—Elena… —Calla. —Me bajé. Su boca encontró mi coño con un sonido que era mitad gemido y mitad rendición. La parte plana de su lengua arrastró por mi ranura, despacio, del tipo de trazo que significaba que estaba catalogando cada textura, cada sabor, cada estremecimiento involuntario de mis muslos contra sus orejas. Las manos volaron al cabecero, aferrándose a los mismos listones a los que me habían esposado horas antes. —Más despacio. Aminoró. Su lengua trazó los labios externos de mi coño con precisión devota, de la forma en que un hombre podría trazar el lomo de un texto sagrado. La venda de seda ya se estaba humedeciendo en los bordes: sudor, tal vez, o la sal de lo que le costaba quedarse quieto y recibir órdenes. Presioné las caderas con más fuerza. El borde de su nariz se frotó contra aquel botón hipersensible, y un sonido estrangulado se me escapó de la garganta. —Vas a hacerlo como yo te diga. Y me vas a hacer correrme cuando yo diga, no cuando tú decidas. Su lengua enc
Dernière mise à jour : 2026-09-09 Read More