«Voy a obtener mi divorcio. Nos vemos mañana por la mañana en el bufete», fue mi fría respuesta.A la mañana siguiente, me senté en un extremo de una larga mesa con una carpeta en las manos.Dentro estaba el certificado de defunción de Leo, el informe de la autopsia y la factura del funeral.—Carina, llegan veinte minutos tarde —murmuró mi abogado—. Podemos reprogramarlo.—Esperamos.En cuanto se abrió la puerta, supe que no sería fácil.Adriano entró a grandes zancadas, seguido de seis guardaespaldas con trajes negros.Agarrada a su brazo estaba Isabella, vestida con un impecable traje blanco de Chanel, con mi collar brillando en su cuello.—Disculpen la tardanza —dijo Adriano, tomando el asiento de la cabecera—. Isabella insistió en venir a «rezar» por ti. Dijo que no estás bien mentalmente, por maldecir a tu propio hermano.Isabella soltó a Adriano, con el rostro fingiendo preocupación. —Carina, sé que harías lo que fuera para que Adriano volviera a casa, pero ¿cómo puede
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