FAZER LOGIN
Quince días después de encontrar a Akim Karsavin cubierto de sangre en sus tierras, Diana estaba sentada a su lado firmando un acta de matrimonio.
La idea seguía pareciéndole absurda incluso con la pluma entre los dedos.
El funcionario esperaba frente a ellos con la expresión neutra de quien había visto demasiadas parejas pasar por el mismo escritorio como para interesarse demasiado por una más. No había flores, familiares ni fotografías. Solo papeles, dos testigos elegidos por Akim y un acuerdo que ambos habían revisado hasta dejar muy poco librado al azar.
Akim firmó primero.
Lo hizo sin vacilar, inclinado apenas sobre el escritorio. Todavía no estaba completamente recuperado y Diana podía reconocerlo en detalles que probablemente los demás no percibían: la rigidez al cambiar de posición, la forma en que protegía el costado antes de incorporarse y aquella pausa breve que hacía cuando un movimiento le exigía demasiado.
Vestido con pantalón oscuro, camisa blanca y saco negro, resultaba difícil relacionarlo con el hombre ensangrentado que ella había arrastrado hasta una camioneta apenas dos semanas atrás.
El cabello rubio estaba perfectamente acomodado y la ropa escondía casi todos sus tatuajes. Una pequeña parte asomaba junto a la muñeca cuando le extendió la pluma.
—Su turno.
Diana la tomó y bajó la vista hacia el documento.
—Lo sé. Solo quiero asegurarme de no descubrir mañana que también le entregué una vaca, dos caballos y la mitad de la casa.
Una sombra de diversión cruzó por los ojos claros de Akim.
—Rancho es suyo. Todo.
No era una promesa improvisada. Estaba escrito.
La deuda que amenazaba con quitarle la propiedad ya había sido pagada por completo dos días antes. Diana había visto el comprobante, había hablado con el banco y había pedido confirmación más de una vez antes de permitirse creerlo. Ya nadie podía ejecutar sus tierras ni obligarla a considerar una oferta de compra.
A cambio, ella estaba allí.
Miró el espacio destinado a su firma.
“Diana Aresti”
Conservaría su apellido. Esa había sido una de sus condiciones, igual que mantener las cuentas separadas y dejar establecido que Akim no tendría ningún derecho sobre el rancho por haberse casado con ella.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el funcionario, inclinándose ligeramente al notar que todavía no firmaba.
Diana levantó la vista.
—Perfectamente. Solo estoy leyendo una última vez.
El hombre sonrió con discreción.
—Puede tomarse el tiempo que necesite.
Akim no intervino. Diana se lo agradeció. No le recordó lo que había pagado ni señaló que ya había cumplido su parte antes de que ella cumpliera la suya. Simplemente esperó.
Eso había hecho durante toda la negociación.
Había ofrecido un trato, había respondido las preguntas que consideraba necesarias y había aceptado cada condición que protegiera la propiedad de Diana. Nunca intentó fingir que aquello era otra cosa.
Ella volvió a mirar su firma.
“Akim Karsavin”
Solo habían hecho falta quince días para pasar de creer que tenía un cadáver dentro de su propiedad a sentarse junto a ese hombre mientras el Estado los convertía en marido y mujer.
Soltó el aire despacio y firmó.
El funcionario revisó ambas firmas y continuó con el procedimiento. Los testigos ocuparon su lugar cuando correspondía, firmaron y volvieron a apartarse. Ninguno sonrió ni hizo comentarios. Todo era tan frío y administrativo como Diana había querido que fuera.
Podía manejar un contrato.
Lo que no necesitaba era gente fingiendo que aquello era una boda.
—Con las formalidades cumplidas y las declaraciones realizadas por ambas partes, el matrimonio queda legalmente registrado desde este momento —anunció finalmente el funcionario.
La frase fue sencilla, pero Diana sintió una presión extraña en el pecho.
El hombre continuó explicando detalles sobre la documentación. Ella escuchó lo suficiente para asentir cuando correspondía y recibió su copia cuando se la entregaron.
