FAZER LOGINPOV Diana
Durante los dos días siguientes, Akim se recuperó con una rapidez que parecía irritar al doctor Reeves tanto como tranquilizarlo.
La mañana del alta lo encontré vestido y de pie junto a la ventana mientras Mikhail guardaba los medicamentos y las indicaciones médicas. La palidez todavía le marcaba el rostro y sus movimientos eran demasiado cuidadosos para fingir que estaba bien, pero al menos ya no parecía un hombre que pudiera morir en cualquier momento.
Reeves terminó de revisar unos papeles y le entregó la carpeta a Mikhail.
—Nada de esfuerzos ni viajes innecesarios. Si siente dolor intenso, fiebre o mareos, vuelve inmediatamente.
Akim asintió con la paciencia de quien no tenía intención de cumplir más de la mitad.
El médico dirigió los ojos hacia mí.
—¿Usted entendió las indicaciones?
—Las entendí perfectamente.
—Entonces me quedo más tranquilo.
Akim siguió a Reeves con la mirada hasta que salió.
—Todos confían demasiado en mi esposa.
—Hasta ahora su esposa es la única que no intentó caminar por el pasillo pocas horas después de una cirugía.
Una sombra de diversión le cruzó los ojos, pero desapareció cuando dejé mis bolsas junto a la puerta.
—Antes de irnos, vamos a terminar la conversación del divorcio.
Mikhail dejó de ordenar los medicamentos. No necesitó que nadie le pidiera privacidad.
—Los espero afuera.
Akim caminó hasta una silla y se sentó despacio. El dolor le tensó la mandíbula durante un instante. Esperé a que se acomodara.
—Nuestro trato cumplió su propósito —dije—. Usted me ayudó a salvar el rancho y yo le facilité la permanencia en este país. Ya no necesita el matrimonio, así que quiero terminarlo.
—No puedo hacerlo ahora.
—Hace dos días dijo que no quería. No es lo mismo.
Akim mantuvo la mirada sobre mí. Su silencio ya no podía atribuirse al cansancio ni a la dificultad con el idioma. Estaba eligiendo cuánto contarme.
—Necesito un año.
Me apoyé contra el borde de la mesa.
—¿Un año para qué?
—Un año más de matrimonio. Después firmaré el divorcio sin condiciones.
—Ya tuvo tres años sin verme. Si solo necesitara continuar casado, no habría mandado preguntar por mi equipaje.
Algo se endureció en su expresión. Había esperado que aceptara primero y preguntara después. Esta vez no pensaba facilitarle el trabajo.
—No voy a darle un año de mi vida sin saber para qué lo quiere.
—Es complicado.
—Estaba casada con un hombre al que encontré desangrándose en mis tierras, autoricé su cirugía tres años después y descubrí que me vigilaba desde lejos. Creo que puedo soportar una explicación complicada.
Akim bajó la vista hacia sus manos. La pausa fue breve, pero se notó que estaba cambiando una decisión.
—No pensaba convocarla —dijo al fin—. Cuando nos casamos solo necesitaba la residencia. Después pude permanecer sin depender de usted y no vi razón para alterar su vida.
—Sin embargo, aquí estoy.
—El jefe de nuestra organización murió. Su muerte abrió una sucesión que nadie esperaba tan pronto.
La calma de su voz no consiguió quitarle peso a las palabras.
—¿Y usted pretende ocupar su lugar?
—Pretendo hacerlo.
Pensé en los hombres de los pasillos, en los vehículos blindados y en el ataque que casi había vuelto a matarlo.
—¿Lo atacaron por eso?
—Es una posibilidad.
—Una respuesta muy tranquilizadora.
—No intento tranquilizarla. Intento que comprenda.
Se inclinó apenas hacia adelante.
—Dentro de la Bratva, cada familia conserva sus reglas. La nuestra no entrega el mando solo al hombre más fuerte. Un consejo reconoce al sucesor y evalúa poder, alianzas, estabilidad y continuidad.
