La sala era un santuario de pecados, un lugar donde el deseo respiraba por las paredes. Rick cerró la puerta con un clic suave, el sonido del cerrojo resonando como una promesa. Mia miró a su alrededor, los ojos oscureciéndose de curiosidad y anticipación. Estanterías llenas de juguetes, cuerdas de seda cruda, collares de cuero, velas, plugs que relucían bajo la luz tenue.— ¿Te gusta? —Rick se acercó por detrás, los labios rozando su nuca mientras sus manos se deslizaban por su cintura, apretando.Mia sintió que su cuerpo respondía antes de que su mente pudiera procesarlo.— ¿Es… tu colección? —su voz salió más ronca de lo que esperaba.Él rio bajo, el aliento caliente contra su piel.— Mi colección. Mis juguetes. —Hizo una pausa, los dedos subiendo hasta sus pechos, pellizcando los pezones entre ellos—. Y hoy vas a probar cada uno de ellos.Ella arqueó la espalda, un gemido escapando.— Sí.Rick no perdió tiempo. La giró bruscamente, los labios encontrándose en un beso voraz, diente
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