LOGIN"Antes muerto que casarme con ella." Esas fueron las palabras de Leonardo Montenegro cuando su padre anunció que debía casarse con Camila Reyes para conservar el imperio familiar. Para él, ella es una oportunista. Para su familia, una intrusa. Y para su amante, un obstáculo que debe desaparecer. Lo que nadie sabe es que Camila lleva años enamorada del hombre que acaba de romperle el corazón. Atrapada en un matrimonio por contrato de cuatro años, deberá soportar humillaciones, traiciones y secretos que cambiarán su vida para siempre. Pero cuando Leonardo finalmente descubra que la mujer que siempre ignoró era la única capaz de amarlo de verdad, Camila ya no estará dispuesta a entregarle su corazón.
View MoreEl olor a pintura era una de las pocas cosas capaces de tranquilizar a Camila.
Siempre había sido así. Cuando era niña, dibujaba para olvidar las discusiones que escuchaba a través de las paredes del pequeño apartamento donde vivía con su madre. Después de su muerte, dibujó para combatir la soledad. Y ahora, a sus veintitrés años, seguía refugiándose entre pinceles, lienzos y manchas de colores cada vez que el mundo se volvía demasiado complicado y aquella mañana no era la excepción. La luz del sol entraba por la única ventana de su estudio improvisado, iluminando los tubos de pintura desperdigados sobre una mesa vieja que ya había conocido tiempos mejores. El apartamento era pequeño. Muy pequeño. Pero era suyo. Cada rincón estaba lleno de algo que la representaba. Plantas junto a las ventanas. Libros apilados sobre el suelo. Cuadernos llenos de bocetos. Tazas manchadas de pintura. Y decenas de cuadros apoyados contra las paredes. Algunos terminados. Otros a medio hacer. Otros que probablemente nunca terminaría. Camila observó su trabajo con gesto crítico. Era un retrato encargado por una pareja que celebraba su aniversario. Llevaba días trabajando en él. Y aun así sentía que algo faltaba. —Eres demasiado perfeccionista —murmuró para sí misma. Dejó el pincel sobre la mesa y se alejó unos pasos. Lo cierto era que el cuadro estaba bien. Más que bien. Pero nunca lograba sentirse completamente satisfecha. Quizás porque siempre estaba persiguiendo algo más. Algo que todavía no sabía definir. Su teléfono vibró sobre el sofá. Camila se limpió las manos en un trapo antes de tomarlo. El nombre que apareció en la pantalla la hizo sonreír. Alejandro Montenegro. —Buenos días. —Buenos días, pequeña artista. La sonrisa de Camila se amplió. Alejandro era una de las pocas personas capaces de llamarla así sin que le molestara. —¿Qué ocurre? —¿No puedo llamar simplemente para saludarte? —Podrías, pero nunca lo haces. La carcajada de Alejandro resonó al otro lado de la línea. —Tienes razón. —¿Entonces? —Quiero que vengas esta noche a la mansión. Camila frunció el ceño. —¿Hay alguna celebración? —Algo parecido. —Eso no responde mi pregunta. —Lo sé. —Alejandro... —Solo necesito que vengas. El tono de su voz era extraño. Demasiado serio. Demasiado solemne. Camila se enderezó automáticamente. —¿Ha pasado algo? —No. La respuesta llegó demasiado rápido. —¿Estás seguro? —Sí. Hubo una breve pausa. —Confía en mí. Camila observó por la ventana. Confiaba en él. Más que en cualquier otra persona. Después de todo, Alejandro había estado presente durante gran parte de su vida. Incluso después de la muerte de su madre. Incluso cuando nadie más estaba allí. —Estaré allá. —Perfecto. La llamada terminó unos segundos después. Camila dejó el teléfono sobre la mesa. Aunque intentó regresar al trabajo, ya no pudo concentrarse. Algo no estaba bien. Podía sentirlo. Y esa sensación no desapareció durante el resto del día. Horas más tarde, mientras se preparaba para salir, observó su reflejo en el espejo. No era una mujer especialmente llamativa. Al menos eso pensaba ella. Su cabello castaño oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros. Sus ojos tenían el mismo tono cálido que los de su madre. Y su figura era delgada debido a las largas horas que pasaba pintando y olvidándose de comer. Escogió un vestido azul sencillo. Nada demasiado elegante. Nada demasiado informal. Después de todo, se trataba de una reunión familiar. O al menos eso creía. Tomó su bolso. Apagó las luces. Y salió del apartamento. Mientras esperaba el taxi frente al edificio, no pudo evitar pensar en la última