—Vamos, Adrián, sírvete un muslo de pollo —le dijo Eugenia con mucha insistencia, mientras usaba los cubiertos de servicio para ponerle la comida en el plato.—No, en serio, no se moleste. Mejor que se lo coma mi suegro, que para eso estamos celebrando —respondió Adrián, apartando un poco su lugar.Olivia dejó escapar un sonido de fastidio para sus adentros. ¡Él ni de chiste se iba a comer eso! Sabía que a él no le gustaba para nada la sazón de su casa; prefería la comida picante, pero detestaba que fuera grasosa, y ese pollo en crema que nadaba en una capa espesa de aceite rompía todas sus reglas.Pero el entusiasmo de su madre era casi imposible de frenar. Seguía sirviéndole una y otra vez, recalcando que usaba los cubiertos limpios, hasta que la comida en el plato de su esposo formó una pequeña montaña.Al ver la cara de apuro que ponía Adrián, aunque intentaba disimularlo, Olivia solo pudo pensar que se lo tenía bien merecido. En otros tiempos, ella habría intervenido para pasar di
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