FAZER LOGINPOV Diana:
El ruido de los motores me hizo levantar la cabeza justo cuando estaba ajustando la cincha de una de las yeguas. No era un vehículo, eran varios.
Me asomé por la puerta de la caballeriza y vi tres camionetas negras avanzando por el camino principal, levantando una nube de polvo que se extendía detrás de ellas. No reconocí ninguna y tampoco esperaba visitas a esa hora.
—¿Y esto qué mier*da es?
La yegua resopló a mi espalda como si compartiera la pregunta.
Los vehículos se detuvieron frente a la casa, perfectamente alineados, demasiado impecables para pertenecer a alguien que tuviera algo que hacer en un rancho. Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo y comenzaron a bajar hombres vestidos de oscuro.
Trajes, zapatos que no durarían una semana entre barro y estiércol, lentes negros.
Llevaban un pequeño auricular en la oreja y otro habló por un micrófono sujeto a la solapa mientras observaba alrededor.
No necesité demasiado tiempo para entender que aquello no era una visita casual.
Me limpié las manos en los jeans y salí de la caballeriza.
Uno de los hombres me vio y dijo algo en ruso.
Me detuve.
Hacía tres años que no escuchaba ese idioma tan cerca y, sin embargo, mi cuerpo lo reconoció antes que mi cabeza.
El hombre del auricular se acercó. Era alto, quizá de unos cuarenta años, cabello oscuro, expresión seria y una forma de caminar que dejaba claro que no estaba allí para preguntar por un caballo.
Se quitó los lentes cuando estuvo a pocos pasos.
—¿Señora Karsavin?
Lo miré durante un segundo. Nadie me llamaba así, nadie.
—La última vez que alguien utilizó ese apellido conmigo fue hace tres años, en un registro civil —respondí, todavía intentando entender qué podían querer de mí—. Pero sí, legalmente soy Diana Karsavin. Aunque sigo usando Aresti.
El hombre asintió como si acabara de confirmar el único dato que necesitaba.
—Mikhail Orlov.
No extendió la mano. Yo tampoco.
—¿Qué pasó?
La pregunta salió antes de que pudiera evitarla. Si aquellos hombres venían de parte de Akim, no había demasiadas explicaciones tranquilizadoras para semejante despliegue.
Mikhail echó una mirada rápida hacia sus hombres antes de volver a concentrarse en mí.
—El señor Karsavin está gravemente herido.
Sentí que algo me golpeaba por dentro, rápido y seco. Durante unos segundos me limité a mirarlo.
—¿Qué significa gravemente?
—Significa que se debate entre la vida y la muerte.
El aire que había tomado se quedó atrapado en mi pecho.
Tres años, hacía tres años que no veía a Akim. Tres años desde que salimos de aquel registro civil casados por un acuerdo que tenía más de negocio que de matrimonio.
No sabía dónde vivía, no sabía con quién. No sabía qué hacía cada mañana cuando se levantaba.
Y ahora un ruso vestido como si acabara de salir de una película de espías aparecía en mi rancho para decirme que podía morirse.
—¿Dónde está?
—Tenemos que irnos.
Miré hacia la casa y después hacia los caballos.
—No puedo irme así. Tengo trabajo, gente aquí y...
—Señora Karsavin —me interrumpió sin elevar la voz—, necesitamos que venga ahora.
Volví la mirada hacia él.
—Legalmente soy su esposa. Eso no significa que forme parte de su vida. No lo veo desde el día en que nos casamos.
Mikhail no pareció sorprendido. Eso me molestó más de lo que debería.
—Lo sabemos.
—Entonces también sabe que si Akim necesita a alguien de confianza, yo probablemente sea la última persona de la lista.
El ruso apretó ligeramente la mandíbula.
—Legalmente usted es la primera.
Miré a los hombres distribuidos alrededor de las camionetas.
Ninguno parecía interesado en nuestra conversación, pero todos estaban demasiado atentos.
—¿Qué necesitan de mí exactamente?
—Que esté allí.
—Eso no responde demasiado.
Mikhail guardó silencio unos segundos, como si estuviera decidiendo cuánto podía decir.
