LOGINETHAN PETTERSONEl sol salió como un insulto. Brillante, alegre e indiferente a mi miseria.Cristina ya estaba despierta cuando abrí los ojos, que me ardían por el cansancio. Se movía por la habitación con una energía que no había visto en ella en días. Había una maleta abierta sobre el puf del clóset.Me levanté, sintiendo el peso del mundo sobre los hombros.—Buenos días.—¡Buenos días! —Sonaba demasiado... feliz—. Ya preparé casi todo. Rosalía viene a buscarme a las nueve.Miré el reloj. Ocho y media. Tenía treinta minutos.Fui a ducharme, intentando lavar la sensación de derrota. Cuando salí, me puse ropa casual, negándome a usar el traje de “trabajo”. Aunque ella no estuviera aquí, hoy no iba a trabajar. Iba a quedarme en esta casa vacía y a vagar por los pasillos como un fantasma.Bajé las escaleras cargando su maleta. Era pequeña, como había prometido. Pero parecía pesar una tonelada en mi mano. Cada paso hacia la puerta era un paso hacia la guillotina.El desayuno fue rápido y
ETHAN PETTERSONMi primer instinto, el instinto primitivo que gobernaba la parte más oscura de mi cerebro, era cerrar la puerta con llave, decir “no”, tomar el teléfono, llamar a Rosalía y decirle que si aparecía en mi puerta, mandaría remolcar su auto.Pero, en lugar de eso, mis dedos apretaron el cojín de terciopelo sobre el que estaba recostado hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Ahora yo era el marido comprensivo. El “Nuevo Ethan”. Y el Nuevo Ethan no encerraba a su esposa en casa.Respiré profundamente, obligando al aire a entrar en unos pulmones que parecían haberse convertido en piedra.—¿Por qué, Cristina? —pregunté—. ¿Por qué a casa de Rosalía? ¿Pasó algo aquí? ¿Fue algo que hice?Apartó la mirada, concentrándose en la llama titilante de una de las velas eléctricas.—No, Ethan. No se trata de ti. Se trata de mí. Solo... la extraño. Extraño hablar de cosas de chicas, quiero dejar de ser la “paciente en recuperación” durante unos días. Solo quiero ser Cris.—Puedes s
ETHAN PETTERSONEl día debería haber sido perfecto. Debería haber sido el primer día del resto de nuestras vidas felices.Pero había una grieta. Una línea de tensión casi imperceptible que podía sentir vibrando bajo la piel de Cristina cada vez que me acercaba.Lo noté durante el desayuno. Cuando toqué su mano al intentar tomar un cubierto, ella retrocedió. Lo vi durante el almuerzo, que me empeñé en ir a buscar a su restaurante favorito y llevar a casa. Su sonrisa estaba ahí, brillante y hermosa, pero no llegaba a sus ojos. Había una vigilancia en aquellos ojos marrones que no estaba allí anoche.¿Había sido por mí?Pasé la tarde en mi despacho, con la puerta abierta, observando el pasillo. La culpa me roía las entrañas. Tal vez había sido demasiado brusco anoche. Tal vez el “te amo” había sido demasiado, después de todo. O, peor... quizá uno de esos malditos recuerdos había regresado para atormentarla.No importaba. No podía permitir que esa distancia continuara.Necesitaba un gesto
CRISTINA SANTIAGOA mi lado, Ethan dormía profundamente. Su brazo, pesado y caliente, descansaba sobre mi cintura. Su respiración golpeaba mi nuca, rítmica y tranquila.Con mucho cuidado, levanté su mano. Me deslicé fuera de su abrazo, centímetro a centímetro, conteniendo la respiración. El colchón se movió ligeramente cuando me aparté, y él murmuró algo antes de relajarse otra vez.Salí de la cama. El suelo estaba frío y fue un golpe de realidad contra las plantas de mis pies.Encontré la bata de seda en el suelo. Ver aquella prenda me provocó náuseas. Horas atrás, me había sentido como una diosa llevándola puesta. Ahora, me sentía como una tonta.Me puse la bata, cruzándola firmemente sobre el pecho y apretando el cinturón con fuerza. Salí de la habitación en silencio, dejando la puerta entreabierta. Bajé las escaleras y llegué a la sala de estar.Abracé mi propio cuerpo, temblando. Mi mente era un desastre. Los recuerdos hasta el accidente chocaban violentamente con los recuerdos d
ETHAN PETTERSONAh... esas tres palabras irrevocables.“Te amo.”No había planeado decir eso. Había planeado follar a mi esposa, saciar la locura que había estado consumiendo mi cerebro todo el día y después sostenerla hasta que el sueño se la llevara.Pero su orgasmo, la forma en que gritó mi nombre, la manera en que se aferró a mí... eso destruyó mis defensas. La verdad, aquella verdad incómoda y aterradora que mantenía bajo llave, escapó de mis labios junto con mi propio placer.La miré. Cristina tenía los ojos abiertos, el pecho subiendo y bajando rápidamente, el rostro sonrojado y los labios hinchados. Me miraba con una expresión de puro impacto.Mierda. Había ido demasiado lejos.No debía sobrecargarla. Ni asustarla. Decir “te amo” a una mujer que, en su mente, me conocía desde hacía poco tiempo era el colmo de la presión.—Cris, yo... —intenté encontrar una manera de retirar lo que había dicho, o al menos suavizar el impacto—. No quería presionarte. Las palabras... simplemente
CRISTINA SANTIAGOEl mundo dio vueltas cuando me levantó del suelo.No fue el vértigo de la amnesia, ni el mareo del embarazo. Fue el vértigo de sentirme reclamada.El camino hasta la cama fue corto, lleno únicamente por el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y por el calor de su cuerpo quemando a través del encaje de mi lencería. Cuando me dejó sobre el colchón, no hubo la gentileza excesiva de las últimas semanas. El colchón se hundió bajo mi peso y me quedé allí, acostada en medio de aquella inmensidad de sábanas, mirando al hombre que estaba sobre mí.Tenía el cabello desordenado por mis manos, los ojos oscuros, dilatados, clavados en mí con un hambre que solo hacía que quisiera abrir las piernas y dejarlo entrar.—Ethan... —susurré.Sus manos, grandes y calientes, fueron hacia la bata de seda que llevaba puesta.—Despacio —murmuró, su voz vibrando en mis huesos—. Quiero ver cada parte de lo que es mío.Apartó la tela con una paciencia que contradecía la evidente erecci