—Felicitaciones.
—Gracias.
Akim inclinó la cabeza.
—Gracias.
No hubo beso, abrazo, ni manos entrelazadas.
El funcionario pareció registrar la ausencia de cualquier gesto afectuoso, aunque tuvo la educación de no comentarlo. Guardó los documentos restantes y dio por terminado el trámite.
Diana se puso de pie.
Akim tardó apenas un segundo más. Apoyó una mano sobre la mesa y la tensión que le cruzó el rostro fue tan breve que cualquiera podía haberla pasado por alto.
Ella no.
—Todavía le duele.
Akim acomodó el saco antes de mirarla.
—Menos.
—Eso no significa que esté recuperado.
—Médico dice lo mismo.
Diana recogió la carpeta.
—Tal vez porque el médico y yo tenemos ojos.
La boca de Akim se curvó apenas.
—Ahora esposa también opina.
—No se acostumbre.
Él la observó durante un instante y abrió la puerta para dejarla pasar.
—No habrá tiempo.
Diana se detuvo en el pasillo y volvió la cabeza.
—¿Para qué?
Akim salió detrás de ella.
—Para acostumbrar.
La respuesta le recordó algo que, por un momento, el acta de matrimonio había conseguido volver extraño: aquella ceremonia no iniciaba una convivencia,la terminaba.
Salieron del edificio y caminaron hacia el estacionamiento. Los dos testigos se dirigieron hacia un vehículo negro. Diana había llegado en su camioneta y Akim partiría con sus hombres.
No regresarían juntos al rancho.
Eso también estaba decidido.
Diana dejó la carpeta sobre el asiento de su vehículo y cerró la puerta sin subir todavía.
—Hace quince días pensé que estaba muerto.
Akim se quedó frente a ella.
—Yo también.
Diana arqueó las cejas, sorprendida.
—No esperaba que lo admitiera con tanta tranquilidad.
—No recuerdo mucho.
Ella sí. La sangre sobre la tierra, el peso casi imposible de mover, el arma escondida, el dinero dentro de su chaqueta y aquella voz rota negándose a ir a un hospital.
—Supongo que ninguno imaginó terminar aquí.
Akim miró brevemente hacia el edificio del registro civil.
—No.
La respuesta fue tan simple que Diana sonrió.
—Por una vez estamos completamente de acuerdo.
El silencio que siguió no resultó incómodo. No tenían nada que despedir porque nunca habían construido realmente algo juntos.
Akim señaló la carpeta dentro de la camioneta.
—Banco ya confirmó.
—Tres veces. Creo que la mujer terminó odiándome, pero necesitaba escuchar que la deuda estaba cancelada.
—Está pagada completa.
Diana asintió. Todavía le costaba pronunciar aquella realidad sin sentir que algo podía cambiar de repente.
—Lo sé, cumplió exactamente lo que prometió.
Akim sostuvo su mirada.
—Usted también.
Era verdad. Ya estaban casados.
El resto del acuerdo era bastante sencillo: mientras Akim necesitara el matrimonio para consolidar su permanencia legal en el país, seguirían casados. Cuando pudiera permanecer sin depender de ella, sus abogados iniciarían el divorcio.
Diana no tendría que perseguirlo ni buscarlo.
—Entonces supongo que aquí nos separamos.
—Sí.
—¿Tiene idea de cuánto tiempo tardará lo suyo?
Akim negó ligeramente.
—No exacto. Cuando pueda quedarme solo, abogados contactan con usted. Envían petición de divorcio al rancho.
—Perfecto.
Diana apoyó una mano sobre la puerta de la camioneta.
Akim la observó unos segundos antes de hablar.
—No volveremos a vernos.
Ella no supo si lo decía para tranquilizarla o simplemente porque esa era la lógica del trato.
—Eso espero.
No hubo crueldad en la respuesta. Apenas sinceridad.
Akim pareció comprenderlo así.
