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capitulo 5

last update publish date: 2021-04-21 04:33:36

Capítulo 5: Una confianza inesperada

El jueves llegó más rápido de lo que esperaba.

Aquella mañana desperté unos minutos antes de que sonara la alarma. Me quedé mirando el techo, completamente despierta, mientras intentaba entender por qué últimamente mis pensamientos parecían tener un solo nombre.

Pablo.

Sacudí la cabeza y me levanté de la cama.

—No empieces, Rosita —murmuré para mí misma—. Apenas lo conoces.

Era verdad.

Solo llevaba unos días hablando con él y, sin embargo, algo había cambiado. Antes, ir al instituto significaba prepararme mentalmente para ignorar comentarios, miradas y risas. Ahora había alguien a quien esperaba encontrar.

Y eso me asustaba.

No quería volver a confiar en alguien para terminar descubriendo que todo había sido una mentira.

Después de arreglarme, tomé mis cosas y salí de casa. El aire de la mañana estaba agradable y, por unos minutos, pude disfrutar del camino sin pensar demasiado.

Cuando llegué al instituto, estacioné mi motocicleta y caminé hacia la entrada.

Entonces lo vi.

Pablo estaba apoyado contra una de las paredes, con la mochila colgada de un hombro.

Cuando me vio, sonrió.

Esa sonrisa.

La misma que había llamado mi atención el primer día.

—Buenos días, Rosita.

—Buenos días —respondí, intentando que mi voz sonara normal.

—Pensé que hoy no vendrías.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

—No sé. Ayer te fuiste bastante rápido.

—Siempre me voy rápido.

—Entonces tendré que acostumbrarme.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Supongo.

Comenzamos a caminar hacia el salón.

Por primera vez, no sentí que necesitaba caminar unos pasos detrás de él para evitar que los demás nos vieran juntos.

Aunque, claro, eso no duró mucho.

—Miren, ahí vienen los novios —gritó alguien desde el pasillo.

Sentí que la sonrisa desaparecía de mi rostro.

Bajé la mirada.

Ya sabía lo que venía.

Las risitas.

Los murmullos.

Los comentarios.

—Ignóralos —dijo Pablo.

—Estoy acostumbrada.

—Eso no significa que esté bien.

Lo miré.

Había algo diferente en su expresión. No parecía estar hablando por quedar bien. Realmente le molestaba.

—No vale la pena discutir con ellos —respondí.

—Quizás no. Pero tampoco tienes que soportarlo todo en silencio.

No supe qué contestar.

Entramos al salón y tomé mi asiento de siempre.

Pablo se sentó a mi lado.

Durante los primeros minutos permanecimos en silencio, hasta que él acercó un papel hacia mí.

Era un dibujo.

Lo miré y después lo miré a él.

—¿Qué es esto?

—Mi tarea de Arte.

—¿Y?

—Necesito tu opinión.

Tomé la hoja.

El dibujo representaba un paisaje. No estaba mal, pero algunas proporciones eran extrañas.

—Está bonito.

—Eso sonó a mentira.

Solté una pequeña carcajada.

—Bueno, si quieres mi opinión de verdad...

—Sí.

—Creo que deberías trabajar un poco más las sombras. Y esta parte...

Señalé una zona del dibujo.

—Podrías hacer que parezca más profunda.

Pablo observó atentamente la hoja.

—¿Así?

—Sí. Exactamente.

—Entonces eres oficialmente mi profesora de Arte.

—No exageres.

—Estoy hablando en serio.

—Pues vas a tener que pagarme.

Él abrió los ojos con dramatismo.

—¿También cobras?

—Por supuesto.

—¿Y cuánto?

Me quedé pensando.

—Un chocolate.

—Trato hecho.

Lo miré divertida.

—¿Así de fácil?

—Depende. ¿Qué tipo de chocolate?

—El que sea.

—Entonces definitivamente trato hecho.

La profesora entró al salón antes de que pudiéramos continuar.

Durante la clase intenté concentrarme, pero varias veces terminé mirando de reojo el dibujo de Pablo.

Él realmente estaba intentando mejorar.

Y, por alguna razón, aquello me hacía sentir bien.

Cuando llegó el recreo, salimos del salón.

Pensé que Pablo iría con los demás estudiantes, pero se quedó conmigo.

—¿No vas a comer? —pregunté.

—Sí.

—Entonces ve.

—¿Y tú?

—Yo... buscaré un lugar tranquilo.

Me miró unos segundos.

—¿Puedo acompañarte?

Dudé.

Antes habría dicho que no inmediatamente.

Pero aquella vez asentí.

—Está bien.

Caminamos hasta uno de los lugares menos transitados del instituto. Había un pequeño espacio con árboles donde casi nadie iba durante el recreo.

Me senté en una banca.

