Mis músculos, aún marcados por el cuidadoso tacto de Athos la noche anterior, parecían pulsar en una lenta reverberación, como un eco que se negaba a disiparse.Me senté al borde de la cama, la bata de satén resbalando con naturalidad por mis hombros, exponiendo la curva delicada del cuello, la línea suave del escote y la parte superior de los senos, que temblaban con la frescura de la mañana y el calor del recuerdo de lo sucedido. El aroma del café fresco llegaba de la cocina en oleadas, mezclándose con el olor de las sábanas y de la seda, pero mi pensamiento estaba lejos, lejos de la seguridad de la rutina, atrapado en aquel fuego que Athos encendía dentro de mí, invisible, insistente y peligrosamente vívido.Me sentía como una mujer dividida: por un lado, la Isadora que conocía —cautelosa, contenida, silenciosa—; y por otro, la mujer que comenzaba a emerger allí, una criatura salvaje, lista para explorar, sentir y desafiar sus propios límites.Cuando él apareció, no había prisa ni
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