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Vendida al Misterioso Multimillonario
Vendida al Misterioso Multimillonario
Author: Luna De Artemis

Capitulo Uno

last update publish date: 2026-09-01 07:13:04

El precio de un apellido es el sacrificio del corazón.

Adara

Hoy hace un sol hermoso y el clima, aunque un poco caluroso, es perfecto. Lástima que Adrián tuvo que trabajar; me habría gustado pasar la tarde con él en vez de estar aquí, intentando terminar de leer este libro mientras mi mente solo puede pensar en él, en su sonrisa y en las promesas que nos hicimos a escondidas. Recordar cómo casi pierdo la cabeza entre sus brazos, un año juntos y aun no me atrevo a… el día que me haga suya, debe ser el día más perfecto de mi vida.

Nuestra noche de bodas.

Dejo escapar un suspiro y aparto la mirada de las páginas, fijándola en el jardín. Intento concentrarme, pero el ambiente en esta casa siempre es pesado, como si el aire mismo recordara las deudas y las apariencias que mis padres se esmeran tanto por mantener. Mi padre no hace más que tomar malas decisiones con respecto a la empresa, mi madre no sale del centro comercial, claro es un pecado mortal para ella dejar de consentir a su adorada hija.

—Adara hija, aquí estas —La voz de mi madre me sobresalta y me hace incorporar con rapidez—. Toma mi amor. Hace calor, necesitas refrescarte. —Esboza una sonrisa que me hace estremecer internamente, ella nunca me trata así, su tono es demasiado dulce y sus gestos son como si de pronto me hubiera convertido en Briana.

Parpadeo, sorprendida, al ver que extiende hacia mí un vaso de cristal empañado por el frío, lleno de una limonada con hielo. La miro en silencio, sin poder ocultar mi desconcierto. Los gestos amables no existen en su vocabulario, al menos no conmigo. Para mis padres, la única que merece atenciones, mimos y un futuro brillante es mi hermana menor, Briana. Ella es el sol que ilumina sus vidas, la joya de la corona; yo, en cambio, solo soy la sombra que debe sacrificarse para que ella nunca pierda su brillo.

—Gracias, mamá —murmuro, tomando el vaso con mano temblorosa.

Las paredes de hielo del cristal se sienten reconfortantes contra mis palmas sudorosas. Mi madre me dedica una sonrisa que no llega a sus ojos, una mueca extraña que me revuelve el estómago, pero decido ignorar mi intuición. Quizás, por una vez en la vida, simplemente está teniendo un gesto genuino.

Trago saliva, para deshacer el miedo que se me atraviesa en medio de la garganta. La tengo seca, así que le doy un trago largo y generoso. El líquido refrescante baja por mi garganta, pero deja un gusto amargo al final. Como si los limones hubieran estado podridos. Bebo solo la mitad del contenido y dejo el vaso en la mesita del jardín.

—Tómatelo todo —insiste—, de un solo trago, que se va a calentar. —Su mirada se mantiene fija en mis movimientos, casi sin pestañear.

Su tono me da escalofríos. Dudo si volver a beber, pero ella toma el vaso de la mesa y me lo extiende de nuevo, un extraño presentimiento se me instala en la boca del estómago, pero termino la bebida bajo su atenta supervisión. Apenas asiento para indicarle que he terminado, ella me arrebata el vaso vacío de las manos al tiempo que su sonrisa se ensancha un poco más si es que eso es posible.

—Buena niña, obediente y útil. —Se da la vuelta a toda prisa y desaparece por el pasillo sin decir una palabra más.

Me quedo sola en el sillón, estática, con el libro abierto sobre la mesa y tratando de comprender la última frase: obediente y útil. Intento retomar la lectura, pero las letras empiezan a borrarse. Mi estómago se siente extraño, como cuando se navega en barco. Mis párpados, de repente, pesan no puedo mantenerlos abiertos, por más que lo intento. El calor del día se transforma en una pesadez asfixiante que me recorre las venas. Un zumbido agudo comienza a aturdirme los oídos y el suelo parece balancearse bajo mis pies.

Algo anda mal. Muy mal.

Intento ir adentro por ayuda, pero mis piernas no responden; se sienten como gelatina. El libro resbala de la mesa cuando sin querer tropiezo con ella y cae al suelo con un golpe sordo que escucho a la distancia, como si estuviera sumergida bajo el agua. La luz del sol que se filtra por entre las ramas de los arboles empieza a desvanecerse, tornándose en una oscuridad densa que me arrastra hacia abajo.

Adrián... —pienso, en un último y desesperado suspiro, antes de que el mundo se apague por completo.

…

Un dolor de cabeza punzante me devuelve a la realidad. Siento los párpados pesados, pegados por un sueño que no siento en la cabeza. Trago saliva, pero tengo la boca tan seca que me escuece la garganta. El sabor a limonada amarga ya no está; solo queda un ligero gusto a agrio en mi paladar, el aire que respiro huele a limpio, a una fragancia costosa, masculina y extrañamente imponente que jamás había percibido en mi casa. Adrián me rescató. Pero ese no es su perfume.

Abro los ojos de golpe, espantada por la desorientación que me golpea con fuerza. Me sujeto de las sabanas cuando todo da vueltas y la bilis se me sube por la garganta, pero no llega a salir. Respiro hondo e intento que mi estómago se calme mientras enfoco nuevamente la vista, esta vez lo hago despacio.

No estoy en el viejo sillón de mi habitación, ni el mi jardín de mis padres. Me encuentro recostada sobre una cama colosal, envuelta en sábanas de seda gris oscuro tan suaves que parecen irreales. Parpadeo un par de veces, intentando que mi vista borrosa se estabilice, y recorro el lugar. Es una habitación gigantesca, con un diseño digno de un dios nocturno, elegante y aburrida. Paredes de tonos oscuros, muebles de madera fina y un ventanal enorme que muestra un paisaje que no reconozco.

El pánico se dispara en mi pecho, acelerando los latidos de mi corazón. ¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó?

El recuerdo del vaso de limonada golpea mi mente como un balde de agua fría. Me drogó. Mi propia madre me puso algo en la bebida.

—¡Mamá! ¡Briana! —grito, pero mi voz sale rasposa, apenas un hilo de voz que se pierde en la inmensidad de este lugar.

Me obligo a sentarme, luchando contra el mareo que me hace tambalear. Me deslizo fuera de la cama y mis pies descalzos tocan el suelo frío, enviando un escalofrío por toda mi columna. Me quedo quieta, esperando a que mis piernas se acostumbren al peso de mi cuerpo, mientras mi cerebro busca estabilidad para poder funcionar.

Camino hacia la puerta cerrada con la desesperación ardiendo en mi pecho.

Sujeto la manija metálica y la empujo con fuerza. No cede. La jalo hacia mí, la muevo de un lado a otro, golpeando mi cuerpo contra la madera. Nada. Estoy encerrada. Alguien me ha encerrado con llave para asegurarse de que, no pueda escapar. El aire empieza a faltarme en los pulmones, mis piernas pierden fuerza y caigo de rodillas al tiempo que mi mano hecha puño golpea la puerta con toda la fuerza de la que soy capaz.

En mi cabeza, cientos de preguntas se forman sin control y todas giran en torno a una sola: ¿Qué hicieron mis padres conmigo?

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