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Capítulo 5 — Lo imprescindible

Author: Francis Wil
last update publish date: 2026-08-25 11:07:24

Capítulo 5 — Lo imprescindible

POV Diana

Volví a casa bajo vigilancia.

Las tres camionetas avanzaron por el camino principal levantando polvo. Mikhail viajaba delante y Akim permanecía a mi lado, observando las tierras.

—No hacía falta traer un ejército.

—No es un ejército —respondió sin apartar la mirada de la ventanilla.

—Claro. Solo hombres armados vestidos de negro en medio de un rancho.

Las camionetas se detuvieron frente a la casa. Akim bajó con cuidado; la rigidez de sus movimientos recordaba que acababa de recibir el alta.

Samuel Reed apareció desde uno de los establos. Su paso se hizo más lento al contar los vehículos y los hombres.

—Diana, por Dios. Dijiste que estabas bien, pero te fuiste con unos desconocidos y no volví a saber nada.

—Estoy bien. Fue una emergencia y no tuve tiempo de explicar demasiado.

Samuel miró a Akim. Conocía la existencia de mi matrimonio, lo había visto durante aquellos  quince días, hace tres años, pero nunca se lo había presentado fromalmente.

—Él es Akim Karsavin.

—Señor Karsavin.

Akim inclinó la cabeza.

—Señor Reed.

—Voy a ausentarme durante un año —continué—. Seguiré revisando las cuentas, los pedidos y las ventas desde donde esté. Vendré siempre que sea necesario.

—No vendrá sola —intervino Akim.

Giré hacia él. La forma en que permaneció a mi lado dejó claro que no lo había dicho como una sugerencia.

—Eso lo discutiremos después.

—No hay nada que discutir.

Samuel alternó la mirada entre los dos y tuvo el buen juicio de no preguntar.

—El rancho estará bien —me aseguró—. Solo quería saber que no te hubiera ocurrido nada.

—Lo sé. Y necesito que me ayudes con algunos cambios.

Le expliqué las reformas que quería iniciar. Las viviendas del personal serían lo primero; después vendrían el sistema de agua, la ampliación del potrero norte, los techos de los establos y el camino de acceso. Samuel me escuchó con una sorpresa creciente.

—Llevamos años posponiendo todo eso.

—Ya no tendremos que posponerlo. Quiero que prepares una lista de contratistas y presupuestos. Yo aprobaré los trabajos y las facturas se enviarán al señor Karsavin.

Samuel miró a Akim, esperando una confirmación.

—Se pagarán —dijo él.

—Las decisiones las tomamos nosotros —aclaré.

—Eso también está acordado.

Samuel intentó descifrar qué clase de negociación habíamos mantenido. Yo no pensaba explicárselo frente a una docena de desconocidos.

Mikhail comenzó a distribuir hombres alrededor de la casa. Dos caminaron hacia la parte trasera y otro se dirigió a los establos.

—Nadie entra en mi casa —advertí.

Mikhail se detuvo. Akim dijo algo en ruso y los hombres cambiaron de dirección sin discutir.

—Revisarán el exterior —explicó—. La casa queda para usted.

—Gracias por concederme semejante privilegio.

Entré antes de que respondiera. Todo seguía oliendo a madera, café y cuero, pero las siluetas armadas tras las ventanas cambiaban la casa.

Subí a mi habitación y saqué una maleta. Guardé ropa, botas, productos personales, mi documentación, la computadora y los archivos necesarios para trabajar. Del cajón cerrado de la cómoda saqué una caja pequeña y un sobre, y los escondí entre la ropa.

Eso era todo lo imprescindible.

Cuando bajé, Akim estaba sentado a la mesa de la cocina. Había perdido color y mantenía una mano cerca del costado, pero la retiró en cuanto me vio.

—No puedo dejar la casa sola durante un año.

—No estará sola.

Mikhail entró después de llamar.

—La vivienda del personal junto al granero está vacía.

Miré a ambos.

—¿Por qué les interesa esa casa?

—Mis hombres la utilizarán —respondió Akim—. Habrá vigilancia permanente.

—No quiero extraños viviendo en mi rancho.

—Tampoco quiere regresar y descubrir que alguien entró en su casa.

—Durante años nadie necesitó custodiarla.

—Durante años nadie sabía que era mi esposa. Ahora voy a disputar el mando y usted, y todo lo que la rodea, acaban de convertirse en una forma de llegar hasta mí.

La frialdad de la explicación me dejó sin una réplica inmediata.

Akim miró a Mikhail.

—Cuatro hombres. Dos por turno. No interfieren con los empleados ni entran en la casa.

—Samuel seguirá encargado de las tareas diarias —añadí—. Su gente no dará órdenes, no tocará los caballos y no convertirá esto en una base militar.

—Solo vigilarán la propiedad.

Mikhail asintió y volvió a salir. Yo estaba cerrando la maleta cuando escuché voces cerca de la entrada. Una de ellas me resultó demasiado conocida.

—¿Dónde está Diana?