Pablo se sentó a mi lado, dejando cierta distancia entre nosotros.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Y, sorprendentemente, el silencio no fue incómodo.

—¿Sabes algo? —dijo finalmente.

—¿Qué?

—Aquí estás diferente.

Fruncí el ceño.

—¿Diferente cómo?

—Más tranquila.

Miré hacia los árboles.

—Me gusta estar sola.

—Ya me había dado cuenta.

—¿Eso es malo?

—No.

Sonrió.

—Creo que todos necesitamos un lugar donde podamos respirar.

Sus palabras me sorprendieron.

—¿Tú también necesitas uno?

—Claro.

—¿Cuál es el tuyo?

Se quedó pensando.

—La playa.

Sonreí.

—¿Extrañas mucho Puerto Rico?

Su expresión cambió ligeramente.

—Sí.

—¿Tu familia está aquí contigo?

—Sí, pero todavía extraño mi casa de allá. Mis amigos. Los lugares donde crecí.

—Debe ser difícil comenzar de nuevo.

—Lo es.

Lo miré.

Por primera vez comprendí que no era el único que estaba intentando adaptarse a una vida nueva.

—Entonces los dos estamos empezando de nuevo —dije.

Pablo me observó.

—Supongo que sí.

—Aunque tú tienes más suerte.

—¿Por qué?

—Porque tú haces amigos fácilmente.

Soltó una pequeña risa.

—¿Eso crees?

—Sí.

—Rosita, tú eres la única persona con la que realmente he hablado desde que llegué.

Me quedé en silencio.

—¿En serio?

—En serio.

No sabía qué decir.

Una parte de mí quería creerle.

Otra parte todavía tenía miedo.

—No tienes que decirme nada —añadió él—. Solo quería que lo supieras.

Bajé la mirada.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no hacerme sentir rara.

Pablo negó con la cabeza.

—Nunca me has parecido rara.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

Había escuchado tantas veces lo contrario que aquellas palabras sencillas significaban más de lo que él podía imaginar.

—Yo sí me siento rara a veces —confesé.

—Todos nos sentimos así alguna vez.

—No como yo.

—Quizás no.

Hizo una pausa.

—Pero eso no significa que haya algo malo contigo.

No pude evitar emocionarme.

Miré hacia otro lado para que no notara mis ojos.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Rosita...

—Estoy bien.

Él no insistió.

Y eso fue precisamente lo que hizo que mis ojos se llenaran todavía más de lágrimas.

No insistió.

No preguntó diez veces.

No se burló.

Simplemente se quedó allí.

A mi lado.

Después de unos minutos, respiré profundamente.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.

—Sí tengo.

Me miró y sonrió.

—Entonces de nada.

Sonreí también.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien podía estar cerca de mí sin intentar cambiarme.

Cuando terminó el recreo, regresamos al salón.

Las clases continuaron normalmente, aunque yo ya no estaba completamente concentrada.

Pensaba en lo que Pablo había dicho.

“No significa que haya algo malo contigo.”

Quizás necesitaba escuchar eso desde hacía mucho tiempo.

Al terminar las clases, guardé mis cosas y salí del salón.

Pablo me alcanzó antes de llegar a la salida.

—Rosita.

Me giré.

—¿Qué pasa?

Sacó algo de su mochila.

Un chocolate.

Me lo entregó.

—Nuestro trato.

Lo miré y luego lo miré a él.

—¿De verdad lo compraste?

—Prometí hacerlo.

Tomé el chocolate.

—Gracias.

—Ahora tienes que seguir ayudándome con Arte.

—Ah, no. Ese no era el trato.

—Entonces quiero negociar.

—Pablo...

—¿Sí?

—Eres insoportable.

Se echó a reír.

Y yo también.

Quizás esa era la primera vez que reía sin preocuparme por quién estaba mirando.

Antes de irme, Pablo me llamó nuevamente.

—Rosita.

—¿Sí?

—Nos vemos mañana.

Sonreí.

—Nos vemos mañana.

Caminé hasta mi motocicleta y me coloqué el casco.

Antes de encenderla, miré hacia atrás.

Pablo seguía allí.

Me estaba mirando.

Levantó la mano para despedirse.

Yo hice lo mismo.

Mientras conducía de regreso a casa, pensé en todo lo que había ocurrido.

No sabía qué estaba pasando entre nosotros.

Ni siquiera sabía si algún día podría confiar completamente en él.

Pero había algo que sí sabía.

Pablo estaba consiguiendo algo que nadie había conseguido en mucho tiempo.

Estaba haciendo que dejara de sentirme sola.

Y quizás, aunque todavía me diera miedo admitirlo...

comenzaba a gustarme tenerlo cerca.

Lo que yo todavía no sabía era que aquella pequeña amistad estaba a punto de convertirse en algo mucho más profundo.

Algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

Continuará...

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