vez que había visto a Leonardo. Había ocurrido dos semanas antes. Durante una cena organizada por Alejandro. No habían intercambiado más de tres palabras. No era algo inusual. Leonardo siempre parecía demasiado ocupado para notar su presencia. Y aun así... Camila sonrió con tristeza. Era ridículo. Completamente ridículo. Porque después de tantos años seguía sintiendo exactamente lo mismo. Recordó aquella tarde cuando tenía dieciséis años. Los comentarios crueles. Las risas. Las personas que hablaban de ella y de su madre como si fueran oportunistas. Y luego recordó a Leonardo. Defendiéndola. Solo una vez. Una única vez. Ni siquiera había sido algo extraordinario. Pero para ella había significado todo. Quizás por eso nunca logró olvidarlo. Quizás por eso seguía aferrándose a una ilusión imposible. El sonido de una bocina la sacó de sus pensamientos. Su taxi había llegado. Camila subió al vehículo. Sin saber que aquella noche estaba a punto de cambiar su vida para siempre.Camila permaneció junto a la ventana hasta que el automóvil de Leonardo desapareció al final de la calle.No sabía por qué había aceptado que se marchara.Quizás porque necesitaba estar sola.Quizás porque todavía no sabía qué pensar.O quizás porque, por primera vez, había comprendido que todo aquello era mucho más grande de lo que había imaginado.La carta de su madre seguía sobre la mesa.Camila regresó lentamente hacia ella y volvió a leerla.No había muchas palabras. Apenas unas líneas escritas con la letra que había aprendido a reconocer desde niña. Sin embargo, cada una parecía pesar más que la anterior."Si alguna vez alguien llamado Gabriel intenta acercarse a ti, no confíes en él."Su madre había escrito aquello antes de morir.Eso significaba que había conocido a Gabriel.Pero también significaba algo todavía más inquietante.Había sabido que algún día podía intenta
Leonardo supo que algo había ocurrido antes de que Camila dijera una sola palabra. La encontró fuera de la galería, sentada en uno de los escalones de la entrada, con el teléfono entre las manos y la mirada perdida en algún punto de la calle. Había llegado apenas unos minutos después de recibir su llamada y, aunque había intentado convencerse de que probablemente estaba exagerando, la expresión de Camila borró cualquier posibilidad de tranquilidad. Bajó del automóvil y caminó rápidamente hacia ella. —Camila. Ella levantó la mirada. Por un instante pareció aliviada. Después recordó que él estaba allí y su expresión volvió a endurecerse. —¿Por qué tardaste tanto? Leonardo se quedó frente a ella. —Estaba en una
Camila despertó antes de que sonara la alarma. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo de su habitación mientras intentaba recordar dónde estaba. Había tenido un sueño extraño, aunque cuanto más intentaba reconstruirlo, más se desvanecían las imágenes. Solo le quedaba una sensación incómoda, una especie de advertencia que no conseguía explicar. Se incorporó lentamente y miró hacia la ventana. La ciudad apenas comenzaba a despertar. Algunos edificios todavía tenían las luces encendidas y el cielo mostraba ese tono grisáceo que aparecía antes del amanecer. Entonces recordó la noche anterior. Gabriel. El hombre que había aparecido en su vida sin pedir permiso. El hombre que conocía el nombre de su madre. Y, sobre todo, el hombre que parecía saber mucho más sobre Valeria de lo que estaba dispuesto a contar. Camila había pasado horas intentando encont
Durante varios segundos, nadie fue capaz de decir una palabra.La fotografía permanecía sobre la mesa.Victoria todavía tenía una mano apoyada sobre ella, pero parecía haber olvidado incluso que la estaba tocando. Su mirada se había perdido en algún punto del pasado y, por primera vez desde que Camila la conocía, no había arrogancia en su rostro.Solo miedo.Un miedo antiguo.Camila fue la primera en romper el silencio.—¿Dónde estaba mi madre?Victoria levantó lentamente la mirada.—No lo sé.Camila frunció el ceño.—Acabas de decir que estabas allí.—Estaba allí —repitió Victoria—, pero cuando llegué, Valeria ya no estaba.Aquella respuesta solo consiguió aumentar la confusión.Leonardo se acercó un poco más a su madre.—Mamá, empieza desde el principio.Victoria negó con la cabeza.—No puedo.—Tienes que hacerlo.—No ent






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