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4. Acusaciones

Author: Catartsis
last update publish date: 2026-06-14 12:24:45

La reunión estalló en un caos absoluto. Las conversaciones cruzadas roncaban por toda la habitación al mismo tiempo; algunos familiares discutían entre sí, otros intentaban arrinconar a Alejandro para hacerlo entrar en razón, y unos cuantos clavan en Camila miradas cargadas de morbosidad y desprecio, como si estuvieran contemplando a una criminal que acababa de salirse con la suya.

​Camila deseaba que la tierra se la tragara. No alcanzaba a comprender en qué momento exacto su vida se había descarrilado de tal manera: en cuestión de horas había pasado de terminar un encargo en la paz de su modesto apartamento a convertirse en el chivo expiatorio de una encarnizada guerra de poder.

​—Esto no se va a quedar así —la voz de Leonardo cortó el murmullo general como un látigo.

​Alejandro, impertérrito, sostuvo la embestida.

​—No. Claro que no.

​—Hablaremos. En privado. Y ahora mismo —sentenció el joven, y sin aguardar réplica, dio media vuelta y abandonó el salón a paso firme.

​Andrea fue tras sus pasos de inmediato, ahogando un sollozo. Victoria, por su parte, clavó sus ojos en Camila durante unos segundos interminables antes de erguirse con altivez y seguir a su hijo. Esa última mirada helada fue suficiente para advertirle a la joven que las cosas no solo se habían complicado, sino que estaban a punto de volverse un infierno.

​Cuando la mayoría de los presentes comenzó a dispersarse hacia la terraza o la salida, Camila se abrió paso hasta la cabecera. Por primera vez desde que la había citado, notó el peso real de los años sobre los hombros de Alejandro. Se veía agotado, severamente desgastado por la tensión.

​—Necesito hablar contigo —exigió ella en un susurro firme.

​El patriarca asintió, pesadamente.

​—Lo sé.

​—Ahora. En este preciso instante.

​El hombre leyó la determinación en el rostro de la joven y comprendió que esta vez no habría espacio para evasivas.

​—Acompañame.

​La guió a través del pasillo hasta su despacho privado, una amplia estancia revestida en maderas oscuras, aromatizada con tabaco viejo y cuero, e iluminada por la tenue luz de las bibliotecas. Camila había estado allí docenas de veces para tomar el té o revisar catálogos de arte, pero esa noche la habitación se sentía sofocante, como una jaula de oro.

​En cuanto la pesada puerta de roble se cerró tras ellos, Camila se volvió de golpe.

​—¿Por qué? —espetó con la voz quebrada por la frustración.

​Alejandro dejó escapar un largo suspiro.

​—Camila, escucha...

​—No, Alejandro. Dímelo de verdad. ¿Por qué yo?

​Durante años había aceptado su tutela silenciosa sin hacer preguntas incómodas: la pensión de sus estudios, la protección tras la muerte de su madre, las invitaciones ocasionales a la mansión... Pero esto sobrepasaba cualquier límite.

​—Porque eres la única persona en la que puedo confiar a ciegas —respondió él, mirándola a los ojos.

​Camila negó con la cabeza, incrédula.

​—Eso no es una respuesta. No es suficiente.

​—Para mí lo es.

​—¡Pues para mí no! —alzó la voz por primera vez en la noche—. ¡Leonardo me aborrece!

​—No te aborrece...

​—¡Acaba de jurar delante de toda su familia que preferiría estar muerto antes que unirse a mí! —lo interrumpió ella, sintiendo el ardor de las lágrimas contenido en la garganta—. No me digas que son exageraciones. Está furioso, Alejandro. Nos odia a los dos.

​Se encaminó hacia el gran ventanal del despacho. A través del cristal, los focos del jardín iluminaban la lluvia fina que comenzaba a caer.

​—Además, tiene una pareja —añadió Camila, dándose la vuelta—. Se supone que iba a comprometerse con ella. Nada de esto es normal ni justo. ¿Qué es lo que verdaderamente estás planeando?

​Alejandro cruzó los brazos tras la espalda, midiendo cada una de sus palabras con excesiva cautela.

​—Hay piezas de esta historia que todavía no puedo revelar.

​Aquella reticencia terminó por colmar la paciencia de la joven.

​—¿Esto tiene que ver con mi madre? —soltó a quemarropa.

​Un destello de sombra cruzó la mirada del anciano durante una fracción de segundo. Un leve movimiento en su mandíbula que no pasó desapercibido. Camila lo vio. Lo sintió en el aire. Había dado en el blanco.

​—¿Qué lugar ocupa el recuerdo de mi madre en todo este chantaje? —insistió, dando un paso hacia él.

​—Nada de lo que estás imaginando en este momento...

​—¡Entonces explícamelo de una vez!

​Alejandro entreabrió los labios para responder, pero la puerta del despacho se abrió de golpe, estrellándose contra la pared.

​Ambos se giraron bruscamente. Leonardo estaba plantado en el umbral, despojado de la chaqueta del traje, con la corbata a medio aflojar y el rostro transfigurado por una ira desbordada. Sus ojos, negros y helados, barrieron la estancia hasta fijarse de lleno en Camila.

​—Vaya, qué cuadro tan entrañable —soltó con una ironía cargada de veneno—. Justo la persona a la que estaba buscando.

​A Camila se le encogió el estómago en un puño. Aunque Leonardo jamás había sido cercano ni especialmente afectuoso con ella, jamás la había mirado con esa expresión: una mezcla de asco, traición y abierta hostilidad. Como si tuviera frente a sí a su peor enemiga.

​En ese instante, mientras la puerta volvía a cerrarse tras él con una amenaza implícita, la dura realidad la golpeó sin piedad. Aquella boda no era una salida, ni una protección, ni la oportunidad secreta con la que alguna vez soñó de joven: estaba a punto de ingresar voluntariamente a la peor pesadilla de su vida.

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