—Hay decisiones que podrían necesitar autorización. Y hay instrucciones del señor Karsavin.
Aquello sí me hizo fruncir el ceño.
—¿Instrucciones sobre mí?
—Sobre lo que debemos hacer si algo así ocurre.
La sorpresa me hizo olvidar por un instante la urgencia.
—Akim dejó instrucciones para que me buscaran.
—Sí.
Miré hacia el suelo, no tenía ningún sentido.
Durante tres años no había recibido una llamada suya, un mensaje, una visita, ni una pu*ta tarjeta por Navidad o mi cumpleaños. Nada que pudiera confundirse con interés personal.
El acuerdo había funcionado exactamente como debía funcionar, o eso había creído.
—Necesito cambiarme por lo menos —dije, mirando mi camisa manchada de polvo y las botas sucias.
Mikhail negó.
—No tenemos tiempo.
—No pienso presentarme en una clínica oliendo a caballo.
Por primera vez, algo parecido a una reacción humana cruzó su rostro.
—Creo que al señor Karsavin no le importará.
La frase me atravesó de una manera extraña. Akim podía no estar consciente para notarlo.
Miré hacia la caballeriza y respiré hondo.
—Déjeme avisar que me voy.
—Puede hacerlo desde el vehículo.
Lo miré directamente.
—No acostumbro salir de mi rancho porque un desconocido me lo ordene.
Mikhail no se movió.
—Y yo no acostumbro venir personalmente a buscar a alguien.
No sonó como amenaza, sonó peor, como una realidad
Di un paso hacia la casa. Él me sujetó del brazo. No con violencia, pero sí con suficiente firmeza para detenerme.
Bajé los ojos hacia su mano.
—Suélteme.
Mikhail aflojó los dedos, aunque no se apartó.
—Señora Karsavin, podemos perder tiempo discutiendo o puede subir al vehículo por su propia voluntad. Pero va a venir conmigo.
Levanté la mirada.
—¿Siempre piden las cosas así en Rusia?
Una esquina de su boca se movió apenas.
—No siempre pedimos.
Lo estudié durante varios segundos.
Podía armar un escándalo, podía llamar a alguien, podía exigir explicaciones hasta quedarme sin voz. Pero nada de eso cambiaba el dato que importaba.
Akim estaba entre la vida y la muerte.
—Bien.
Mikhail hizo una señal y uno de los hombres abrió la puerta trasera de la primera camioneta.
Antes de subir miré hacia la caballeriza.
—Necesito hacer una llamada.
—Hágala.
Esta vez no discutió.
Saqué el teléfono mientras me acomodaba en el asiento. Mikhail entró por el otro lado y la camioneta arrancó antes de que terminara de avisar que debía ausentarme.
Cuando colgué, guardé el teléfono y miré por la ventanilla.
El rancho empezó a quedar atrás.
—¿Qué le pasó?
Mikhail tardó unos segundos.
—Lo atacaron.
—Eso ya lo imaginé. Akim nunca tuvo demasiado talento para lastimarse de formas normales.
El ruso giró hacia mí.
—¿Lo ha visto herido antes?
Lo miré, la pregunta era tan absurda que casi me hizo reír.
—Así lo conocí.
Mikhail no dijo nada. Yo tampoco durante un rato.
La carretera se extendía frente a nosotros y los otros vehículos nos seguían a poca distancia.
Me casé con Akim Karsavin porque él necesitaba una esposa y yo necesitaba salvar el rancho.
Eso era todo, nada de amor, nada de promesas, nada de una vida juntos.
Un contrato frío entre dos personas que necesitaban algo y podían dárselo mutuamente.
Después de firmar, él desapareció de mi rutina tan rápido como había entrado. Hasta ese día.
—¿Está consciente? —pregunté.
Mikhail miró al frente.
—Por momentos.
—¿Preguntó por mí?
El silencio duró demasiado. Giré hacia él.
—Mikhail.
—No exactamente.
—Eso suena a una manera elegante de evitar responder.
El ruso soltó aire lentamente.
—El señor Karsavin dejó instrucciones mucho antes de esto.
