Si Mariana no hubiera armado un escándalo en la exposición, Estela ni siquiera habría tenido que ver a Inés otra vez en la casa Altamirano ni tragarse todo ese veneno. Mariana, tendida en la cama, no era de las que se tragan la humillación; además, le dolía el cuerpo como si la hubieran molido a palos, y sus ojos ardían de rabia contenida.—¡Mamá, a estas horas todavía me estás regañando! —gritó Mariana, con los dedos clavándose en la sábana—. ¡Yo no obedecí porque jamás me imaginé que Inés fuera Matías Morel! ¿Quién en su sano juicio podría pensar algo así? ¡Y además, si me hubieran dejado bajar, aunque me partiera en dos del dolor, habría ido y le habría dado su merecido! —siguió, mostrando los dientes—. ¡Le habría arañado la cara para que, aunque sea Matías, no se atreviera a presentarse en público nunca más!Mientras vociferaba, en el fondo de sus ojos asomaba una tristeza cruda. Tras el castigo familiar de ayer, Mariana había pasado horas llamando a Emiliano con la esperanza de q
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