No necesitó más. Con una fuerza controlada, la apoyó de frente a él, sujetándole firmemente las caderas, y la penetró lentamente, hondo, sintiendo cada contracción de ella envolviéndolo, cada gemido sucio resonando en el pequeño espacio de la cocina. Dirly gimió fuerte, los brazos aferrados a la encimera, los dedos hundiéndose en la superficie, incapaz de mantenerse firme con el placer intenso que le subía por todo el cuerpo.—Eso es… —murmuró Antonio, acelerando el ritmo, la voz ronca y sucia—, exactamente lo que quiero… que te pierdas así, que cada gemido tuyo sea mío, que cada temblor tuyo me vuelva loco…—Antonio… sí… más… —gritaba Dirly, las caderas moviéndose solas, cada embestida profunda de él provocando una ola de placer que le subía hasta la cabeza—. Posesióname… hazme… ya no puedo más…El sudor corría por sus cuerpos, mezclándose, y el sabor de su tacto, el olor a deseo sucio, la sensación de riesgo y tabú lo volvía todo aún más adictivo. Cada postura, cada embestida, cada
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