LOGIN"Antes muerto que casarme con ella." Esas fueron las palabras de Leonardo Montenegro cuando su padre anunció que debía casarse con Camila Reyes para conservar el imperio familiar. Para él, ella es una oportunista. Para su familia, una intrusa. Y para su amante, un obstáculo que debe desaparecer. Lo que nadie sabe es que Camila lleva años enamorada del hombre que acaba de romperle el corazón. Atrapada en un matrimonio por contrato de cuatro años, deberá soportar humillaciones, traiciones y secretos que cambiarán su vida para siempre. Pero cuando Leonardo finalmente descubra que la mujer que siempre ignoró era la única capaz de amarlo de verdad, Camila ya no estará dispuesta a entregarle su corazón.
View MoreEl olor a trementina y pintura al óleo era la única constante en la vida de Camila. Un aroma denso, químico y honesto que lograba aislarla del ruido del mundo. Cuando era una niña de diez años, usaba sus lápices de colores para acallar las agrias discusiones que retumbaban a través de las delgadas paredes del apartamento donde vivía con su madre; años después, tras el repentino fallecimiento de esta, el pincel se convirtió en su única arma para sobrevivir a la aplastante soledad.
Ahora, a sus veintitrés años, su refugio seguía siendo el mismo: un lienzo en blanco, una paleta cubierta de manchas secas y la ilusión de crear algo hermoso. La luz dorada de la mañana se filtraba por el ventanal de su estudio improvisado, revelando el polvo flotante y el desorden calculado que habitaba en el lugar. El apartamento era diminuto, un espacio modesto en un edificio antiguo cuya renta le consumía casi la totalidad de sus ingresos, pero era plenamente suyo. Libros de historia del arte apilados en los rincones, macetas con plantas que luchaban por crecer y decenas de cuadros apoyados contra las paredes daban testimonio de su día a día. Algunos estaban terminados; otros, a medio hacer; y unos cuantos eran bocetos truncados que jamás tendría el valor de concluir. Camila retrocedió un par de pasos, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano sin notar que dejaba un trazo de azul cobalto sobre su piel. Evaluó el retrato por el que llevaba trabajando dos semanas ininterrumpidas: una pareja madura encargada para un aniversario de bodas. Técnicamente, la luz y la anatomía eran impecables. Las pinceladas capturaban la ternura del rostro de la mujer y la firmeza del hombre. Pero algo faltaba. Un destello de alma, una chispa de pasión real que ella, en su propia vida, jamás había experimentado del todo. —Demasiado perfeccionista —se recriminó en voz baja, suspirando con cierta frustración. Un zumbido persistente sobre el sofá desgastado rompió el silencio. Camila arrojó el pincel en un frasco con disolvente, se limpió las manos en un trapo mugriento y recogió el teléfono. Al leer el nombre en la pantalla, la tensión que tensaba su cuello pareció disiparse al instante. —Buenos días, señor Montenegro —contestó con un tono cálido. —¿Señor Montenegro? Qué elegancia tan innecesaria, pequeña artista —la voz grave y madura de Alejandro resonó con una familiaridad que le reconfortó el alma—. Pensé que ya habíamos superado la etapa de los formalismos. —Depende de la razón de la llamada —bromeó ella, apoyándose contra el borde de la mesa—. Casi nunca me buscas a esta hora a menos que necesites un favor o estés tramando algo. Una pausa inusualmente larga se apoderó de la línea. Cuando Alejandro volvió a hablar, la calidez habitual de su tono había sido reemplazada por una solemnidad rígida que le encendió las alarmas en el pecho. —Quiero que vengas esta noche a la mansión, Camila. A las ocho en punto. —¿Ocurre algo? —preguntó, erguéndose de inmediato—. ¿Es una cena de negocios o alguna reunión de la directiva? Sabes que no suelo encajar muy bien en tus eventos... —No es un evento comercial —la interrumpió él con firmeza—. Solo necesito que estés aquí. Ponte algo adecuado para una ocasión importante. Y, por favor... confía en mí. —Alejandro, me estás asustando. Tu voz suena... —Estaré esperando —dijo simplemente, cortando la llamada antes de que ella pudiera interrogarlo más. Camila bajó el teléfono lentamente, con la mirada fija en el lienzo inacabado. La inquietud se instaló en su estómago como una piedra helada. Alejandro Montenegro había sido el tutor no oficial de su vida desde la muerte de su madre. Él había pagado sus estudios de arte, había asegurado que nunca le faltara un techo y la había protegido de la codicia de parientes lejanos. Confiaba en él ciegamente, pero el misterio detrás de su tono auguraba una tormenta. Las horas siguientes transcurrieron en una neblina de distracción. Incapaz de concentrarse en el trabajo, decidió empezar a arreglarse temprano. Frente al espejo del baño, observó su reflejo con cierto escrutinio crítico: su cabello castaño oscuro caía en ondas desordenadas sobre la espalda, y sus ojos, grandes y del mismo tono avellana cálido que los de su madre, denotaban el cansancio de las noches en vela. No era la clase de mujer que deslumbraba al entrar a una habitación llena de multimillonarios y modelos, pero había una elegancia serena en sus facciones. Eligió un vestido azul noche de corte sencillo, de tela fluida que se ajustaba con discreción a su figura delgada. No quería llamar la atención, pero tampoco deseaba avergonzar a Alejandro en su propia casa. A las siete y media, mientras esperaba el taxi en la acera bajo una llovizna fina, la brisa fresca le trajo de golpe el recuerdo que siempre intentaba enterrar: Leonardo. La última vez que lo había visto fue dos semanas atrás, durante una recepción ejecutiva a la que Alejandro la había invitado casi por la fuerza. Él había estado al otro