LOGINAtrapada en medio de la ambición y la misoginia del dinero.
Adara
Intento desesperadamente conseguir una salida, pero es imposible escapar. La puerta está cerrada con llave, las ventanas están aseguradas, al igual que las puertas dobles que dan a una especie de terraza. Necesito salir de aquí y llamar a Adrián; estoy segura de que él puede ayudarme con lo que sea que mis padres hayan hecho conmigo.
De pronto, la cerradura de la puerta oscila y se abre. Un hombre vestido con traje negro entra con aires de nobleza; las comisuras de sus labios se curvan ligeramente al verme despierta. Me dedica una mirada que no sabría cómo describir: ¿lástima? ¿desdeñosa?
Retrocedo instintivamente cuando él cruza la habitación y se acerca. Sus pasos se detienen a un metro de distancia de mí. Mi corazón late sin control, siento que se me va a salir por la boca al tiempo que un terror intenso se me forma en la boca del estómago. No puedo respirar. Mis manos tocan una superficie de madera detrás de mí y se aferran con fuerza, intentando anclarse a lo que sea para ayudarme a no caer de rodillas.
—No tiene por qué tener miedo de mí, señorita Medina —dice precavido—. Entiendo que no confíe por la manera en la que fue traída a esta mansión, pero le aseguro que nadie le hará daño; de hecho, estoy aquí para servirle y proporcionarle todo lo que necesite —añade y chasquea los dedos en el aire.
Al segundo siguiente, por la puerta abierta de par en par, entran un grupo de mujeres cargando estuches de terciopelo de distintos tamaños, vestidos, zapatos, perfumes y todo lo que una mujer pueda necesitar para su comodidad y hasta más. Jamás en mi vida había visto tantas cosas, al menos no que fueran para mí. El miedo no desaparece del todo de mi sistema; sin embargo, una nueva sensación nace en mi pecho.
¿Incredulidad? Tal vez. Nunca en mi vida había escuchado de unos secuestradores que trataran tan bien a sus víctimas. Pero no creo que sea el momento para cuestionar sus métodos; lo mejor es ver la manera de salir de esto. Si esperan una gran fortuna a cambio de mi libertad, van a tener que matarme. Y dudo que mis padres y mi hermana muevan un solo dedo por mí.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué es lo que quieren? Si es dinero lo que quieren, les aseguro que a mi familia solo les queda el apellido y las apariencias —les advierto manteniéndome en alerta a cada uno de sus movimientos; no obstante, el sujeto permanece impasible en su sitio mientras las mujeres ordenan las cosas que trajeron como si estuviéramos en una galería de arte.
—Al señor Valente no le interesa su dinero, señorita Medina —contesta de forma cortés, pero clara.
—Entonces, ¿qué es lo que ese hombre quiere de mí? —inquiero manteniendo la guardia—, porque hasta donde tengo entendido, que me hayan traído a este lugar sin mi consentimiento se traduce en un acto criminal y no estoy segura, pero apuesto a que a ese tal señor Valente le pueden dar más de diez años de cárcel por secuestro y a sus cómplices no les irá mucho mejor —escupo rogando porque las series de detectives de verdad me sirvan de algo en este momento, pero mis palabras no causan ni el más mínimo efecto en él.
—Tampoco está secuestrada, señorita Medina —objeta, provocando que su maldita cortesía empiece a fastidiarme—. Es una invitada del señor Valente —añade, justo cuando las mujeres salen una por una de la habitación dejándonos solos.
La puerta permanece abierta de par en par, por lo que veo una oportunidad para salir de aquí.
—Es una pena que yo no haya aceptado la invitación de su jefe en ningún momento —digo y, sin perder tiempo, lo empujo con fuerza haciéndolo retroceder a un costado; pierde equilibrio por lo inesperado de mi movimiento y cae de culo.
Aprovecho que está en el suelo y corro hacia la salida. Al cruzar la puerta, me detengo y la cierro y uso la llave que está puesta en la cerradura para evitar que él me siga.
Las mujeres, todas, se fueron hacia la derecha. Ahí debe estar la salida. Llego hasta el rellano de la escalera. Agudizo el oído para intentar escuchar cualquier ruido. Contengo la respiración y, con cuidado de no delatarme, bajo los escalones de uno en uno hasta llegar a la planta principal. Por suerte, la escalera da justo al vestíbulo. Me pego a la pared y retrocedo en silencio hasta dar con la puerta del armario cuando escucho unas voces acercándose.
