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OJO por OJO, A Tu Hija Me La...
OJO por OJO, A Tu Hija Me La...
ผู้แต่ง: TuBuen Amigo

Capítulo 1

ผู้เขียน: TuBuen Amigo
—¡Tavo, esa es mi hija! ¿Dónde crees que estás metiendo la mano?

En el bar, mi colega Octavio se pasó de copas y confundió a mi hija con una de las edecanes. Octavio le sobaba el muslo y casi le metía la mano debajo de la falda. Lo más absurdo era que mi hija parecía estar muerta de ganas, como si disfrutara que le hiciera eso.

Volteé y vi a la hija de Octavio. Sus pechos enormes casi le reventaban la blusa. Pues si así están las cosas, no me culpes por meterle mano a tu hija.

***

Me llamo Iván Salinas. Tavo y yo somos colegas y amigos de fiesta.

Eso de amigos de fiesta quiere decir que después del trabajo nos íbamos juntos al salón de masajes, o a un spa para que nos dieran una buena sobada, hasta con final feliz.

Éramos uña y carne; si a uno le salía algo en casa, el otro lo ayudaba. La hija de Tavo estaba por cumplir veinte años. Nos pusimos a organizarle el festejo en el bar, para que de paso conociera el ambiente de los adultos.

Su hija, Carolina, tenía una voz de sirena y desde siempre había querido ir a cantar a un bar.

Pero Tavo no aflojaba con el “no”, repetía que su hija aún estaba muy chica, que el bar no era lugar para ella.

Y ahora que ya rozaba los veinte, que, para ser honestos, en la antigüedad a esa edad ya habrían tenido dos hijos, pero qué se le iba a hacer.

Tavo lo pensó y dijo, “Bueno, que sea como su regalito de adulta”. Pero como nosotros dos éramos un par de viejos, una muchacha sola no iba a entretenerse con nosotros. Así que le dije a mi hija Mariana que se viniera también.

Apenas Mariana se enteró de que iríamos al bar por el cumpleaños de Carolina, se puso tan contenta que casi saltaba.

Se cambió, se puso un uniforme de colegiala y se vino con nosotros al bar.

Reservamos un cuarto para cuatro y nos acomodamos en fila sobre el sofá; encima de la mesita había un pastel de cumpleaños, y al lado, fruta, bocadillos y cervezas.

Normalmente, ni Tavo ni yo dejábamos que nuestras hijas tomaran alcohol. Pero ese día era de los pocos en el año, así que pensamos en dejarlas que se divirtieran a gusto. Tomaron unas cuantas cervezas, y este Tavo, no sé si se hizo el loco o estaba pasado.

Pero le puso la mano en el muslo a mi hija. Mi hija traía puesta una falda corta, con los muslos al descubierto. Le estaba tocando la piel directamente.

Eso no se podía permitir; mi hija no era una teibolera. Le empujé la pierna a Tavo.

—¡Tavo, esa es mi hija! ¿Dónde crees que estás metiendo la mano?

Tavo me miró con el aliento apestando a alcohol y la cara como un tomate.

—¿Cómo que tu hija? ¿Yo qué hice?

Este Tavo no medía la situación. Me incliné por encima de Tavo y le dije a mi hija:

—Hija, hazte a un lado, no te apoyes en el tío Octavio.

Pero mi hija me lanzó una mirada fulminante y me contestó con fastidio:

—Papá, ¿qué te pasa? Apenas salimos a divertirnos una vez y ya me quieres correr.

Y diciendo eso, se quedó sentada en el mismo lugar, dejándose tocar el muslo por Tavo. Yo mismo lo veía y por dentro hervía. ¿Cómo iba a dejar que un puerco se le subiera a mi hijita?

Me levanté listo para separarlos. Pero Carolina, sentada a mi lado, se acercó y tiró de mí.

—Tío Iván, ven a cantar conmigo.

Con el jalón terminé cayendo sentado sobre el sofá, encima de sus pechos. Sentí una suavidad increíble. ¡Y qué tamaño tan exagerado! Una descarga me recorrió el cuerpo.

Carolina me pasó un micrófono y dijo:

—Tío, esta canción es para dos, mi papá ya está borracho; cántala tú conmigo.

Era una canción romántica, y al cantarla con ella se sentía como si fuéramos pareja, una sensación bastante bonita. Sobre todo porque Carolina tenía un brazo enlazado al mío, y sus pechos se me apretaban contra el hombro. El deseo se me disparó.

Aunque iba mucho a salones de masajes, siempre eran señoras de treinta o cuarenta. Nunca había tocado a una jovencita de veinte como esta. La sensación era suave como algodón de azúcar.

Lo que menos me esperaba era que Carolina me agarrara la mano y me la pusiera sobre el pecho. Mi palma sintió un tacto firme, suave y gelatinoso. Y una cerecita, dura.

¡Carolina no traía sostén! Me asusté, retiré la mano rápido, bajé la voz junto a su oído y le dije:

—Estás loca, soy el amigo de tu papá.

En ese momento, Carolina tenía la cara enrojecida y, con expresión de no aguantar más, me suplicó:

—Tío, en cuanto tomo me da comezón, ráscame un poquito, cúbreme con tu cuerpo, que mi papá no se dé cuenta.

Al ver la piel blanca asomando por el cuello de su blusa, tragué saliva. Carolina sí que era bonita, con un cuerpo voluptuoso, más sabrosa que las del porno. El calor me subía por todo el cuerpo y no había manera de soportarlo.

Una jovencita de veinte años, de primera, pidiéndome de todo. ¿Quién diría que no? Eché un vistazo a Tavo, a un lado. Ya tenía la mano metida debajo del vestido de mi hija. Y mi hija, muy obediente, abría las piernas, con los ojos entrecerrados.

Tenía cara de estar gozando. Yo sabía que mi hija tenía una calentura considerable. Cuando limpiaba su cuarto, me encontré con bastantes juguetitos en su cajón.

A veces, hasta la oía en el baño haciendo esos ruidos. Después de todo, ya éramos todos adultos; tener deseos es normal, y nunca me metí mucho. Pero ahora, viendo en vivo cómo Tavo le metía mano a mi hija, hasta yo le agarré gusto.

Si tú, te pones a manosear a mi hija, pues entonces con la tuya no me voy a andar controlando.

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