LOGINArleth. Para la noche, Katia, Cristal y yo nos dedicamos a elegir el vestido que usaré. Estoy comiendo más de lo normal, pero sé que se debe al estrés, así que no le doy importancia y me limito a revisar las notificaciones que siguen llegando a mi teléfono.Hasta que todos los vellos de la nuca se me erizan al leer un mensaje suyo.«Vas a pagar eso, salvaje».Tentar al maldito hijo del diablo me provoca escalofríos. Dejo de comer y me concentro en revisar las opciones de patrocinio, agradeciendo a Dios que, al menos en ese aspecto, tenga a alguien a quien adoro con el alma. Mi hermano me entiende y me permite quedarme con él y con la mujer de cabello rizado a la que consigo hacer reír con bromas que ni yo misma sé de dónde saco, especialmente cuando no tengo el menor sentido del humor.—Mini Erick, despídete de tu adorable tía —le digo al bebé que todavía está dentro del enorme vientre de Santa, antes de besarle el abdomen.Las patadas que recibo en la mano la hacen reír y quejarse a
Arleth. —Si me dices qué ocurre, quizá consiga entenderlo, porque justo ahora no tengo idea de lo que está pasando —comenta Elién mientras estamos en una gasolinera y me entrega una botella de agua—. ¿Ese era el socio de…?—No, no lo era —respondo, fingiendo demencia—. Solo era un acosador que quiso robarme el móvil. —Sonrío como si nada hubiera ocurrido—. Ahora dime para qué me necesitas.Cambiar de tema es una señal clarísima de que algo sucede, y acabo de darla sin el menor disimulo. Sin embargo, estoy tan alterada que no me interesa pensar en la posibilidad de que Gavrel esté metido en un embrollo por mi culpa.Él se lo buscó, me digo. Aunque, siendo quien es…En realidad, no tengo ni una sola idea de quién es Gavrel en realidad. Está claro que no es solamente un chef, y sé que hacer desaparecer una vida no le pesa tanto como debería. Sin embargo, ahora mismo cargo con una conciencia que no me deja en paz, mientras Elién permanece a mi lado hablándome de la sorpresa que quieren d
Arleth.La comida no me sabe a nada. Busco en el refrigerador algo que me ayude a aminorar el enojo, pero estoy tan molesta que termino por dejarlo todo de nuevo en su lugar.Opto por un jugo de zanahoria con naranja, que me llevo a la habitación junto con una revista en la que busco algún artículo capaz de distraerme. Necesito pensar en cualquier cosa que no sea ese ruso y las fotografías que tuve la desgracia de ver. No es que me importe lo que haga con su vida, por supuesto. Simplemente me molesta la falta de profesionalismo de los medios al publicar semejantes titulares. Sí, es eso.Mi teléfono no deja de sonar y, cuando miro la pantalla, veo que es Elién. Me pregunta si puedo acompañarlo. La distracción que estaba buscando, me digo, agradeciendo que haya aparecido una oportunidad para salir de casa y dejar de pensar en estupideces.Opto por irme tal cual estoy vestida. La sudadera me llega hasta el trasero, los pantalones cortos son cómodos y las sandalias rosas…Tan mal no están
ArlethMe miro al espejo una vez más mientras maquillo las marcas que todavía no desaparecen. Mi piel se ve completamente maltratada. Estoy segura de que, si algún medio logra capturar una imagen mía en estas condiciones, dirán que fui sometida a violencia o torturas.Ese ruso gruñón tiene serios problemas de vampirismo o, al menos, quiere desarrollarlos. Porque no es normal que, cada vez que follo con él, tenga que usar maquillaje hasta en las piernas por su culpa.—¡Dime que aceptarás! —La puerta se cierra de golpe y mi brocha cae ante el susto que me provoca ver a Katia aparecer con una revista entre las manos—. ¡Dímelo, Ambrosetti!—No lo creo. Solo es una suposición y no quiero llenarme de trabajo —le digo, tomando la revista para leer el artículo en el que se habla de la propuesta de representar a Nueva York en el certamen para recaudar fondos—. Además, no soy de esto. Lo mío es...—El modelaje, ya lo sé. Pero ¿sabes cuándo te volverán a elegir? ¡En veinte años! —Es una exagerad
Gavrel Mikhailov. La tela de la camiseta se me adhiere a los bíceps a medida que el sudor empieza a brotar y a empaparme la piel. Devoro los kilómetros sin mirar un rumbo fijo; solo busco drenar el excedente de energía y ordenar el caos de mi cabeza. Tengo la inauguración encima, el diseño de los nuevos menús, la cena formal de Zarya con su marido y, por si fuera poco, el itinerario de supervisión para los veintisiete clanes que ya están bajo nuestra red.El tiempo libre será un lujo inexistente las próximas semanas. El ejercicio es mi única válvula de escape; quedarme en la cama es una pérdida de tiempo intolerable, más sabiendo que en cada esquina de mi oficina me aguarda una montaña de pendientes.Me detengo en seco para beber agua en cuanto evoco la otra tarea que pienso poner en marcha, ya que no pienso tolerar ese tipo de absurdeces y si puedo comprar la paz que me eliminará problemas futuros, claro que pagaré por ello. Saco el teléfono, busco la línea cifrada y marco el contac
Gavrel Mikhailov.—Ahí estás —la voz de Marcus me frena en seco apenas pongo un pie en el jardín, con la piel de la nuca ardiéndome por los arañazos—. Creí que te habías largado. Qué bueno que no; estamos por empezar la cena.—Creí que ya había terminado —respondo sin filtrar el cinismo, dándome cuenta un segundo después de que he hablado de más—. Estuve atrapado en una llamada con mi subgerente en Milán. Se extendió casi una hora.—Sí, tuvimos un retraso porque Santa se sintió indispuesta —comenta Marcus, escoltándome hacia el gran salón, donde la imponente mesa ya está servida y ocupada por la mayoría de los invitados.Ethan me saluda con un cabeceo. Al lado, Matthew Brown me clava una mirada cargada de una suspicacia que descifro al instante; mantengo el rostro de piedra, negándome a concederle el más mínimo indicio de nerviosismo. Porque no lo siento. Un Mikhailov no se intimida ante los ojos de nadie.—¡Todos a la mesa, por favor! —anuncia una voz alzada.En ese instante, Arleth







