Noelia estaba a punto de negarse rotundamente, pero Horacio volvió a suplicarle con voz lastimera:—Ándele, señorita Bustos, usted que es tan guapa y de noble corazón, hágame el paro, por favor. Este hombre me va a romper la espalda.Noelia recordó entonces que Horacio había atendido a Cecilia cuando estuvo enferma. De cierta forma, le debía un favor. Intentó hacerse a la idea de que no estaba ayudando a Marcos, sino sacando a Horacio del apuro, y con ese pensamiento se tranquilizó un poco.Se acercó y, con mucho cuidado, le sostuvo el brazo a Marcos. Sus músculos se sentían firmes. Incluso estando borracho y a punto de caerse, la fuerza de su cuerpo bajo el traje era innegable. Al sentir el nuevo apoyo, Marcos se inclinó hacia ella casi por puro instinto. Su cabeza giró un poco y su respiración pesada y caliente, cargada con un fuerte aliento a alcohol, le rozó a Noelia la oreja y el cuello. La sensación le dejó la piel de gallina.De golpe, la invadió el recuerdo de aquella vez que
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