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Capitulo. 126

Author: Belladonna
last update publish date: 2026-10-31 00:07:59

Pov Alinna

Estaba intentando alcanzarme cuando la puerta se abrió.

Nikolaj entró con el bote de espuma de afeitar en la mano y una toalla sobre el hombro. Me miró, las piernas a medio abrir, el vientre enorme, y cerró la puerta detrás de él.

—Espera —dije, incorporándome un poco—. No es necesario. María puede…

—María nada —me cortó. Dejó la espuma en la mesita y se acercó—. Yo lo voy a hacer. El único que te va a ver el coño, aparte de mí, es el ginecólogo. Así que abre las piernas y ponte cómo
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    Pov AlinnaMe puse un vestido suelto. María me ayudó a bajar. El jardín olía a tierra húmeda y a sol. Me senté en la banca de hierro, bajo la luz directa, y cerré los ojos. Hacía días que no sentía el calor en la cara. El vientre me pesaba, pero el aire me sentó bien.Oí pasos. No eran de María.Abrí los ojos y giré la cabeza.Petrova se sentó frente a mí. Elegante. El abrigo bien puesto. Me miró el vientre un segundo y después hizo un gesto con la mano, seco, hacia María.—Lárgate.María dudó. Me miró. Yo no dije nada. Ella bajó la cabeza y se fue.Nos quedamos solas. El sol seguía dándome en la cara. Petrova no sonreía.Petrova me miró el vientre un momento largo antes de hablar. El sol le daba de lado y le marcaba las arrugas finas alrededor de la boca. No sonreía.—Veo que ya estás mejor —dijo al fin.—Sí —contesté—. El médico me dijo que podía salir un rato. Caminar por el jardín. Tomar aire. Nada de esfuerzos.Ella asintió despacio, como si ya lo supiera. Cruzó las manos sobre e

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    Pov AlinnaEstaba intentando alcanzarme cuando la puerta se abrió.Nikolaj entró con el bote de espuma de afeitar en la mano y una toalla sobre el hombro. Me miró, las piernas a medio abrir, el vientre enorme, y cerró la puerta detrás de él.—Espera —dije, incorporándome un poco—. No es necesario. María puede…—María nada —me cortó. Dejó la espuma en la mesita y se acercó—. Yo lo voy a hacer. El único que te va a ver el coño, aparte de mí, es el ginecólogo. Así que abre las piernas y ponte cómoda.Me sostuvo la mirada. No había broma en su voz.Tragué. Me recosté otra vez contra los cojines y, despacio, abrí las piernas lo que el vientre me permitió.Me recosté contra los cojines. El vientre me pesaba. Abrí las piernas despacio, lo que pude, y él se arrodilló entre ellas en la cama. El colchón se hundió bajo su peso.Agitó el bote. La espuma salió fría cuando me la puso. Sus dedos la extendieron con cuidado, cubriéndome entera, sin prisa. El contraste del frío con mi piel me hizo cont

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    Pov NikolajEstaba completamente entregado a su pezón, succionando fuerte y lamiéndolo con la lengua cuando sentí algo tibio y líquido salir contra mi boca. Me separé de golpe.—¿Qué carajos? —solté, mirando hacia abajo.Alina bajó la vista y susurró, avergonzada:—Qué mierda…Levanté la mirada hacia su cara y sonreí de lado.—Bueno, esposa… creo que la comida de mis hijos decidió salir antes.Ella abrió la boca para decir algo, la voz temblorosa:—Dios, qué vergüenza, yo…No la dejé terminar. Volví a llevarme su pecho a la boca y succioné de nuevo, esta vez a propósito. La leche clara y tibia salió directo sobre mi lengua. La saboreé, chupando con más hambre, tragando mientras seguía lamiendo y mordisqueando el pezón hinchado.—Espera… —gimió ella, la voz rota.Yo solté un gemido bajo contra su piel, sin soltarla, y seguí bebiendo.—¿No te da asco? —preguntó, casi sin aliento.Me separé apenas lo suficiente para contestar, la boca todavía húmeda, y volví a succionar de inmediato.—¿A

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    Pov AlinnaEl día pasó rápido entre risas y chismes con María, rompiendo el tedio del encierro. Pero entrada la noche, la puerta se abrió de golpe: Nikolaj entró, haciendo que María huyera en silencio con la cabeza gacha.—Me dijo mi madre que sacaste a mi cocinera favorita —soltó él, desabrochándose la camisa.—Ahora es mi compañera —repliqué.Se quitó la ropa y se metió a la cama junto a mí, mirándome con frialdad.—Si eso te tranquiliza, bien, pero no quiero juegos.—lPuedes confiar en mí —le aseguré.Nikolaj esbozó una sonrisa cínica y me sostuvo la mirada:—Es muy tarde para eso. No confío ni una mierda en ti, señora Romanov.Lo miré fijamente, sosteniendo su desconfianza sin apartar los ojos de los suyos.—Lo sé —le reté en un susurro firme—. Pero no me voy a disculpar por algo que hice para protegerme.Nikolaj exhaló una risa seca, negando levemente con la cabeza.—Nadie te está pidiendo que te disculpes.Se inclinó lentamente hacia mí, acortando la distancia que nos separaba,

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    Pov AlinnaEl aislamiento dentro de las cuatro paredes de la habitación se convirtió en una condena exasperante.Habían pasado dos días enteros desde la noche del ataque, dos jornadas donde el silencio de la finca solo era interrumpido por las bandejas de comida que la enfermera dejaba con pinzas y las órdenes tajantes de que no tenía permitido levantarme de la cama bajo ningún concepto.Nikolaj ni siquiera había vuelto a pisar la alcoba.Las obligaciones de su mundo, la cacería del traidor y el blindaje absoluto de la finca lo mantenían atado a la planta baja, recordándome con cada hora de ausencia que yo no era más que una pieza bajo llave en su tablero.Apreté las sábanas con rabia contenida, sintiendo los músculos de la espalda rígidos y el cuerpo adormecido por la inactividad forzada. Odiaba el colchón, odiaba la sentencia del médico y, sobre todo, me consumía la impotencia de depender de sus reglas.Esa tarde, cuando el crujido de la cerradura resonó en la alcoba, el corazón me

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    PoV NikolajMi madre se quedó mirándome en silencio por un largo momento, con los ojos clavados en los míos, evaluando cada fibra de mi compostura antes de dejar escapar una risa corta, cínica y sin una pizca de gracia.—¿Y piensas tratarla como tal? —preguntó, cruzándose de brazos con una elegancia gélida.Fruncí el ceño, sintiendo la irritación picándome en la nuca.—¿A qué te refieres?Ella dio un paso al frente, con la mirada afilada como un cuchillo dispuesta a cortarme las defensas.—Ella carga con mis nietos y por eso es intocable ahora. Pero cuando nazcan, solo será la mujer que te abandonó llevándose nuestra sangre y desafiándote en tu propia cara. Así que te pregunto... cuando nazcan tus hijos, ¿ella seguirá siendo tu esposa o habrá consecuencias por lo que te hizo?Me quedé con los ojos fijos en los suyos, dejando que el peso de su pregunta flotara en el aire viciado del despacho. La tensión entre ambos era tan densa que parecía masticable.Apreté la mandíbula con tanta fue

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