Samuel se despertó jadeando, el cuerpo cubierto de sudor, las sábanas enredadas en sus piernas como serpientes. La habitación estaba a oscuras, pero la imagen aún ardía detrás de sus párpados: Alyssa, con la espalda arqueada, los labios entreabiertos, llamándolo con un gemido ronco.Se frotó la cara con las manos, como si pudiera borrar la visión. Mierda.Era el tercer sueño de esa semana.Se levantó de un salto, con las piernas temblorosas. El reloj marcaba las 3:47 de la mañana. La casa estaba en silencio, pero podía sentir su presencia en la habitación de al lado, cálida, viva, accesible.La ducha fría no ayudó. Tampoco los diez minutos de respiración controlada. La imagen de ella bailando en su regazo, el aroma de su perfume, la forma en que brillaban sus ojos cuando lo desafió en la cocina... todo estaba grabado en su mente como una maldición.Esto tiene que acabar.Cuando salió el sol, Samuel ya estaba vestido y preparando café, decidido a evitar cualquier situación como la de l
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