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Capitulo 2

작가: Antonia Kosi
last update 게시일: 2026-10-26 19:51:34

El rostro de su suegra se sonrojó de ira. «¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Te has olvidado de quién te acogió en esta familia?».

«No. Lo recuerdo muy bien. Tu hijo se casó conmigo y, desde entonces, te has pasado todos los días recordándome que crees que soy inferior a él».

Carmen se abalanzó hacia ella, con una expresión cada vez más desagradable a medida que hablaba. «¡Pequeña mocosa desagradecida! ¡Sin mi hijo, seguirías sin ser nadie!».

Camilla la miró directamente a los ojos. «Entonces quizá deberías preguntarte por qué tu hijo se casó con una mujer a la que él y su familia consideran tan insignificante».

Furiosa, Carmen levantó la mano. «¡Tienes que aprender cuál es tu sitio!».

Pero Camilla ya no era la mujer que bajaba la cabeza y aceptaba cualquier castigo que le cayera encima. En el momento en que la palma de Carmen se abalanzó hacia su cara, le agarró la muñeca, deteniendo la bofetada antes de que la alcanzara.

«¡Suéltame!», chilló Carmen, intentando zafarse.

—No vuelvas a intentar pegarme nunca más —advirtió Camilla.

«Insolente…»

La bofetada impactó antes de que Carmen pudiera terminar de hablar. El sonido seco resonó en el dormitorio, dejando a Carmen paralizada con una mano presionada contra la mejilla. Miró a Camilla con incredulidad, como si la mujer que tenía delante fuera una completa desconocida.

—¿Me has abofeteado? —susurró ella.

—Sí. Y si alguna vez vuelves a levantarme la mano, no esperes que me quede quieta y me lo aguante.

La sorpresa de Carmen se convirtió rápidamente en furia. «¡Se lo voy a contar a Adrián! ¡Te echará de esta casa y te quedarás sin nada!».

Camilla le soltó la muñeca y se apartó. «Entonces quizá deberías preguntarle a tu hijo por qué su mujer ha llegado al punto de preferir perderlo todo antes que seguir viviendo así».

Sin esperar respuesta, Camilla pasó junto a ella y bajó las escaleras. Su corazón seguía latiéndole con fuerza, pero, por primera vez en años, sentía algo más que miedo. Sentía el comienzo de la libertad, y tenía la intención de aferrarse a ella.

Al entrar en el salón, se encontró a Isabella sentada cómodamente en el sofá, mirando su móvil como si aquel fuera su sitio. La mujer llevaba un vestido de diseño caro que Camilla reconoció de inmediato. En su vida anterior, Adrián había afirmado que era un regalo para un cliente importante, y Camilla le había creído hasta que descubrió la verdad.

Isabella levantó la vista y esbozó una sonrisa de satisfacción. —Ah, por fin te has despertado. Tu marido te ha estado buscando.

—¿Mi marido? —repitió Camilla.

«Sí. Adrián dijo que se suponía que tenías que preparar el desayuno». Isabella cruzó las piernas y examinó a Camilla con abierto desdén. «Sinceramente, deberías cuidar mejor de él. Un hombre como Adrián tiene un montón de mujeres dispuestas a darle la atención que se merece».

Camilla la observó durante un instante, preguntándose cómo había podido permitir que aquella mujer la hiciera sentir inferior. Isabella siempre había estado convencida de que Adrián la elegiría a ella, y en la primera vida de Camilla, esa seguridad acabó por destruir su matrimonio.

«¿Es por eso por lo que estás sentada en mi casa?», preguntó Camilla. «¿Porque estás tan segura de que mi marido te desea?»

La sonrisa de Isabella se desvaneció. «¿Tu casa? No seas ridícula. Este ático es de Adrián».

—Y, sin embargo, estás aquí sentada como si ya hubieras ocupado mi lugar.

—Deberías estar agradecida de que Adrián aún te aguante —espetó Isabella—. Si yo fuera su mujer, no le haría pasar vergüenza cada vez que sale.

Camilla soltó una risa breve y sin humor. «Tienes razón en una cosa. Nunca debería haber permitido que esta situación continuara».

