Pero apenas salí por la puerta, el ascensor ya estaba abierto. De adentro bajaron dos personas, una alta y otra baja. Un hombre y una mujer.Entrecerré los ojos y alcancé a distinguir quiénes eran. ¡Era Octavio! Y a su lado estaba su hija, Carolina. En cuanto me vio, Octavio, fuera de sí, me agarró del cuello de la camisa y se abalanzó sobre mí para golpearme.—¡Carajo, Vanito! ¡¿Qué le hiciste a mi hija?!Le aparté la mano de un manotazo y, también furioso, le respondí.—¿Y todavía tienes el descaro de venir a reclamarme? ¿No tienes idea de lo que tú mismo hiciste?Al escuchar el escándalo, mi hija Mariana también salió del departamento. Nos miró confundida y preguntó con cautela.—Tío Octavio, ¿qué hace aquí? ¿Qué están haciendo ustedes aquí?Al ver a Mariana, Octavio se dirigió a ella.—Llegas a tiempo. Ven, dime: ¿yo hice eso contigo o no?Mariana respondió que no. Octavio, como quien se sale con la suya, me miró entrecerrando los ojos.—¡Mira! Tu hija dice que no, ¿qué rumores est
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