Una noche, tiempo después, sonó mi celular. Era un número desconocido.—Amor, ¿quién llama? —preguntó mi esposo.—No lo sé.Acepté la llamada.—Camila —dijo Santiago.Reconocí su voz de inmediato.—Santiago. ¿Qué necesitas?—Camila, estoy agotado.Tenía la voz ronca, como si llevara mucho tiempo sin hablar con nadie.Daniel abrió el último video de Regina. En la pantalla, ella había vuelto a perder el control: sostenía un cuchillo contra su propio cuello para obligar a Santiago a ceder. Estaban en la casa de Puerto Azul, ahora cubierta de objetos rotos y restos de una pelea feroz.—Camila, me arrepiento —dijo él.—Es tarde. Ve a dormir.—Cuando te dejé el día de nuestra boda no fue porque amara a Regina. No podía quedarme de brazos cruzados. En aquel momento creí que tenía que estar a su lado, costara lo que costara. Me equivoqué. Nunca imaginé que terminaría perdiéndote.—Todo eso quedó atrás. Regina aún te necesita.—Ya no tengo nada. No me queda nada.Lo escuché llorar durante un la
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