Me escondo dentro del armario y me cubro con un abrigo polvoriento que cuelga. Las motas de polvo me hacen cosquillas en la punta de la nariz. Por lo que me la aprieto con fuerza e intento tapar lo más que puedo el inevitable estornudo…
—¿Oíste eso? Creo que alguien estornudó —dice una de las chicas justo frente a la puerta.
—No, no escuché nada —responde la otra y ambas se quedan ahí paradas mientras yo no soporto más la comezón en la nariz—. No fue nada, olvídalo. Mejor cuéntame, ¿sabes algo sobre esa mujer que trajeron? ¿Viste su aspecto? Parece una muerta de hambre sin clase —observa, provocando la risa de su compañera.
Me dan ganas de salir de mi escondite y gritarle que no soy ninguna muerta de hambre, pero entonces perdería mi oportunidad de salir de aquí. Me trago el orgullo, mantengo la punta de mi nariz oprimida y respiro por la boca entreabierta, arriesgándome a que una cucaracha de esas que vuelan encuentre refugio sobre mi lengua. Tengo que salir de aquí, tengo que volver con mis padres; sé que hay una explicación lógica para esto, ellos no me entregarían solo porque sí a cualquier desconocido, soy yo quien los mantiene.
—En fin, eso es lo que le escuché decir al mayordomo. A esa pobretona, sus padres la cambiaron por mucho dinero en una subasta. En el fondo, creo que siento lástima por ella; terminar así, convertida en simple mercancía, debe de ser lo más humillante para cualquier mujer.
Siento como mi cuerpo se enfría rápidamente. Es como si de pronto un glaciar se formara dentro de mi pecho, oprimiendo a mi corazón hasta hacerlo sangrar.
—Ni las putas de las esquinas son tan humilladas. Lo que a esa chica le hizo su propia familia es para quitarse la vida. —Soy menos que una puta barata.
Las lágrimas me escuecen en los ojos, mientras que con ambas manos me cubro la cara con fuerza para evitar que mis jadeos se escuchen afuera. De pronto la puerta se abre, veo a las dos mujeres; ellas estaban en el grupo que llevaba esas cosas para mí. No se fijan en mí, acurrucada en un rincón medio cubierta por un abrigo. Solo dejan las cosas que traen; las tiran sin cuidado mientras siguen hablando de la lamentable, humillada y pobretona mujer de arriba.
Cierran la puerta. Escucho sus pasos alejarse. Pero por un momento soy incapaz de ponerme de pie. Me niego a creer que lo que ellas dijeron sea la verdad. Sé bien que no soy la consentida de mis padres, pero ellos nunca me venderían como a una vaca. Yo les he dado mucho, me he esforzado cada día por cumplir con sus exigencias, por evitar que algún día se avergonzaran de quienes eran.
—Tiene que ser falso —gimoteo con las lágrimas cayendo a ambos lados de mi cara.
En mi cielo oscuro tus ojos iluminan cada rincón.DamiánCuando el reloj marca las siete y media, un par de golpes en la puerta me sacan de mis pensamientos. Dejo el vaso sobre el escritorio y alzo la vista hacia la puerta que se abre. Víctor entra cargando un maletín. Su postura es rígida y su expresión la de alguien que mantiene su mente ocupada en más de un problema a la vez, y, aun así, cada trabajo que entrega es perfecto.—Señor Valente —saluda sacando del maletín una carpeta de pasta dura—. Aquí están los documentos oficiales; solo nos falta la firma de la señorita Medina para que el matrimonio quede legalizado con fecha retroactiva. —Me extiende la carpeta con mano firme.Lo tomo y examino las hojas con atención. El nombre de Adara Medina resalta junto al mío. Un trámite frío para legalizar de cierto modo un crimen en contra de la humanidad. Las comisuras de mis labios se curvan apenas un poco al pensar que ya tengo esposa. Una que me detesta y que le gustaría verme muerto.—¿
La fragilidad se pierde entre las calles del dolor y la pasión se confunde con la ternura de una mirada maliciosa que consume mis segundos.DamiánBajo al despacho y ordeno que nadie me moleste. Me sirvo un whisky antes de sentarme detrás del escritorio. Me saco el teléfono del bolsillo y marco el número de mi abogado. Tengo que asegurarme de que todo esté en regla con respecto a mi adquisición; además, necesito que haga algo más por mí. ¿Quién es ese tal Adrián y qué tiene que ver con ella? El teléfono apenas suena un par de veces antes de que Víctor Belmont conteste.—¿Señor Valente? Buenas tardes. —Me levanto de la silla y la rodeo hasta quedar frente a la ventana.—Víctor —digo, apoyando el hombro contra la madera del marco—. Necesito el estado de los documentos que te encargué sobre la mujer que compré. —Mi tono es indiferente, pero imponente.Al otro lado de la línea se hace un silencio breve seguido de un chasquido.—El contrato de cesión de derechos y la transferencia de los fo
