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capitulo 4

last update publish date: 2021-04-21 03:43:49

Capítulo 4

Algo está cambiando

El miércoles por la mañana desperté antes de que sonara la alarma.

Abrí los ojos y me quedé mirando el techo.

Había dormido poco.

No porque tuviera pesadillas ni porque hubiera pasado algo malo.

Simplemente no podía dejar de pensar en todo lo que había ocurrido durante los últimos días.

Pablo.

Su llegada al instituto.

Nuestra primera conversación.

La cafetería.

Las burlas de mis compañeros.

Y, sobre todo, aquella conversación que habíamos tenido antes de despedirnos.

Porque me caes bien, Rosita.

Era una frase sencilla.

Cualquiera podría haberla escuchado sin darle importancia.

Pero para mí significaba mucho más de lo que quería admitir.

Durante años había estado acostumbrada a escuchar exactamente lo contrario.

Que era rara.

Que nadie quería estar conmigo.

Que era demasiado callada.

Que me creía superior.

Que nunca tendría amigos.

Y ahora había alguien que, sin conocerme completamente, parecía estar dispuesto a quedarse.

Me senté en la cama y suspiré.

—No te emociones demasiado —me dije a mí misma—. Apenas lo conoces.

Eso era lo que debía recordar.

Pablo podía ser amable hoy y cambiar mañana.

Las personas cambiaban.

Yo lo sabía mejor que nadie.

Me levanté y comencé a prepararme para ir al instituto.

Mientras me miraba al espejo, intenté convencerme de que aquel día sería diferente.

No pensaría demasiado en Pablo.

No esperaría verlo.

No me pondría nerviosa cuando me sonriera.

Y definitivamente no estaría pendiente de si se sentaba junto a mí.

Sonreí al pensar en aquello.

—Claro, Rosita. Como si fueras capaz.

---

Cuando llegué al instituto, estacioné mi motocicleta y me quité el casco.

Apenas entré por la puerta principal, lo vi.

Pablo estaba apoyado contra una de las columnas, mirando su teléfono.

Al verme, levantó la cabeza.

Y sonrió.

Sentí una pequeña sensación de alegría.

Intenté ocultarla.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

—Llegaste.

—Obviamente.

—Pensé que quizás hoy no vendrías.

Lo miré confundida.

—¿Por qué no vendría?

—No sé. Quizás estabas enferma.

—Estoy perfectamente bien.

—Qué bueno.

Comenzamos a caminar juntos.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Sí.

Mentí.

—¿Y tú?

—Más o menos.

—¿Por qué?

—Estuve pensando.

—Eso es peligroso.

Pablo soltó una carcajada.

—Muy graciosa.

—Gracias.

Llegamos al salón y nos sentamos.

Poco después comenzaron a llegar los demás estudiantes.

Noté que algunas personas nos observaban.

Pero esta vez no me molestó tanto.

Quizás porque Pablo estaba conmigo.

Quizás porque por primera vez sentía que no tenía que enfrentar aquellas miradas completamente sola.

---

La primera clase pasó rápidamente.

Durante el cambio de asignatura, Pablo se acercó a mi pupitre.

—Rosita.

—¿Qué?

—Necesito pedirte un favor.

—Depende.

—¿Me ayudas con el trabajo de Artes?

—¿No sabes hacerlo?

—Sí sé.

—Entonces, ¿por qué necesitas ayuda?

—Porque quiero que quede bonito.

—Eso es diferente.

—Entonces, ¿me ayudas?

Lo observé durante unos segundos.

—Está bien.

—Sabía que aceptarías.

—No estés tan seguro.

—Pero aceptaste.

—Solo porque me das pena.

Pablo puso una mano sobre su pecho.

—Eso dolió.

Me reí.

—Vamos.

Nos sentamos juntos y comenzamos a trabajar.

Pablo tenía buenas ideas, aunque algunas eran bastante extrañas.

—¿Por qué quieres dibujar eso? —pregunté.

—Porque representa libertad.

Miré su dibujo.

Había hecho un paisaje con el mar, un cielo despejado y varias aves.

—Es bonito.

