La tormenta pasó. La reputación de mi empresa se disparó, y ese incidente, irónicamente, nos trajo todavía más negocios. Por fin Robin y yo tuvimos tiempo de hacer una visita formal a mi familia.De pie frente a aquella villa tan familiar, yo, la mujer que no le temía a nada, descubrí que tenía las palmas sudorosas.—¿Nerviosa? —Robin me miró desde arriba, con una sonrisa burlona en los labios.—Pues claro —repliqué—. La última vez me escapé a escondidas. Mi papá tiene muy mal genio. Seguro quiere romperme las piernas.Robin soltó una risa baja, me atrajo hacia sus brazos y me besó la frente.—No te preocupes. Si intenta algo, lo recibo por ti. Ahora, ¿puedes dejar de temblar frente a la puerta, mi reina?La puerta se abrió, y, al otro lado, mi padre estaba allí, con el rostro severo y su bastó en la mano. Mi madre y Elena estaban detrás de él, con sendas expresiones de preocupación. —¡Niña desagradecida! —rugió mi padre, golpeando el suelo con el bastón.Antes de que yo pudiera decir
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