—Yo creía que bastaba con presentar la lista de muertos que cada uno tuviera en el currículum.
Esperé una reacción. Akim me miró con absoluta seriedad.
—También cuenta.
La respuesta fue tan seca que no pude contener una risa breve. Él dejó que la boca se le curvara apenas antes de continuar.
—Pero el hombre que ocupe el mando debe estar casado.
—¿Por qué les importa tanto la vida privada del candidato?
—Porque nuestra línea no reconoce hijos nacidos fuera del matrimonio para la sucesión. Pueden recibir protección y dinero, pero no heredar el mando. Una esposa legal establece la familia y evita disputas entre posibles herederos.
La explicación tardó unos segundos en mostrarme la parte que más me afectaba.
—¿Esperan que tengamos hijos?
—Esperan que un jefe tenga una esposa y pueda garantizar continuidad. No le estoy pidiendo un hijo.
—Más le vale.
Akim sostuvo mi mirada sin sonreír.
—No habrá ninguna obligación de esa clase.
La precisión de la respuesta eliminó una preocupación, pero dejó intactas todas las demás.
—Entonces le sirve que exista en un acta. No que viva con usted.
—Necesito ambas cosas. Saben que llevo tres años casado, pero una esposa que nadie conoce despierta preguntas. Durante la transición vendrán miembros de Rusia, habrá reuniones, cenas y actos públicos. Debemos comportarnos como marido y mujer.
—¿Durante doce meses?
—Es el tiempo que necesito para obtener el reconocimiento y consolidar el mando. Cuando termine, podré demostrar cuatro años de matrimonio, no una boda celebrada para conseguir el puesto.
Me aparté y caminé hasta la ventana. Abajo esperaban varias camionetas. En unas horas podía estar nuevamente en mi casa, ocupándome de los caballos, las cuentas y todo lo que comprendía. En cambio, Akim pretendía llevarme a un mundo donde hasta la legitimidad de un hijo formaba parte de una estructura de poder.
—Podría buscar otra esposa.
—Tendría que divorciarme, casarme de inmediato y explicar por qué la mujer con la que llevo tres años casado desapareció justo antes de la sucesión. Parecería una maniobra porque lo sería.
—Así que no soy su única opción. Soy la más conveniente.
—Es mi esposa. En este momento, eso la convierte en la única opción que sirve.
La franqueza me molestó menos que cualquier mentira que hubiera podido inventar.
—Cuando nos casamos, usted quería la residencia y yo quería salvar el rancho. Los dos recibimos algo. Esta petición es diferente. Ahora quiere utilizar nuestro matrimonio para convertirse en cabeza de la organización y también necesita mi presencia.
—Dígame qué quiere.
Akim se levantó, abrió un maletín que Mikhail había dejado sobre una mesa y sacó una chequera. Apoyó la pluma sobre el primer cheque.
—Pida la cantidad.
El gesto me produjo más rechazo que tentación.
—Guarde eso. No quiero dinero para mí.
Sus dedos permanecieron sobre la pluma.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Reformas en el rancho. Las casas del personal necesitan techos nuevos, instalaciones eléctricas seguras y baños que no se congelen cada invierno. Quiero ampliar el perímetro cercado del potrero norte, reparar el sistema de agua y arreglar el camino de acceso.
Akim dejó la pluma, atento.
—¿Cuánto cuesta?
—No voy a darle una cifra ni quiero que deposite nada en mi cuenta. Yo elegiré a los contratistas, aprobaré cada trabajo y ellos le enviarán las facturas. Usted las pagará directamente.
—Puedo contratar gente mejor.
—No. El rancho es mío y las decisiones también. Usted paga; yo decido quién entra y qué se hace. Así no habrá dinero para mí ni posibilidad de que alguien diga que vendí algo diferente de mi tiempo.
