La mañana siguiente llegó lenta, bañada por una luz dorada que se filtraba entre las cortinas. Milih estaba acostada de lado, el cabello esparcido sobre la almohada, los ojos aún entrecerrados, intentando controlar su respiración acelerada. El recuerdo de la noche anterior aún quemaba su piel: cada roce, cada gemido, cada suspiro compartido con André estaba grabado en su mente, imposible de borrar.Él estaba acostado detrás de ella, el cuerpo grande y cálido envolviendo el de ella, brazos cruzados sobre la cadera de Milih. Cada respiración de él la rozaba como una caricia invisible. Ella podía sentir su peso, su calor, la firmeza de sus músculos, y algo dentro de ella se agitaba de nuevo, casi como si el deseo nunca hubiera disminuido realmente.—Buenos días, dormilona —murmuró él, con la voz ronca, arrastrada, acariciando el hombro de ella con la punta de los dedos.Milih gimió bajito, aún recuperándose, y se giró parcialmente para mirarlo. La sonrisa de él era lenta, depredadora, y
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