Esa noche no pudo dormir.Yacía en la oscuridad del ala este, mirando al techo y escuchando cómo la mansión se acomodaba a su alrededor... los pasos lejanos del guardia nocturno, el viento que soplaba en el jardín, ese silencio particular que se respira en los grandes edificios antiguos a las dos de la mañana, cuando toda su historia cobra vida, aunque sus habitantes no lo hagan.Pensó en la sonrisa de Marco.Pensó en 0,4 segundos.Pensó en la carta que su padre le había escrito... ven a cenar el domingo, solo ven, hablaremos... y en cómo la había archivado como un recibo.A las dos y media, se dio por vencida, se puso un suéter y bajó.Lorenzo estaba en la cocina.Claro que sí.Estaba de pie junto a la encimera con un vaso de agua, sin chaqueta, con la camisa por fuera por primera vez desde que ella había llegado, leyendo algo en su teléfono. Levantó la vista cuando ella apareció en la puerta. Ninguno de los dos dijo nada por un momento.—No puedo dormir —dijo ella. No era una pregu
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