—Eso ya me lo dijo.
—No entiende.
Esperé... Mikhail volvió el rostro hacia mí.
—Si algo grave ocurría, debíamos localizarla primero.
Me quedé inmóvil.
—¿Primero?
—Antes que a cualquier otra persona.
La respuesta me dejó sin palabras. Miré nuevamente por la ventanilla.
Durante tres años había creído que aquel matrimonio solo seguía existiendo porque ninguno de los dos había tenido motivos para molestarse en terminarlo.
Quizá estaba equivocada.
El trayecto continuó casi en silencio hasta que entramos en una clínica privada. Dos hombres esperaban ya en la entrada y nos hicieron pasar por un acceso lateral sin detenernos en recepción.
Mikhail caminaba delante de mí. Yo apenas registraba los pasillos.
Cuando llegamos a una puerta cerrada, uno de los hombres habló con él en ruso y Mikhail respondió brevemente.
Después se volvió.
—Prepárese.
Sentí un nudo extraño en el estómago.
—¿Tan mal está?
Mikhail abrió la puerta. No respondió, no hacía falta.
Akim estaba tendido en una cama rodeado de máquinas, cables y bolsas de suero. Tenía parte del rostro golpeado, vendas sobre el torso y una palidez que conocía demasiado bien.
Por un instante dejé de ver aquella habitación.
Volví a verlo cubierto de sangre sobre mis tierras.
Tres años habían pasado y, sin embargo, el muy desgraciado había encontrado la manera de aparecer otra vez en mi vida exactamente como la primera vez.
Al borde de la muerte.
—¿Por qué me buscaron? —pregunté sin apartar los ojos de él.
Mikhail permaneció detrás de mí.
—Porque si el señor Karsavin no despierta, usted tendrá que decidir qué ocurre después.
Giré lentamente hacia él.
—¿Qué demonios significa eso?
Mikhail sostuvo mi mirada, pero no respondió.
Capítulo 6 —Tras los murosPOV DianaEl primer control apareció mucho antes de que pudiera ver la casa.Dos hombres armados se acercaron al vehículo, comprobaron quiénes viajábamos dentro y hablaron por radio antes de permitirnos continuar. Un portón de hierro se abrió lentamente. Más adelante encontramos otra barrera, cámaras instaladas entre los árboles y guardias que observaban el convoy desde puntos que probablemente yo no alcanzaba a descubrir.Akim no vivía solo como un hombre rico, vivía como un hombre que esperaba otro ataque en cualquier momento.—¿Todo esto es siempre así? —pregunté.—Todos los días.—Debe de ser agotador llegar a casa.Él miró por la ventanilla mientras atravesábamos el último control.—Es más agotador que entren sin permiso.No tuve una respuesta para eso. Había despertado en una clínica hacía pocos días porque alguien había conseguido acercarse lo suficiente para dejarlo al borde de la muerte. Su seguridad ya no parecía una exhibición exagerada, aunque si
Capítulo 5 — Lo imprescindiblePOV DianaVolví a casa bajo vigilancia.Las tres camionetas avanzaron por el camino principal levantando polvo. Mikhail viajaba delante y Akim permanecía a mi lado, observando las tierras.—No hacía falta traer un ejército.—No es un ejército —respondió sin apartar la mirada de la ventanilla.—Claro. Solo hombres armados vestidos de negro en medio de un rancho.Las camionetas se detuvieron frente a la casa. Akim bajó con cuidado; la rigidez de sus movimientos recordaba que acababa de recibir el alta.Samuel Reed apareció desde uno de los establos. Su paso se hizo más lento al contar los vehículos y los hombres.—Diana, por Dios. Dijiste que estabas bien, pero te fuiste con unos desconocidos y no volví a saber nada.—Estoy bien. Fue una emergencia y no tuve tiempo de explicar demasiado.Samuel miró a Akim. Conocía la existencia de mi matrimonio, lo había visto durante aquellos quince días, hace tres años, pero nunca se lo había presentado fromalmente.—É