—Mejor para los dos.
Diana sonrió ligeramente.
—Sobre todo para mí. La última vez que apareció en mi vida tuve que levantarlo del suelo y llamar primero a un veterinario.
Una risa baja salió de Akim antes de que pudiera contenerla.
—No planeo repetir.
—Le agradecería que cumpliera también esa promesa.
Uno de los hombres de Akim se acercó, pero se detuvo a cierta distancia al notar que todavía hablaban.
Diana abrió la puerta.
—Supongo que debería decirle que tenga una buena vida.
Akim la miró con aquella expresión difícil de leer que había aprendido a reconocer durante los días de recuperación en el rancho.
—Usted también, Diana.
Ella subió a la camioneta.
Antes de cerrar, Akim apoyó una mano sobre el borde de la puerta.
—Una cosa.
Diana esperó.
—Si tiene problema con rancho, llame al número de abogado.
Ella negó despacio.
—La deuda está pagada. El resto es mío.
Akim retiró la mano.
—Como quiera.
No insistió. Eso le gustó.
Diana puso el motor en marcha. Por el espejo vio a Akim caminar hacia el vehículo negro con la misma cautela que intentaba disimular desde que salieron del edificio.
No sintió tristeza. Tampoco alivio completo.
Había salvado el rancho a cambio de una firma y acababa de despedirse del hombre que, legalmente, era su esposo.
Pronto sería apenas un nombre en unos documentos.
Y cuando los abogados de Akim consideraran que había llegado el momento, también dejaría de ser eso.
Diana tomó el camino hacia el rancho sin volver a mirar atrás.
Estaba convencida de que jamás volvería a ver al ruso Akim Karsavin.
Capítulo 6 —Tras los murosPOV DianaEl primer control apareció mucho antes de que pudiera ver la casa.Dos hombres armados se acercaron al vehículo, comprobaron quiénes viajábamos dentro y hablaron por radio antes de permitirnos continuar. Un portón de hierro se abrió lentamente. Más adelante encontramos otra barrera, cámaras instaladas entre los árboles y guardias que observaban el convoy desde puntos que probablemente yo no alcanzaba a descubrir.Akim no vivía solo como un hombre rico, vivía como un hombre que esperaba otro ataque en cualquier momento.—¿Todo esto es siempre así? —pregunté.—Todos los días.—Debe de ser agotador llegar a casa.Él miró por la ventanilla mientras atravesábamos el último control.—Es más agotador que entren sin permiso.No tuve una respuesta para eso. Había despertado en una clínica hacía pocos días porque alguien había conseguido acercarse lo suficiente para dejarlo al borde de la muerte. Su seguridad ya no parecía una exhibición exagerada, aunque si
Capítulo 5 — Lo imprescindiblePOV DianaVolví a casa bajo vigilancia.Las tres camionetas avanzaron por el camino principal levantando polvo. Mikhail viajaba delante y Akim permanecía a mi lado, observando las tierras.—No hacía falta traer un ejército.—No es un ejército —respondió sin apartar la mirada de la ventanilla.—Claro. Solo hombres armados vestidos de negro en medio de un rancho.Las camionetas se detuvieron frente a la casa. Akim bajó con cuidado; la rigidez de sus movimientos recordaba que acababa de recibir el alta.Samuel Reed apareció desde uno de los establos. Su paso se hizo más lento al contar los vehículos y los hombres.—Diana, por Dios. Dijiste que estabas bien, pero te fuiste con unos desconocidos y no volví a saber nada.—Estoy bien. Fue una emergencia y no tuve tiempo de explicar demasiado.Samuel miró a Akim. Conocía la existencia de mi matrimonio, lo había visto durante aquellos quince días, hace tres años, pero nunca se lo había presentado fromalmente.—É