Tu jaula de oro es solo una prisión que me consume la vida cada día.AdaraHace un mes que estoy en este lugar y empiezo a sentir que nunca más volveré a salir. Cada día es una rutina que me asfixia y me roba las ganas de vivir. No puedo seguir atrapada entre estas cuatro paredes; siento que me voy a volver loca. Ya estoy curada, pero ahora me vigilan con más cuidado; ni siquiera puedo salir de este cuarto, la puerta siempre está cerrada y ni siquiera cuando viene el mayordomo o las mucamas puedo intentar hacer nada para escapar; afuera siempre hay dos hombres cuidando que no intente nada.Tampoco he podido sacarles información sobre nada; las empleadas no contestan mis preguntas, el mayordomo es esquivo y ese hombre, el tal señor Valente, no ha vuelto a aparecer desde la otra noche. Extraño a Adrián, necesito encontrar la manera de mandarle un mensaje, de pedirle que venga por mí, que me rescate y me lleve lejos de esta ciudad; juntos podemos salir adelante.Me desplomo en el piso lu
El fuego del abismo arde con intensidad bajo mis pies, pero sus llamas no alcanzan mi piel.AdaraEl eco de la puerta al cerrarse se queda flotando en el aire como un recordatorio de mi infructuoso intento de escape. Me acomodo como puedo sobre la cama y me cubro de nuevo las piernas para ocultar mi tobillo hinchado. Cada palpitar en el pie me recuerda la humillación de rodar por los escalones; sin embargo, me niego a mostrar debilidad o sumisión. No frente a ellos. No frente al hombre que decidió ser Dios y jugar con mi destino.No sé cuánto tiempo pasa, quizás unos quince minutos. Mi corazón retumba contra mis costillas, acelerándose con cada crujido del piso al caminar. Dejo de respirar y cierro los ojos, centrando todos mis sentidos en solo escuchar. Pasos pesados y firmes resuenan deliberadamente en el pasillo. No son los pasos sigilosos del personal de servicio, ni el andar monárquico del mayordomo. Es una pisada que transmite la autoridad de alguien acostumbrado a que el mundo
He cruzado las puertas del infierno, pero no me resigno a ser una de las condenadas al fuego eterno.AdaraCuento hasta diez antes de salir de mi escondite. Abro la puerta con cuidado y asomo la cabeza; al no ver a nadie, me lanzo hacia la puerta principal y la abro de golpe; no obstante, me quedo de piedra cuando dos hombres, enormes y robustos, se giran ambos en mi dirección. Me miran como si esperaran una explicación de mi parte, pero reacciono rápidamente y me aprovecho del momento y me lanzo corriendo hacia el frente con todas mis fuerzas.A mitad de la escalinata, mi pie falla al pisar y resbalo. Mi culo rebota un par de veces antes de llegar hasta abajo. Un dolor punzante se me extiende desde el codo del brazo derecho por todo el cuerpo y se mezcla con el ardor en mis rodillas. Aprieto los dientes y me trago el dolor e intento ponerme de pie, pero al levantarme e intentar erguirme para correr de nuevo, uno de mis pies falla y me deja caer de nuevo.Esta vez el dolor es mucho má
A la una. A las dos. Y a las tres. ¡Vendida!DamiánCreo que hasta ahora jamás me había excedido con las cosas que compro. Supongo que fui impulsivo, pero si el dinero no sirve para eso, ¿entonces para qué tengo tanto? Apruebo el pago y le ordeno a mis hombres que retiren la mercancía en la dirección del vendedor. Es la primera vez que me involucro en algo tan enfermo; es tan bajo y asqueroso, pero confieso que la sensación de poder es excitante.Además, viéndolo desde cierto ángulo, podría decir que se trata de una obra benéfica. Al menos no soy uno de esos tipos asquerosos que ya tenían planeado cómo disfrutar de cada dólar invertido. Conmigo no tendrá por qué preocuparse por esas cosas; puedo encontrar placer cuando se me dé la gana. Y quizás, hasta hayan exagerado sus supuestos atributos divinos.Ninguna mujer en esta época es virgen ni santa.Abandono el salón de la subasta, donde las luces de araña de cristal relucen con orgullo sobre la alfombra de terciopelo, y voy directo al







