilaquiles —dice—. Siéntate.

—Te amo.

—Lo sé.

Me dejo caer en una silla. El cuerpo agradece el descanso. Miriam se mueve por la cocina, pero me observa de reojo. Lo sé sin mirarla.

—¿Qué pasó contigo ayer? —pregunta.

—Me perdí.

—Eso ya lo sé.

Me sirve un plato y lo pone frente a mí.

—No volviste —añade—. Y traes cara de… pasaron cosas.

Mastico un poco antes de responder.

—Pasaron cosas.

—¿Con quién?

—Con Daniel.

Se queda quieta un segundo.

—¿El de la casa?

—Ajá.

—Valeria…

Sonríe, pero hay nervios ahí.

—¿Y?

Me encojo de hombros.

—Pues… pasó.

—¿Te gustó?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No fue importante.

Lo digo con firmeza. Con la voz que uso cuando no quiero preguntas.

Miriam frunce el ceño.

—¿Nada? ¿Ni tantito?

—No —respondo—. Solo fue sexo.

Mientras lo digo, mi mente hace algo distinto.

Recuerda.

El calor.

La respiración contra mi cuello.

El peso.

Ese ritmo que me desarmó por dentro.

Aprieto un poco el tenedor.

—Eres rara —dice ella—. Yo estaría analizando cada detalle.

—Ese es tu problema —respondo—. Yo no.

Miriam me observa con atención, como si supiera que miento… pero no insiste.

—Mientras estés bien.

—Estoy bien.

Y lo digo en serio.

—¿Te arrepientes? —pregunta de pronto.

Lo pienso.

—No.

Asiente, como si esa fuera la única respuesta posible.

—Entonces come.

Sonríe apenas.

—Eres un caos.

—Siempre.

Termino el plato. El mundo se siente un poco más estable.

—¿Y ahora qué? —pregunta.

—Nada.

Me recargo en la silla. Cierro los ojos un segundo.

Por fuera, no pasó nada.

Por dentro… algo quedó.

No sé qué.

No quiero saberlo todavía.

La casa de Miriam siempre me recibe igual: con olor a café recién hecho y silencio cómodo. No es una casa prestada, es un territorio compartido. Me baño sin pedir permiso, como lo he hecho desde siempre. El agua cae tibia sobre mi espalda y cierro los ojos más de la cuenta. No pienso en Daniel. O eso intento.

El cansancio no está en la cabeza, está en el cuerpo. En las piernas pesadas, en los hombros tensos. La sensación exacta de haber vivido demasiado y dormido poco. Me apoyo un segundo en la pared del baño antes de salir. Respiro. Todo está bien.

—¡Valeria! —grita Miriam desde la cocina—. Si no sales en cinco minutos me voy sin ti.

—¡Ya voy!

Me visto rápido. Ropa neutra, acomodada. Nada que llame la atención, nada que prometa nada. El cabello aún húmedo, maquillaje mínimo. Me miro al espejo solo para confirmar que sigo siendo yo. Normal. Demasiado normal para lo que pasó.

Salgo con la mochila colgada al hombro.

—¿Ya? —pregunta Miriam sin voltear.

—Ya.

Me mira de reojo, como evaluándome. No pregunta nada. Nunca lo hace. Y se lo agradezco.

—Nos van a mandar a la fregada —dice, sirviéndose más café—. Dos recién egresadas sin experiencia creyendo que el mundo nos está esperando.

—Igual hay que ir —respondo.

Asiente. Tomamos las bolsas con currículums y salimos.

La ciudad nos recibe con ese movimiento que no espera a nadie. Empezamos por una agencia pequeña. Luego otra. Y otra más. Recepcionistas amables, sonrisas correctas, el mismo discurso repetido con distintas voces.

—Por ahora no estamos contratando.

—Buscamos perfiles con experiencia.

—Déjanos tu currículum.

El tercer edificio, ya no tengo ganas de sonreír, “lo sentimos” del día llega con una sonrisa educada y una mirada que ya no intenta disimular el cansancio.

—Les falta experiencia —dice la mujer detrás del escritorio—. Pero pueden dejar su currículum.

Miriam asiente. Yo también. Ya sabemos el guion.

Salimos del edificio sin decir nada. Caminamos dos cuadras en silencio. El sol empieza a bajar y la ciudad se vuelve más ruidosa, más ajena.

—Creo que hoy no es el día —dice Miriam al fin.

—Creo que nunca es el día cuando no tienes a nadie que te recomiende —respondo.

Nos detenemos frente a una cafetería. Vidrios grandes. Música suave. Gente sentada sin prisa.

—¿Un café? —propone—. O algo frío. Ya me duele la cabeza.

Acepto sin pensarlo. Necesito sentarme. Dejar de sentirme rechazada por lugares que ni siquiera conozco.

Entramos.

El lugar está medio lleno. Pedimos bebidas y buscamos una mesa libre. Mientras Miriam paga, levanto la vista… y lo veo.

Daniel.

Está sentado a unos metros, la espalda recta, traje oscuro, impecable incluso en un lugar informal. Frente a él, un hombre distinto. Más relajado. Sonríe. Se mueve demasiado para alguien sentado.

No debería sorprenderme.

Pero lo hace.

Daniel levanta la mirada. Me ve. Se queda quieto un segundo. Luego asiente apenas, en un saludo sobrio.

—Hola —dice cuando pasamos cerca.

—Hola —respondo.

Nada más.

Miriam me mira, confundida.

—¿Ellos…?

Antes de que termine la frase, el hombre con Daniel se levanta.

—¡Ey! —dice con una sonrisa abierta—. ¿Ustedes no estaban en la fiesta, no?

Me congelo.

—Sí —responde Miriam—. Ahí estuvimos.

—Yo también —digo, aunque mi voz sale más lenta.

Él me observa con curiosidad.

—¿No te acuerdas de mí, verdad?

Lo miro mejor. No. No aparece en mi recuerdo. En mi memoria, esa noche solo existe Daniel.

—La verdad… no —admito.

Se ríe.

—Normal. Yo soy Iván —dice, extendiendo la mano—. Por si no me recuerdan.

Se la estrecho. Miriam también.

Daniel no interviene. Permanece sentado, observando, con esa quietud que incomoda más que el silencio.

Iván habla con naturalidad, como si nos conociéramos de años. Hace bromas. Pregunta qué hacemos por ahí. Miriam responde. Yo contesto lo justo.

Y entonces lo noto.

Daniel me mira.

No como antes. No como en la fiesta. Es una mirada fría, calculada. Baja la vista un segundo… y la sube hacia el papel que sobresale de mi bolsa.

Mi currículum.

No lo toca. No dice nada. Solo observa.

Como si ya hubiera entendido algo.

Iván sigue hablando, relajado, casi demasiado.

—Bueno —dice al final—. Un gusto verlas otra vez.

Abraza a Miriam. Me dedica una sonrisa.

Daniel se levanta.

—Que estén bien —dice, seco.

Y se va.

Sin sonrisa. Sin promesas. Sin nada.

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