Capítulo 4 —La parte que faltabaPOV DianaDurante los dos días siguientes, Akim se recuperó con una rapidez que parecía irritar al doctor Reeves tanto como tranquilizarlo.La mañana del alta lo encontré vestido y de pie junto a la ventana mientras Mikhail guardaba los medicamentos y las indicaciones médicas. La palidez todavía le marcaba el rostro y sus movimientos eran demasiado cuidadosos para fingir que estaba bien, pero al menos ya no parecía un hombre que pudiera morir en cualquier momento.Reeves terminó de revisar unos papeles y le entregó la carpeta a Mikhail.—Nada de esfuerzos ni viajes innecesarios. Si siente dolor intenso, fiebre o mareos, vuelve inmediatamente.Akim asintió con la paciencia de quien no tenía intención de cumplir más de la mitad.El médico dirigió los ojos hacia mí.—¿Usted entendió las indicaciones?—Las entendí perfectamente.—Entonces me quedo más tranquilo.Akim siguió a Reeves con la mirada hasta que salió.—Todos confían demasiado en mi esposa.—Has
Capítulo 3 —Lo que quedó firmadoPOV Diana—¿Qué demonios significa eso?Mikhail cerró la puerta de la habitación de Akim y me indicó que lo acompañara unos pasos por el pasillo. Lo seguí porque no quería discutir delante de una cama llena de tubos y máquinas, pero la paciencia empezaba a quedarme bastante lejos.—El señor Karsavin dejó instrucciones específicas —explicó—. Si alguna vez quedaba incapacitado para decidir por sí mismo, debíamos localizarla.—¿Cuándo decidió semejante cosa?Mikhail sostuvo mi mirada antes de responder.—El mismo día que se casaron.Sentí que algo se acomodaba mal dentro de mí. Yo había salido del registro civil convencida de que Akim y yo acabábamos de cumplir un acuerdo sencillo: él salvaba el rancho, yo facilitaba su permanencia en el país y después cada uno continuaba con su vida.Al parecer, mientras yo regresaba a mis tierras, él me estaba entregando responsabilidades que nunca se molestó en mencionar.Un hombre de bata blanca apareció desde el fond
Capítulo 2 —El apellido olvidadoPOV Diana:El ruido de los motores me hizo levantar la cabeza justo cuando estaba ajustando la cincha de una de las yeguas. No era un vehículo, eran varios.Me asomé por la puerta de la caballeriza y vi tres camionetas negras avanzando por el camino principal, levantando una nube de polvo que se extendía detrás de ellas. No reconocí ninguna y tampoco esperaba visitas a esa hora.—¿Y esto qué mier*da es?La yegua resopló a mi espalda como si compartiera la pregunta.Los vehículos se detuvieron frente a la casa, perfectamente alineados, demasiado impecables para pertenecer a alguien que tuviera algo que hacer en un rancho. Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo y comenzaron a bajar hombres vestidos de oscuro.Trajes, zapatos que no durarían una semana entre barro y estiércol, lentes negros.Llevaban un pequeño auricular en la oreja y otro habló por un micrófono sujeto a la solapa mientras observaba alrededor.No necesité demasiado tiempo para enten
Capítulo 1 —Quince días despuésQuince días después de encontrar a Akim Karsavin cubierto de sangre en sus tierras, Diana estaba sentada a su lado firmando un acta de matrimonio.La idea seguía pareciéndole absurda incluso con la pluma entre los dedos.El funcionario esperaba frente a ellos con la expresión neutra de quien había visto demasiadas parejas pasar por el mismo escritorio como para interesarse demasiado por una más. No había flores, familiares ni fotografías. Solo papeles, dos testigos elegidos por Akim y un acuerdo que ambos habían revisado hasta dejar muy poco librado al azar.Akim firmó primero.Lo hizo sin vacilar, inclinado apenas sobre el escritorio. Todavía no estaba completamente recuperado y Diana podía reconocerlo en detalles que probablemente los demás no percibían: la rigidez al cambiar de posición, la forma en que protegía el costado antes de incorporarse y aquella pausa breve que hacía cuando un movimiento le exigía demasiado.Vestido con pantalón oscuro, cami







