Los días siguientes fueron una auténtica pesadilla para Yolanda, trasladada a una habitación individual dentro de una unidad cerrada.Durante el día, entre las cámaras y las rondas de rutina, todo parecía más o menos normal. Sus movimientos estaban estrictamente limitados y, a escondidas, habían ajustado las dosis de sus medicamentos, de modo que pasaba buena parte del tiempo adormecida y sin fuerzas.Pero por la noche, aprovechando los intervalos entre una ronda y otra, entraban José o alguno de los hombres que había involucrado.Nunca le golpeaban la cara ni le dejaban moretones en lugares visibles. En cambio, mantenían las correas de sujeción demasiado apretadas durante largos periodos, ejercían fuerza sobre zonas sensibles del abdomen y debajo de las costillas, o le echaban encima agua helada de una cubeta.Todo aquello le provocaba un dolor terrible, pero las marcas quedaban reducidas a moretones y zonas enrojecidas que la ropa del hospital cubría por completo.El ya frágil estad
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