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5. Lo que crees de mí

Penulis: Catartsis
last update Tanggal publikasi: 2026-06-15 23:03:59

El silencio que siguió a la entrada de Leonardo fue pesado, incómodo, sofocante.

Camila observó cómo cerraba la puerta del despacho con un golpe seco, sin apartar la mirada de ella ni un solo segundo. Había enojo en sus ojos. Un enojo oscuro y visceral. Y, por alguna razón, ver esa mirada le dolió en lo más profundo. Después de tantos años admirándolo en secreto, le resultaba frustrante comprobar cómo un simple gesto suyo aún tenía el poder de desarmarla por completo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Leonardo, con la voz cargada de una frialdad cortante.

Camila frunció el ceño, apretando la correa de su bolso.

—Alejandro me pidió que me quedara.

—Claro.

Esa única palabra resonó como un escupitajo. Leonardo soltó una risa amarga y llena de veneno mientras se aflojaba ligeramente el nudo de la corbata.

—Qué conveniente.

Camila tardó un par de segundos en procesar lo que estaba insinuando. Cuando la acusación implícita terminó de cuajar en su mente, la tristeza inicial se transformó en una chispa de rabia sorda.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Creo que está bastante claro —espetó él, dando un paso al frente.

—Leonardo —intervino Alejandro desde su escritorio, con tono de advertencia.

Pero su hijo ni siquiera se molestó en girarse a mirarlo. Su fijación era absoluta.

—¿Cuánto tiempo llevabas planeando esto? —preguntó, encarando a Camila.

Ella lo miró, sinceramente confundida.

—¿Planeando qué?

—No te hagas la inocente.

Aquello colmó el vaso. Camila podía tolerar la arrogancia de Victoria, los murmullos de la familia e incluso la abierta hostilidad de Andrea. Pero que Leonardo, el hombre al que había guardado en un altar durante siete años, la tratara como a una vil manipuladora... eso superaba sus fuerzas.

—No sé de qué demonios estás hablando.

—¿En serio? —Leonardo la escudriñó de arriba abajo con evidente desprecio—. Mi padre anuncia de la nada que debemos casarnos y tú pretendes que me crea que no tenías ni idea.

—¡Porque no sabía absolutamente nada!

—Por favor.

La incredulidad en su rostro era una bofetada. Durante años, Camila había imaginado miles de conversaciones con él: charlas amables, momentos cotidianos, coincidencias simples. Jamás se imaginó estar en esa habitación, siendo juzgada como una mentirosa y una cazafortunas.

—No tuve absolutamente nada que ver con esta locura —dijo ella, con la voz temblando por la impotencia.

—¿Y esperas que me lo trague?

—Es la pura verdad.

Leonardo dejó escapar otra risotada cínica, negando con la cabeza.

—Mi padre lleva años protegiéndote, pagándote la vida...

—¡Porque era el mejor amigo de mi madre! —lo interrumpió ella.

—... y ahora resulta que también quiere convertirte en una Montenegro de la noche a la mañana. ¡Qué casualidad tan oportuna!

Alejandro dio un paso al frente, alzando la voz:

—¡Basta ya, Leonardo!

—¡No! —la respuesta de su hijo fue inmediata, rotunda, llena de rabia acumulada—. ¡Estoy harto de que todos en esta casa actúen como si este circo fuera normal!

Volvió a clavar sus ojos oscuros en Camila.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?

Camila guardó silencio. No quería escuchar la puñalada que venía a continuación, pero tampoco podía moverse.

—Que ni siquiera me sorprende.

Esas palabras cayeron con un peso aplastante. Implicaban algo devastador: que durante todo ese tiempo, mientras ella lo guardaba en su memoria como su héroe de la infancia, él solo había alimentado prejuicios y desprecio hacia ella. Jamás le había dado el beneficio de la duda.

—No tienes ningún derecho a decirme eso —soltó Camila. La frase escapó de sus labios antes de que pudiera frenarla.

Leonardo arqueó una ceja, sorprendido. No estaba acostumbrado a que la chica callada y sumisa que siempre gravitaba en la periferia de su familia le hiciera frente.

—¿Ah, no?

—No —por primera vez en la noche, Camila sostuvo su mirada sin pestañear. El corazón le latía desbocado contra las costillas, pero no bajó la cabeza—. Puedes estar furioso con tu padre. Puedes estar furioso con esta situación ridícula. Puedes odiar con todas tus fuerzas la idea de este matrimonio. Pero no tienes ningún derecho a acusarme de una trampa que yo no he tendido.

Leonardo se quedó inmóvil. Durante una fracción de segundo, la sombra de la duda y la sorpresa cruzó su rostro, aunque se apresuró a enmascararla tras su habitual rigidez.

—¿Y qué pretendes que piense?

—La verdad.

—¿Cuál verdad?

Camila tomó aire, tratando de calmar el temblor de su pecho.

—Que yo tampoco quiero esto.

No era una verdad absoluta. Una parte remota y masoquista de su alma alguna vez soñó con pertenecer a su vida. Pero jamás así. No como una moneda de cambio. No bajo la amenaza de un contrato de cuatro años. No viendo el asco reflejado en las pupilas del hombre que amaba.

—Si yo pudiera elegir —continuó con firmeza—, ahora mismo estaría en mi apartamento pintando. Lejos de esta casa. Lejos de esta discusión.

El despacho quedó sumido en un silencio absoluto. Alejandro permaneció al margen, observando la química tensa entre ambos sin intervenir.

—No te creo —sentenció Leonardo tras varios segundos.

Sin embargo, a diferencia de sus ataques anteriores, esta vez su voz no sonó agresiva; sonó extrañamente distante, como si intentara convencerse a sí mismo.

Camila sintió cómo algo en su interior se quebraba. Una fisura diminuta pero irreparable en la ilusión que había alimentado durante siete años.

—Ese es tu problema, no el mío.

Leonardo parpadeó, completamente descolocado por la frialdad de su respuesta. A decir verdad, la propia Camila se sorprendió de su temple. Siempre había evitado el conflicto, prefiriendo tragar en silencio antes que causar molestias. Pero esa noche estaba exhausta. Cansada de la altivez de la alta sociedad, cansada de pagar culpas ajenas y cansada de ser juzgada por personas que no sabían nada de su vida.

Ajustó la correa de su bolso sobre el hombro y dio media vuelta.

—Creo que ya he escuchado más que suficiente por hoy.

—Camila, espera... —intentó detenerla Alejandro.

Ella negó suavemente con la cabeza, sin mirarlo.

—Necesito irme. Necesito respirar.

Caminó a paso firme hacia la salida. Sin embargo, justo al pasar por el lado de Leonardo, se detuvo un segundo. Lo suficiente para cruzar su mirada por última vez y soltar las palabras que llevaba años atragantadas en la garganta:

—Es triste.

Leonardo frunció el ceño, intrigado a su pesar.

—¿Qué?

Camila lo miró a los ojos con una mezcla de lástima y resignación.

—Que después de tantos años, sigas sin tener la menor idea de quién soy.

Y sin esperar respuesta, cruzó el umbral y cerró la puerta tras de sí, dejando a un Alejandro en silencio y a un Leonardo que, por primera vez en su vida, se quedó parado en medio de la habitación sin saber qué decir.

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