Aquella mañana se sentía diferente. Por primera vez en meses, me desperté sin sentir miedo de inmediato. Ya no tenía la sensación de que debía ir al hospital para pasar horas sentada junto a la cama de Leo, ni el temor de que un médico saliera de su consultorio con el rostro serio y malas noticias, ni el sonido constante de las máquinas junto al cuerpo de mi esposo.Porque aquella mañana, Leo ya estaba sentado frente a mí.Ya se había puesto la ropa normal que Jane había traído. Y, por primera vez en tanto tiempo, nos preparábamos para abandonar juntos el hospital. Finalmente, los médicos nos habían dado permiso para regresar a casa.Aunque Leo todavía tendría que someterse a controles médicos posteriores, consideraban que su estado era lo suficientemente estable como para descansar en casa. Yo estaba ayudando a ordenar algunas cosas mientras Leo permanecía de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera. No sabía por qué, pero desde aquella mañana se veía más callado de lo habitual.
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