Los ojos claros recorrieron mi rostro. No parecía ofendido; parecía calcular el alcance de cada reforma.
—¿Eso es todo?
—Eso es lo que quiero a cambio de representar a su esposa durante un año.
—Acepto esas condiciones.
La rapidez de la respuesta me hizo sospechar que había pedido mucho menos de lo que estaba dispuesto a entregar.
—Quedará por escrito —añadí—. Las reformas, los doce meses y el divorcio al terminar. Sin prórrogas ni condiciones escondidas.
—Mis abogados prepararán el documento.
—Y los míos lo revisarán.
Akim inclinó la cabeza.
—Por supuesto.
Extendí la mano.
—Entonces tenemos un nuevo acuerdo.
La tomó. Su palma estaba tibia y el apretón fue firme, aunque breve.
—Tenemos un acuerdo.
Recogí mis bolsas.
—Ahora necesito volver al rancho.
—Iremos juntos. Recogerá sus cosas, hablará con sus empleados y organizará las reformas.
—Después regresaré cuando sea necesario.
—Con seguridad.
—Eso todavía no lo discutimos.
Akim se puso de pie. La fatiga le había dibujado sombras bajo los ojos, pero su expresión volvió a cerrarse.
—Hay partes que no son negociables.
Abrí la puerta. Mikhail y otros dos hombres esperaban en el pasillo.
—¿A dónde se supone que voy después del rancho?
Akim recogió el saco del respaldo de la silla.
—Vivirá conmigo.
Capítulo 6 —Tras los murosPOV DianaEl primer control apareció mucho antes de que pudiera ver la casa.Dos hombres armados se acercaron al vehículo, comprobaron quiénes viajábamos dentro y hablaron por radio antes de permitirnos continuar. Un portón de hierro se abrió lentamente. Más adelante encontramos otra barrera, cámaras instaladas entre los árboles y guardias que observaban el convoy desde puntos que probablemente yo no alcanzaba a descubrir.Akim no vivía solo como un hombre rico, vivía como un hombre que esperaba otro ataque en cualquier momento.—¿Todo esto es siempre así? —pregunté.—Todos los días.—Debe de ser agotador llegar a casa.Él miró por la ventanilla mientras atravesábamos el último control.—Es más agotador que entren sin permiso.No tuve una respuesta para eso. Había despertado en una clínica hacía pocos días porque alguien había conseguido acercarse lo suficiente para dejarlo al borde de la muerte. Su seguridad ya no parecía una exhibición exagerada, aunque si
Capítulo 5 — Lo imprescindiblePOV DianaVolví a casa bajo vigilancia.Las tres camionetas avanzaron por el camino principal levantando polvo. Mikhail viajaba delante y Akim permanecía a mi lado, observando las tierras.—No hacía falta traer un ejército.—No es un ejército —respondió sin apartar la mirada de la ventanilla.—Claro. Solo hombres armados vestidos de negro en medio de un rancho.Las camionetas se detuvieron frente a la casa. Akim bajó con cuidado; la rigidez de sus movimientos recordaba que acababa de recibir el alta.Samuel Reed apareció desde uno de los establos. Su paso se hizo más lento al contar los vehículos y los hombres.—Diana, por Dios. Dijiste que estabas bien, pero te fuiste con unos desconocidos y no volví a saber nada.—Estoy bien. Fue una emergencia y no tuve tiempo de explicar demasiado.Samuel miró a Akim. Conocía la existencia de mi matrimonio, lo había visto durante aquellos quince días, hace tres años, pero nunca se lo había presentado fromalmente.—É