—¿Te gusta?

—Sí.

—Entonces me alegra.

—¿Por qué?

—Porque quiero que te guste.

Me quedé mirándolo.

Él continuó dibujando como si no hubiera dicho nada especial.

Pero aquellas palabras volvieron a hacer que mi corazón latiera más rápido.

Aparté la mirada y continué trabajando.

---

Durante el recreo ocurrió algo que no esperaba.

Pablo me pidió que no fuéramos a la cafetería.

—¿Por qué?

—Quiero enseñarte algo.

—¿Qué cosa?

—Es una sorpresa.

Lo miré con desconfianza.

—No me gustan las sorpresas.

—¿Por qué?

—Porque nunca sabes qué puede pasar.

—Confía en mí.

Aquellas palabras me hicieron detenerme.

Confía en mí.

Era precisamente lo que más me costaba hacer.

—No puedo confiar en ti así de rápido.

Pablo pareció comprenderlo.

—Entonces no confíes todavía.

Lo miré.

—¿Qué?

—Conóceme primero.

Aquella respuesta me sorprendió.

No intentó convencerme.

No se ofendió.

Simplemente aceptó que necesitaba tiempo.

—Está bien —dije.

—Entonces sígueme.

Caminamos por uno de los pasillos del instituto hasta llegar a una pequeña zona detrás del edificio principal.

Había algunos árboles y bancos.

Era un lugar bastante tranquilo.

—¿Sabías que esto existía? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Nunca había venido aquí.

—Yo lo encontré ayer.

Nos sentamos bajo uno de los árboles.

—¿Por qué me trajiste aquí?

Pablo se encogió de hombros.

—Porque dijiste que te gustaba estar tranquila.

Lo miré sorprendida.

Había recordado algo que yo había dicho.

—Pensé que quizás te gustaría este lugar.

Miré alrededor.

El ruido del instituto se escuchaba bastante lejos.

El viento movía suavemente las hojas.

Era tranquilo.

Muy tranquilo.

—Me gusta.

—Lo sabía.

Nos quedamos en silencio.

Pero no era un silencio incómodo.

Era agradable.

Después de unos minutos, Pablo habló.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Depende.

—¿Por qué te escondes tanto?

Lo miré.

—No me escondo.

—Sí lo haces.

—No.

—Rosita, siempre te sientas al fondo. Caminas sola. Comes sola. Evitas hablar con casi todo el mundo.

Me quedé callada.

—No es porque no te gusten las personas —continuó—. Creo que tienes miedo de ellas.

Sentí un nudo en la garganta.

—No sabes nada de mí.

—Tienes razón.

Pablo bajó la mirada.

—Pero quiero saber.

No sabía qué decir.

—No tienes que contarme nada que no quieras.

—Gracias.

—Solo quiero que sepas algo.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

—No tienes que fingir conmigo.

Aquella frase me golpeó de una manera que no esperaba.

Durante años había aprendido a fingir.

A decir que estaba bien.

A sonreír cuando quería llorar.

A ignorar los comentarios.

A actuar como si nada me importara.

Y ahora alguien me decía que no tenía que hacerlo.

Sentí que mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

Aparté rápidamente la mirada.

—¿Estás bien? —preguntó Pablo.

—Sí.

—Rosita...

—Estoy bien.

Pero mi voz me traicionó.

Pablo no insistió.

Simplemente se quedó sentado a mi lado.

Después de unos segundos, respiré profundamente.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no preguntar.

Sonrió.

—Cuando quieras hablar, me lo contarás.

---

El resto del día transcurrió con normalidad.

Pero yo ya no era exactamente la misma.

Algo había cambiado.

No sabía qué.

Quizás era simplemente que había encontrado a alguien con quien podía hablar.

O quizás era algo más.

Al terminar las clases, Pablo me acompañó hasta el estacionamiento.

—¿Te vas directamente a casa?

—Sí.

—¿No tienes nada más que hacer?

—No.

—Entonces mañana tenemos que hacer algo.

Lo miré.

—¿Qué cosa?

—No sé todavía.

—Entonces, ¿cómo sabes que tenemos que hacerlo?

