—También sé que la comida a domicilio no es buena, hasta a mí me terminó dañando el estómago, pero me importabas tanto que tenía miedo de que pensaras que no servía para nada, por eso no me atrevía a decirte la verdad. Leonardo, perdóname, ¿sí?Rocío se le echó encima llorando desconsoladamente.Entre sollozos, prometió:—Dame un poco más de tiempo, te juro que voy a aprender.Leonardo miró a Rocío, que ante los demás se mostraba segura y elegante, pero que ahora, recostada en su pecho no sabía qué hacer, y sintió que el corazón se le ablandaba.Era cierto, ella ya había llegado bastante lejos. No podía seguir exigiéndole tanto.En ese momento, Rosita también entró, se abrazó a la pierna de Leonardo con carita de lástima, y también se le pusieron los ojos rojos.—Papá, ¿no puedes dejar de pelearte con mamá? Anoche mamá estuvo llorando toda la noche.A Leonardo se le apretó el corazón, y con su mano le dio unas palmaditas de consuelo en la espalda a Rocío.—Ya, ya no llores, anoche exag
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