Ethan apareció en la cocina antes de que pudiera alcanzarlo. Venía con polvo en las botas y una irritación visible en el rostro. Detrás de él, uno de los hombres de Akim mantenía una mano cerca de la chaqueta.

—Le dije que la señora Karsavin estaba con su esposo —explicó el guardia.

Ethan me miró como si acabara de escuchar una mala traducción.

—¿Tu esposo?

Akim se puso de pie con lentitud, pero no intervino.

—Ethan, no es el momento.

—¿Estás casada?

La incredulidad de su voz llevaba también una acusación.

—Sí, desde hace tres años.

Ethan soltó una risa breve y miró a Akim. Recién entonces lo relacionó con las camionetas y mi ausencia.

—Todo este tiempo venía aquí y nunca pensaste en mencionarlo.

—Lo nuestro nunca fue una relación en la que tuviéramos que contarnos cada detalle de la vida.

La respuesta le tensó la boca. Dio un paso hacia mí.

—Estabas acostándote conmigo mientras tenías marido.

—Tenía un matrimonio legal con un hombre al que no veía. Tú sabías que no éramos pareja y nunca te prometí exclusividad.

—Pero él sí lo sabía, ¿verdad?

Sus ojos se desviaron hacia Akim.

—Ethan, vete. Hablaremos cuando estés más tranquilo.

Intenté pasar a su lado. Me sujetó del brazo.

No llegó a retenerme un segundo.

Akim le atrapó la muñeca, la giró detrás de su espalda y lo empujó contra el capó de la camioneta estacionada junto a la entrada. El movimiento fue tan rápido que solo alcancé a ver el rostro de Ethan contra el metal y el cuerpo de Akim inmovilizándolo.

—Vuelve a tocarla así —dijo Akim junto a su oído— y le rompo la muñeca.

No había furia descontrolada en su voz. Hablaba con la calma de quien sabía cuánta presión necesitaba para cumplir la amenaza.

—¡Akim, suéltelo!

Sus ojos se movieron hacia mí. Su respiración se había vuelto más pesada y una sombra de dolor le cruzó el rostro, pero no aflojó la mano.

—Ahora —repetí.

Lo soltó. Ethan se volvió de inmediato, frotándose la muñeca, y durante un instante creí que intentaría golpearlo. Entonces vio a los hombres distribuidos alrededor y la intención se le apagó antes de convertirse en estupidez.

Me interpuse entre ambos.

—¿Te vas con él? —preguntó Ethan.

—Durante un año.

—¿Por qué?.

—Mis razones no te corresponden. Y lo nuestro terminó.

La frase dejó algo duro en su expresión, pero no lo hizo retroceder.

—No voy a fingir que esto es normal. Llevabas tres años sin ver a ese hombre y ahora aparece con un ejército para llevarte.

—No necesito que me rescates.

—Eso lo veremos cuando estés encerrada en su casa.

Akim avanzó un paso. Levanté una mano sin mirarlo y, para mi sorpresa, se detuvo.

—Vete, Ethan.

Él sostuvo mis ojos unos segundos.

—Llámame cuando te canses de obedecer sus órdenes.

Se marchó sin despedirse. Esperé hasta ver desaparecer su camioneta por el camino antes de volverme hacia Akim.

—No tenía derecho a hacer eso.

—Él no tenía derecho a sujetarla.

—Yo podía manejarlo.

—Nunca lo dudé.

—Entonces, ¿por qué intervino?

Akim bajó la vista hacia la mano con la que había inmovilizado a Ethan. Sus dedos se cerraron lentamente.

—Usted es mi esposa y no me gustó verlo tocarla.

La respuesta me dejó quieta. En la clínica había dicho que lo que ocurría en mi cama era asunto mío. Frente a Ethan, aquella indiferencia había desaparecido con una violencia demasiado precisa.

Una mueca le tensó el rostro y llevó la mano al costado. Me acerqué por reflejo, pero se enderezó antes de que pudiera ayudarlo.

—Acaba de salir de una operación. ¿También piensa romperse los puntos para demostrar algo?

—No estaba demostrando.

—Eso no me tranquiliza.

Tomé la maleta. Akim me la quitó de la mano y caminó hacia la puerta.

—No confunda las reformas con el derecho a decidir sobre mí —le advertí.

Se detuvo y volvió ligeramente el rostro.

—Usted decide sobre su rancho. Yo decido sobre la seguridad mientras mi guerra pueda alcanzarla.

—No es su guerra la que me preocupa en este momento.

Una sombra de cansancio le endureció los ojos.

—Tiene un año para decidir cuál de las dos cosas es más peligrosa.

Salí, me despedí de Samuel y le repetí que debía llamarme ante cualquier problema. Después cerré personalmente la puerta de mi casa y guardé la llave en el bolsillo.

El convoy abandonó el rancho con cuatro hombres menos y una lista de reformas que Akim todavía no sabía cuánto iban a costarle.

Yo tampoco.

Pero esta vez el precio no lo había puesto él.

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Comments (1)
goodnovel comment avatar
Tere Vera
porque así lo trato me pareció innecesario
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