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last update publish date: 2026-08-30 17:17:48

Sofia Ferrari

Diecinueve años. Si alguien me hubiera dicho a los diez que todavía estaría respirando el mismo aire mohoso y tóxico de esta casa casi una década después, me habría reído en su cara o me habría tirado desde la colina más alta de Sicilia. Probablemente la segunda opción.

El agua fría del fregadero corre entre mis dedos, y durante exactamente tres segundos me permito fingir que esto es un momento de spa. El calor sofocante de la cocina es agobiante, el tipo de bochorno que se pega a la piel y hace que el camisón parezca una segunda capa de sufrimiento. El sol del mediodía atraviesa las rendijas de la ventana de madera, dibujando rectángulos dorados en el suelo de azulejo gastado.

¿La buena noticia? Mi querida tía Clotilde y mi insoportable tío Enrique ya se han ido. ¿La mala noticia? El silencio que dejan atrás es tan pesado como su presencia. Es ese tipo de quietud que parece vigilar cada uno de tus movimientos, recordándote que eres una intrusa en su propio techo.

Froto la sartén de hierro con tanta fuerza que el jabón hace espumas gigantes. Es mi ritual diario: limpiar la casa de arriba a abajo como si pudiera, por algún milagro de la química, fregar mi propia existencia fuera de este lugar. Nueve años. Nueve largos, interminables y miserables años viviendo con los únicos parientes vivos que me quedaron tras la muerte de mis padres.

Mañana es mi cumpleaños número diecinueve. ¿Y saben cuál es la programación festiva? Absolutamente nada. Cero pastel, cero velas, cero felicitaciones y un total de cero sonrisas. Para mí, la fecha es solo un recordatorio doloroso de que hace exactamente nueve años que papá y mamá se fueron, llevándose consigo todo el color de mi vida y dejándome en este orfanato informal movido por rencor y abusos disfrazados de caridad.

Una lágrima testaruda se escapa de mi ojo izquierdo. Suelto un taco bajito e intento secarla con el dorso de la mano sucia de detergente. Gran error. El jabón entra directamente en mi iris, y la sensación es como si alguien hubiera encendido una cerilla directamente sobre mi córnea.

— ¡Pero qué m****a! — refunfuño, cerrando los ojos con fuerza. El dolor es un fogonazo de fuego líquido.

Dando pasos en falso hacia atrás, ciega por el jabón y por la estupidez del momento, tiro del dobladillo de mi vestido florido para intentar limpiarme la cara. Solo consigo empeorarlo todo. La tela gruesa esparce el producto y se pega a mi piel, haciéndome parecer una estatua tonta en medio de la cocina.

Mi talón choca contra la estructura metálica de la nevera, y el impacto sordo me hace soltar otro gruñido. Extiendo la mano para intentar apoyarme en la encimera, pero antes de que mis dedos alcancen la tabla de madera, el aire a mi alrededor cambia.

La temperatura de la cocina no ha bajado, pero mi sangre se ha congelado instantáneamente.

Hay un olor en el aire. No es el olor habitual de ajo frito o del desinfectante barato de pino. Es un perfume masculino pesado, amaderado, impregnado con notas fuertes de tabaco, sudor y una dosis indigesta de prepotencia.

Antes de que mi mente ciega por el jabón consiga procesar el peligro, dos brazos rígidos y gruesos envuelven mi cintura por detrás. Manos posesivas me aprietan contra el metal helado de la nevera, con una fuerza que deja claro que la persona que está ahí no está pidiendo permiso. Es una reivindicación.

— No era exactamente así como esperaba que me recibieran en casa, pequeña. ¿Necesitas ayuda con los ojos o solo estás entrenando para ser ciega? — La voz del tío Enrique sopla directamente contra la curva de mi cuello. Es baja, ronca y cargada de ese tono aterciopelado repugnante que me hace querer arrancarme la propia piel.

El miedo se arrastra por mi columna como un ciempiés de hielo. Giro la cabeza hacia el lado opuesto, parpadeando frenéticamente mientras el agua de mis ojos intenta expulsar la química del detergente. Cuando mi visión finalmente enfoca, me encuentro con su figura.

La mirada de Enrique no está en mi rostro. Desciende lentamente por mi vestido florido, analizando la curva de mi cadera y la tela estirada sobre mi pecho como si estuviera evaluando el ganado en la feria. Suelta un suspiro pesado y caliente contra mi nuca, un sonido que me provoca una náusea tan violenta que incluso doy un ligero salto.

— ¿Qué haces aquí? Deberías estar en el taller — digo, con la voz saliendo más temblorosa de lo que mi orgullo quisiera admitir.

En un movimiento rápido, subo el escote de mi vestido y me retuerzo para romper el contacto de los cuerpos. Mis manos tiemblan incontrolablemente. Ajusto la falda, cubriendo cada milímetro de piel expuesta mientras intento tragar la furia. Me mira con esa sonrisa torcida y presuntuosa de quien sabe exactamente el efecto desagradable que causa.

— Olvidé mi botella de agua. Tengo todo el derecho de entrar en mi propia casa, ¿no crees? — Se acerca un paso más, bloqueando mi ruta de escape hacia la sala. — ¿Dónde está?

— Está en el suelo, al lado de la puerta... — respondo, dando un paso lateral y manteniendo la espalda pegada a la encimera del fregadero.

Enrique gira la cabeza con la lentitud calculada de un depredador que sabe que la presa no tiene a dónde huir. Mira la botella de plástico arrugada en el suelo, pero no hace ademán de agacharse. En cambio, sus ojos vuelven a mí, brillando con una malicia mal disimulada.

— ¿Me la llenas con agua fría? El agua de aquí siempre está más fresca cuando la sirves tú.

La frase viene disfrazada de petición, pero el tono es una orden explícita. Le gusta la dinámica. Le encanta verme acorralada, encorvándome para realizar tareas domésticas idiotas mientras él consume cada pedazo de mi espacio personal.

— Claro... — murmuro, intentando tragar la bilis que sube por mi garganta.

Paso a su lado en un esquive rápido, manteniendo la mayor distancia física que el estrecho espacio de la cocina permite. Abro la puerta del congelador y la niebla de aire congelado golpea mi rostro como un alivio bendecido. Las botellas de agua de vidrio están apiladas allí al fondo, detrás de bolsas de verduras y carnes congeladas.

Extiendo el brazo, poniéndome de puntillas para alcanzar la botella más lejana. El movimiento hace que mi espalda se arquee y mi vestido suba unos centímetros en el muslo.

Debería haberlo imaginado. Debería haber previsto que no perdería la oportunidad.

En menos de dos segundos, el calor sofocante del cuerpo de Enrique se pega a mi espalda de nuevo. Se presiona contra mí con todo el peso de su cuerpo, aprisionando mi cadera entre él y la puerta abierta del congelador. La sensación de su entrepierna pegada a mi vestido es una violación tan directa que me hace soltar un jadeo de puro terror.

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