—Porque sí.

Me reí.

—Eres extraño.

—Y tú también.

—Eso fue un insulto.

—No. Fue un cumplido.

Me coloqué el casco.

—Nos vemos mañana.

—Espera.

—¿Qué?

Pablo sacó algo de su mochila.

Era una pequeña pulsera.

La extendió hacia mí.

—Toma.

La miré.

—¿Qué es esto?

—Una pulsera.

—Eso ya lo veo.

—Entonces no preguntes cosas tan obvias.

Lo miré con una expresión seria.

—Pablo.

Él sonrió.

—La compré ayer.

—¿Para mí?

Asintió.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—No puedo aceptarla.

—¿Por qué?

—Porque no tienes que regalarme cosas.

—No es un regalo importante.

—Entonces, ¿qué es?

—Un detalle.

Me quedé mirando la pulsera.

Era sencilla, pero bonita.

—No puedo.

—Rosita.

—Pablo.

—Solo acéptala.

Finalmente extendí la mano.

Él colocó la pulsera sobre mi muñeca.

—Listo.

Miré mi mano.

No sabía por qué aquel pequeño detalle me emocionaba tanto.

Quizás porque hacía mucho tiempo que nadie me regalaba algo simplemente porque había pensado en mí.

—Gracias.

—De nada.

—Me gusta.

—Entonces valió la pena.

Lo miré.

Nuestros ojos se encontraron.

Por unos segundos ninguno dijo nada.

Sentí que el corazón comenzaba a latirme más rápido.

Pablo también parecía haberse quedado sin palabras.

Finalmente, él sonrió.

—Ahora sí. Nos vemos mañana.

—Sí.

Subí a mi motocicleta.

Mientras encendía el motor, volví a mirar la pulsera.

Era pequeña.

Sencilla.

Pero para mí significaba algo.

Al menos alguien había pensado en mí.

---

Esa noche, estaba acostada en mi cama cuando recibí un mensaje.

Miré mi teléfono.

Era Pablo.

Pablo: ¿Llegaste bien?

Sonreí.

Yo: Sí.

Pasaron unos segundos.

Pablo: Bien. Solo quería saber.

Yo: Gracias.

Pablo: ¿Te gustó la pulsera?

Miré mi muñeca.

Todavía la llevaba puesta.

Yo: Sí. Mucho.

Pablo: Me alegro.

Después de unos segundos llegó otro mensaje.

Pablo: Buenas noches, Rosita.

Me quedé mirando la pantalla.

Nunca nadie me había escrito algo así.

No porque fuera algo extraordinario.

Sino porque empezaba a sentir que alguien realmente quería saber de mí.

Escribí una respuesta.

Yo: Buenas noches, Pablo.

Dejé el teléfono sobre la mesita.

Me acomodé entre las sábanas y cerré los ojos.

Pero no podía dormir.

Pensaba en él.

En su sonrisa.

En sus palabras.

En la pulsera.

En aquella manera tan tranquila de acercarse a mí sin obligarme a hacer nada.

Quizás Pablo no sabía cuánto significaba para mí.

Quizás nunca se lo diría.

Pero aquella pequeña pulsera representaba algo que yo había olvidado durante mucho tiempo.

Que alguien podía pensar en mí sin querer hacerme daño.

Y por primera vez me permití imaginar algo que durante años había considerado imposible.

Tal vez podía volver a confiar.

Tal vez podía tener un amigo.

Tal vez...

Solo tal vez...

Pablo podía convertirse en alguien mucho más importante de lo que yo estaba preparada para admitir.

Y sin saberlo, mientras yo pensaba en él desde mi habitación, Pablo también estaba mirando la pantalla de su teléfono.

Había escrito algo.

Lo había borrado.

Lo volvió a escribir.

Y finalmente decidió no enviarlo.

“Me alegra haberte conocido.”

Guardó el teléfono.

Sonrió.

Y se quedó dormido.

Ninguno de los dos sabía todavía que aquel sentimiento que apenas comenzaba a nacer terminaría cambiando nuestras vidas para siempre.

Continuará...

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