Capítulo 4 —La parte que faltabaPOV DianaDurante los dos días siguientes, Akim se recuperó con una rapidez que parecía irritar al doctor Reeves tanto como tranquilizarlo.La mañana del alta lo encontré vestido y de pie junto a la ventana mientras Mikhail guardaba los medicamentos y las indicaciones médicas. La palidez todavía le marcaba el rostro y sus movimientos eran demasiado cuidadosos para fingir que estaba bien, pero al menos ya no parecía un hombre que pudiera morir en cualquier momento.Reeves terminó de revisar unos papeles y le entregó la carpeta a Mikhail.—Nada de esfuerzos ni viajes innecesarios. Si siente dolor intenso, fiebre o mareos, vuelve inmediatamente.Akim asintió con la paciencia de quien no tenía intención de cumplir más de la mitad.El médico dirigió los ojos hacia mí.—¿Usted entendió las indicaciones?—Las entendí perfectamente.—Entonces me quedo más tranquilo.Akim siguió a Reeves con la mirada hasta que salió.—Todos confían demasiado en mi esposa.—Has
Capítulo 3 —Lo que quedó firmadoPOV Diana—¿Qué demonios significa eso?Mikhail cerró la puerta de la habitación de Akim y me indicó que lo acompañara unos pasos por el pasillo. Lo seguí porque no quería discutir delante de una cama llena de tubos y máquinas, pero la paciencia empezaba a quedarme bastante lejos.—El señor Karsavin dejó instrucciones específicas —explicó—. Si alguna vez quedaba incapacitado para decidir por sí mismo, debíamos localizarla.—¿Cuándo decidió semejante cosa?Mikhail sostuvo mi mirada antes de responder.—El mismo día que se casaron.Sentí que algo se acomodaba mal dentro de mí. Yo había salido del registro civil convencida de que Akim y yo acabábamos de cumplir un acuerdo sencillo: él salvaba el rancho, yo facilitaba su permanencia en el país y después cada uno continuaba con su vida.Al parecer, mientras yo regresaba a mis tierras, él me estaba entregando responsabilidades que nunca se molestó en mencionar.Un hombre de bata blanca apareció desde el fond
Capítulo 2 —El apellido olvidadoPOV Diana:El ruido de los motores me hizo levantar la cabeza justo cuando estaba ajustando la cincha de una de las yeguas. No era un vehículo, eran varios.Me asomé por la puerta de la caballeriza y vi tres camionetas negras avanzando por el camino principal, levantando una nube de polvo que se extendía detrás de ellas. No reconocí ninguna y tampoco esperaba visitas a esa hora.—¿Y esto qué mier*da es?La yegua resopló a mi espalda como si compartiera la pregunta.Los vehículos se detuvieron frente a la casa, perfectamente alineados, demasiado impecables para pertenecer a alguien que tuviera algo que hacer en un rancho. Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo y comenzaron a bajar hombres vestidos de oscuro.Trajes, zapatos que no durarían una semana entre barro y estiércol, lentes negros.Llevaban un pequeño auricular en la oreja y otro habló por un micrófono sujeto a la solapa mientras observaba alrededor.No necesité demasiado tiempo para enten
Capítulo 1 —Quince días despuésQuince días después de encontrar a Akim Karsavin cubierto de sangre en sus tierras, Diana estaba sentada a su lado firmando un acta de matrimonio.La idea seguía pareciéndole absurda incluso con la pluma entre los dedos.El funcionario esperaba frente a ellos con la expresión neutra de quien había visto demasiadas parejas pasar por el mismo escritorio como para interesarse demasiado por una más. No había flores, familiares ni fotografías. Solo papeles, dos testigos elegidos por Akim y un acuerdo que ambos habían revisado hasta dejar muy poco librado al azar.Akim firmó primero.Lo hizo sin vacilar, inclinado apenas sobre el escritorio. Todavía no estaba completamente recuperado y Diana podía reconocerlo en detalles que probablemente los demás no percibían: la rigidez al cambiar de posición, la forma en que protegía el costado antes de incorporarse y aquella pausa breve que hacía cuando un movimiento le exigía demasiado.Vestido con pantalón oscuro, cami