Capítulo 4 —La parte que faltabaPOV DianaDurante los dos días siguientes, Akim se recuperó con una rapidez que parecía irritar al doctor Reeves tanto como tranquilizarlo.La mañana del alta lo encontré vestido y de pie junto a la ventana mientras Mikhail guardaba los medicamentos y las indicaciones médicas. La palidez todavía le marcaba el rostro y sus movimientos eran demasiado cuidadosos para fingir que estaba bien, pero al menos ya no parecía un hombre que pudiera morir en cualquier momento.Reeves terminó de revisar unos papeles y le entregó la carpeta a Mikhail.—Nada de esfuerzos ni viajes innecesarios. Si siente dolor intenso, fiebre o mareos, vuelve inmediatamente.Akim asintió con la paciencia de quien no tenía intención de cumplir más de la mitad.El médico dirigió los ojos hacia mí.—¿Usted entendió las indicaciones?—Las entendí perfectamente.—Entonces me quedo más tranquilo.Akim siguió a Reeves con la mirada hasta que salió.—Todos confían demasiado en mi esposa.—Has
Capítulo 3 —Lo que quedó firmadoPOV Diana—¿Qué demonios significa eso?Mikhail cerró la puerta de la habitación de Akim y me indicó que lo acompañara unos pasos por el pasillo. Lo seguí porque no quería discutir delante de una cama llena de tubos y máquinas, pero la paciencia empezaba a quedarme bastante lejos.—El señor Karsavin dejó instrucciones específicas —explicó—. Si alguna vez quedaba incapacitado para decidir por sí mismo, debíamos localizarla.—¿Cuándo decidió semejante cosa?Mikhail sostuvo mi mirada antes de responder.—El mismo día que se casaron.Sentí que algo se acomodaba mal dentro de mí. Yo había salido del registro civil convencida de que Akim y yo acabábamos de cumplir un acuerdo sencillo: él salvaba el rancho, yo facilitaba su permanencia en el país y después cada uno continuaba con su vida.Al parecer, mientras yo regresaba a mis tierras, él me estaba entregando responsabilidades que nunca se molestó en mencionar.Un hombre de bata blanca apareció desde el fond
Capítulo 2 —El apellido olvidadoPOV Diana:El ruido de los motores me hizo levantar la cabeza justo cuando estaba ajustando la cincha de una de las yeguas. No era un vehículo, eran varios.Me asomé por la puerta de la caballeriza y vi tres camionetas negras avanzando por el camino principal, levantando una nube de polvo que se extendía detrás de ellas. No reconocí ninguna y tampoco esperaba visitas a esa hora.—¿Y esto qué mier*da es?La yegua resopló a mi espalda como si compartiera la pregunta.Los vehículos se detuvieron frente a la casa, perfectamente alineados, demasiado impecables para pertenecer a alguien que tuviera algo que hacer en un rancho. Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo y comenzaron a bajar hombres vestidos de oscuro.Trajes, zapatos que no durarían una semana entre barro y estiércol, lentes negros.Llevaban un pequeño auricular en la oreja y otro habló por un micrófono sujeto a la solapa mientras observaba alrededor.No necesité demasiado tiempo para enten
Capítulo 1 —Quince días despuésQuince días después de encontrar a Akim Karsavin cubierto de sangre en sus tierras, Diana estaba sentada a su lado firmando un acta de matrimonio.La idea seguía pareciéndole absurda incluso con la pluma entre los dedos.El funcionario esperaba frente a ellos con la expresión neutra de quien había visto demasiadas parejas pasar por el mismo escritorio como para interesarse demasiado por una más. No había flores, familiares ni fotografías. Solo papeles, dos testigos elegidos por Akim y un acuerdo que ambos habían revisado hasta dejar muy poco librado al azar.Akim firmó primero.Lo hizo sin vacilar, inclinado apenas sobre el escritorio. Todavía no estaba completamente recuperado y Diana podía reconocerlo en detalles que probablemente los demás no percibían: la rigidez al cambiar de posición, la forma en que protegía el costado antes de incorporarse y aquella pausa breve que hacía cuando un movimiento le exigía demasiado.Vestido con pantalón oscuro, cami