lado del salón, impecable en un traje a medida, rodeado de inversores y con esa aura de autoridad absoluta que parecía congelar el aire a su alrededor. Apenas se habían cruzado un par de palabras de cortesía helada antes de que él fuera arrastrado por su círculo social. Para Leonardo, ella no era más que la "protegida huérfana" de su padre; una distracción irrelevante en su camino hacia la cima del grupo corporativo. Y sin embargo, Camila era incapaz de borrar de su memoria la tarde de su decimosexto cumpleaños. Aquel día, durante un almuerzo en el club de campo, un grupo de mujeres de la alta sociedad la habían acorralado en la terraza, lanzándole comentarios venenosos sobre el origen modesto de su madre y acusándolas entre risas de ser simples cazafortunas mantenidas por Don Alejandro. Camila, petrificada y al borde de las lágrimas, solo deseaba que la tierra se la tragara. Fue entonces cuando un joven Leonardo —de apenas veintiún años, pero ya temible y dominante— avanzó hacia la terraza. Sin alzar la voz, con una sola mirada cargada de un desprecio tan absoluto que hizo callar a las damas de inmediato, intervino: "Si vuelvo a escuchar una sola falta de respeto hacia los invitados de mi padre, me aseguraré personalmente de que sus familias no vuelvan a poner un pie en las propiedades de la firma Montenegro". Él ni siquiera la había mirado después de eso; simplemente dio la vuelta y se marchó. Para Leonardo había sido un acto rutinario de orgullo familiar y educación. Pero para esa adolescente asustada, fue el momento exacto en que entregó su corazón para siempre. Un amor silencioso, tonto y masoquista que había guardado en secreto durante siete años. El chirrido de los frenos del taxi la devolvió bruscamente a la realidad. Camila subió al vehículo, limpiando una gota de lluvia de su mejilla. Mientras el coche se adentraba en el tráfico nocturno hacia el exclusivo barrio de las colinas, una presión opresiva le encogió el pecho. No lo sabía aún, pero la reunión de esa noche no era una simple cena. Era la trampa que su benefactor había diseñado para salvar el imperio de la familia, una oferta que Leonardo jamás perdonaría y el inicio del contrato que convertiría su amor platónico en una condena de cuatro años.Camila despertó antes de que sonara la alarma.Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo de su habitación mientras intentaba recordar dónde estaba. Había dormido poco y mal. Cada vez que conseguía cerrar los ojos, su mente regresaba a la conversación de la noche anterior, a Gabriel, a Sebastián Durán y a todas aquellas piezas del pasado que parecían estar conectándose de una manera que todavía no lograba comprender.Pero había algo que la inquietaba más que todo lo demás.Leonardo.Recordó la forma en que la había mirado cuando ella le contó lo que había descubierto. No había sido la mirada fría del hombre que había conocido años atrás. Tampoco la del empresario calculador que parecía tener una respuesta para todo.Había miedo.Miedo real.Y eso era lo que más le preocupaba.Porque si Leonardo Montenegro tenía miedo, entonces quizás ella todavía no entendía hasta qué punto estaba metida en aquel
La noche que nadie recuerdaDurante varios segundos, ninguno de los tres dijo una sola palabra.Camila seguía junto a la puerta, con el teléfono pegado al oído y la mirada fija en un punto vacío de la pared. Del otro lado estaba Gabriel. En la llamada estaba Leonardo. Y entre ambos hombres existía una parte del pasado que ella había pasado toda su vida intentando encontrar sin siquiera saber que la estaba buscando.—¿Qué más recuerdas? —preguntó finalmente.La voz de Leonardo tardó en aparecer.—Muy poco.—Intenta.—Camila, tenía siete años.—Lo sé.—Era de noche. Recuerdo que estaba en una casa que no conocía. Había una discusión.Camila sintió un escalofrío.—¿Entre quiénes?Leonardo respiró profundamente.—Tu madre y mi padre.El silencio que siguió fue insoportable.Camila miró hacia la puerta.Gabriel tampoco dijo nada.—¿Aleja
El hombre de la fotografía Camila no podía dejar de mirar la fotografía. La tenía entre los dedos, pero sentía como si no fuera realmente suya. Como si perteneciera a una vida que había ocurrido mucho antes de que ella existiera y que, sin embargo, acababa de convertirse en el centro de la suya. Su madre estaba allí. Valeria. Joven, sonriente, con aquella expresión que Camila recordaba de las pocas fotografías que conservaba de ella. A su lado estaba Sebastián Durán. Y junto a ellos, un hombre que Camila había visto apenas unas horas atrás en una fotografía que alguien le había enviado. Gabriel. El hermano de Sebastián. El hombre que aparentemente llevaba años esperando volver a encontrarla. —No puede ser —murmuró Camila. Leonardo permaneció frente a ella. —Tenemos que irnos. Camila levantó la mirada.
La verdad que faltabaCamila permaneció frente a la puerta sin atreverse a mover un solo músculo.Del otro lado estaba el hombre que había aparecido en fotografías antiguas, el hombre cuyo nombre había comenzado a perseguirla durante los últimos días y, según la carta de su madre, alguien que podía conocer la verdad sobre su nacimiento.Gabriel.Su corazón golpeaba con tanta fuerza que podía sentir cada latido en el pecho.Pensó en llamar a Leonardo.Pensó en pedir ayuda.Pensó incluso en alejarse de la puerta y esperar a que aquella persona desapareciera.Pero entonces recordó la última frase de la carta."Hubo otro hombre."Y debajo de aquellas palabras estaba el nombre de Alejandro.Camila apretó los dedos alrededor del teléfono.—¿Cómo sé que realmente eres Gabriel?Del otro lado hubo silencio.Después una respuesta tranquila.—Porque tu madre me






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