Andrey odiaba las misiones de observación.Llevaba casi dos horas parado entre los pinos cubiertos de nieve, sin mover un solo músculo. El frío no lo molestaba —su sangre híbrida lo mantenía caliente—, pero la inmovilidad forzada era un tormento para alguien acostumbrado a la acción.A su lado, Feliks permanecía agachado sobre una rama gruesa, completamente inmóvil, los ojos rojos fijos en la mansión. Más arriba, casi invisible entre las copas de los árboles, Yuliam observaba la propiedad Rurik a través de unos binoculares de visión nocturna, sus sentidos amplificados captando cada movimiento.Hasta entonces, la misión había sido simple, incluso monótona. Después de los gritos que provenían de la mansión, dejó de serlo.Andrey todavía podía oír, a lo lejos, el movimiento intenso de vehículos llegando, guardias corriendo, órdenes siendo gritadas, el sonido inconfundible de una propiedad en estado de alerta máxima. Algo muy grave había ocurrido allí dentro, y los tres híbridos sabían qu
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