Vanessa percibió lo que su abuelo quería decirle. Bajó la mirada para esquivar sus ojos.—Ser guionista no tiene nada de malo, me encantan esas historias.—Vi tu último trabajo, quedó muy bien. —Roberto la observó con una mirada de nostalgia, la voz cálida—. Pero hija, el abuelo ya está viejo. No te voy a obligar a hacerte cargo de la empresa, pero la última voluntad de tu padre... esa sí deberías honrarla, ¿no crees?Las palabras del abuelo la partieron en dos.Se quedó helada, incapaz de moverse.Una oleada de tristeza la arrasó. Vanessa sentía el alma en carne viva y, por más que intentó, no logró decir nada en un largo rato.Al final, conteniendo a duras penas sus emociones, sonrió con docilidad.—Abuelo, descansa. Voy a preguntarle al doctor cómo estás exactamente.Vanessa salió de la habitación a toda prisa, casi huyendo.Roberto suspiró.—Esta muchacha todavía no logra superar aquello.Ramiro asintió con pesar.—No se preocupe tanto, señor. Quizá un día la señorita lo entienda.
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