Andrea apretó los puños a escondidas, pero se obligó a contener lo que sentía y se rio.—No tengo por qué tenerte celos. Pero sí te envidio mucho. Conozco a Sergio desde hace años y, la verdad, lo admiro mucho y también me gusta. Si no hubieras aparecido, tal vez ya nos habríamos comprometido. Y sí, también te detesto. Es obvio que no quieres a Sergio y aun así no lo dejas.Por lo que Bianca escuchaba, sonaba al lamento de una perdedora. En realidad, cada palabra escondía una trampa. Bastaba con que Bianca le siguiera la corriente para que fuera como admitir que no sentía nada verdadero por Sergio.—Andrea, me pareces bastante ridícula.Bianca se burló.—¿Crees que en este mundo todos, menos tú, hacen las cosas por dinero y que nadie siente nada de verdad? ¿Con qué derecho crees que solo lo que tú sientes es verdadero y que los demás lo hacen por interés?Desde niña, Bianca detestaba sobre todo a dos tipos de personas, las que eran malas, malas sin disimulo, y las hipócritas, las que m
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