Isabella pareció complacida, interpretando sus palabras como una rendición. «Por fin empiezas a entenderlo».

«No. Estoy empezando a entender que tú y Adrián os merecéis el uno al otro. Si lo deseas tanto, puedes quedártelo. Las infidelidades, las mentiras y la falta de respeto. No voy a competir contigo por un hombre que no sabe lo que significa la lealtad».

Isabella se levantó de un salto. «¿Cómo te atreves a hablarme así?».

«Acabo de hacerlo».

«¡No puedes hablarme así!»

«Pues deja de darme motivos para hacerlo».

Isabella se acercó, con una expresión cada vez más cruel. «¿Te crees mejor que yo porque te casaste con él primero? No eres nada sin Adrián. Mañana mismo podría sustituirte y a nadie le importaría».

Camilla la miró fijamente sin pestañear. «Entonces, ¿por qué estás tan desesperada por ocupar mi lugar?»

El rostro de Isabella palideció de ira, pero antes de que pudiera responder, se abrió la puerta principal.

Adrian entró, aflojándose la corbata. Su mirada se desplazó entre las dos mujeres antes de posarse en la expresión furiosa de Isabella.

«¿Qué demonios está pasando aquí?».

Isabella se abalanzó inmediatamente hacia él. «¡Adrian, tu mujer se ha vuelto loca! ¡Me ha insultado, y tu madre dice que le ha dado una bofetada!».

La expresión de Adrián se ensombreció mientras se volvía hacia Camilla. «¿Es eso cierto?»

—Tu madre intentó abofetearme. Yo se lo impedí.

—¿Le has dado una bofetada a mi madre? —la voz de Adrián se elevó—.

«Debería estar agradecida de que me limitara a una sola».

—¿Te has vuelto completamente loca? —preguntó Adrián—. ¿Tienes idea de con quién estás hablando?

«Mi suegra, no mi dueña».

Entrecerró los ojos y se acercó un paso. «Pídele perdón. Ahora mismo».

—No.

Esa única palabra pareció enfurecerlo más que cualquier otra cosa que ella hubiera dicho. «Camilla, no me pongas a prueba».

«¿O qué? ¿Me amenazarás con dejar de darme dinero, echarme de casa o recordarme que no soy nada sin ti?»

Adrian la miró fijamente, claramente desconcertado por su rebeldía. En el pasado, ella habría llorado cuando él alzara la voz, se habría disculpado por haberle molestado y habría pasado los días siguientes intentando ganarse de nuevo su afecto. Ahora, lo miraba como si por fin hubiera visto la verdad que se escondía tras su traje caro y su sonrisa encantadora.

«¿Qué te pasa?», le preguntó él.

«Nada. Simplemente ya he tenido suficiente».

«¿Basta ya de qué?»

«Basta ya de que tu madre me insulte. Basta ya de que tu amante se pasee por mi casa. Basta ya de que me trates como a una sirvienta mientras esperas que sonría y finja que somos un matrimonio feliz».

Isabella se quedó sin aliento, mientras que el rostro de Adrián se endurecía.

—Cuida lo que dices.

«¿Por qué? ¿Tienes miedo de que alguien pueda oír la verdad?»

Él se acercó y bajó la voz. «Eres mi mujer. Mostrarás respeto a mi familia y dejarás de avergonzarme».

Camilla lo miró fijamente durante un largo rato. Recordó cómo su bota la golpeó en la pierna, el dolor de ser arrastrada por el pasillo y la fría puerta metálica que él había cerrado con llave entre ambos. Recordó haber gritado su nombre hasta que se le quebró la voz, solo para que él la dejara morir.

Él había oído cada palabra.

Simplemente había decidido que no merecía la pena salvarla.

Cualquier amor que hubiera sentido alguna vez por él había muerto en aquel pasillo. Se le había concedido otra oportunidad en la vida y no la desperdiciaría intentando salvar un matrimonio que ya la había destruido.

Cuando por fin habló, su voz sonó firme.

—Adrian, nos vamos a divorciar.

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