Ella todavía temblaba cuando Samuel la giró de espaldas, sus dedos firmes rodeando su cintura. La encimera de mármol, fría y sólida, era ahora el escenario de la nueva fase del juego — y ella lo sabía, lo sentía en el cuerpo y en el alma, que él vendría con todo.— Manos apoyadas —ordenó él, la voz baja, rasgando el aire—. Ahora.Daniella obedeció, jadeante, las palmas firmes sobre el mármol, los pechos pendiendo, los pezones duros tocando el aire frío. Él pasó la mano por la curva de su columna, hasta las caderas, y las levantó con fuerza, empinando su trasero desnudo.Ella estaba completamente expuesta. La piel húmeda, marcada de placer. Las piernas ligeramente separadas. El sexo latente, suplicante. Y él ahí, detrás, observando como un depredador a punto de clavar los dientes.— ¿Sabes lo duro que me pones con solo mirarte así? —murmuró, pasando la cabeza del miembro erecto entre los labios húmedos de ella.— Entonces deja de mirar y fóllame —respondió ella, sin rodeos.Él sonrió.
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